La tecnología de riego ha evolucionado para ser más eficiente y sostenible, de la mano de la telemetría, el control a distancia y el riego de tasa variable por sectores para ahorrar agua y energía, dijo a VERDE el gerente de la Unidad Riego de Corporación de Maquinaria SA (Comasa), Felipe Lecueder.
Más allá de los proyectos de riego, su ejecución o la importación de los pivotes, Comasa “siempre ha puesto mucho énfasis en el avance tecnológico”, destacó. “Estamos convencidos de que la evolución tecnológica es una vía para ahorrar agua y reducir costos”, insistió.
Comentó que la empresa viene transitando ese camino en el área de telemetría, control y programación a distancia y “ahora se está presentando el riego de tasa variable por sectores, lo que permite aplicar el agua justa y necesaria en cada zona del campo, sin excesos o faltantes, haciendo un uso más eficiente de los equipos, el agua y la energía”.
Explicó que muchos clientes ya están programando los equipos para ser más eficientes, y que el siguiente paso “es la incorporación de hardware y algunas modificaciones al equipo que les permitirían trabajar de esta manera”.
Sobre los costos de la inversión en riego, afirmó que “se han adecuado los precios de algunos insumos”. Durante la pandemia y el período posterior “hubo muchas dificultades” con diversos proveedores, problemas de disponibilidad de insumos y complicaciones con los fletes marítimos, cuestiones que “distorsionaban” la inversión y el mantenimiento de la oferta, recordó. Pero esta situación “se ha venido normalizando, permitiendo que los montos de inversión sean menores a los de hace dos o tres años atrás”, acotó.
Lecueder consideró que este es un momento “con un poco más de estabilidad”, y más allá del costo de inversión por hectárea, que está relacionado con la magnitud de cada proyecto, “lo importante es resaltar los beneficios o incentivos para este tipo de inversiones, que motivan a embarcarse en estos proyectos y lograr niveles superiores de productividad”.
El gerente de la Unidad Riego de Comasa estimó que para 2024 habrá una demanda firme, “algo creciente respecto a 2023” y con “desafíos sobre las posibilidades de ejecución” durante el invierno, si se dan condiciones climáticas adversas. “Proyectamos dos años buenos por delante, y con el riego que continuará firme en el país, siendo una de las alternativas tecnológicas más relevantes para mejorar la productividad, ganar seguridad en la cosecha y complementar cultivos con ganadería”, comentó el ejecutivo.
Señaló que en Comasa y Grupo Erro “apostamos a crecer en el desarrollo tecnológico de los sistemas de riego, y también de los cultivos asociados, tanto en maíz como en soja, con materiales que apunten directamente a estos ambientes, para mejorar los rendimientos y el retorno de la inversión”.
Lecueder consideró que hay una mejora en la utilización de la tecnología del riego en los sistemas de producción en Uruguay. “Hemos vivido de cerca todo ese período de aprendizaje en el país”, comentó.
A propósito señaló que en los últimos años ha aumentado la cantidad de equipos y el área bajo riego, popularizándose no solo su manejo sino también la tecnología de cultivo asociada a esos ambientes. “Los niveles de producción que se están logrando en soja y en maíz bajo riego muestran que estamos un escalón por encima de lo que se lograba hace ocho o 12 años”, destacó.
Considerando que el mercado uruguayo es nuevo en el uso del riego, comparado con otros países, “el avance tecnológico ha sido muy bueno y apostamos a seguir desarrollándolo para que sea cada vez más accesible” para los productores, sostuvo.
El aumento de eventos climáticos extremos pone en evidencia la importancia de adoptar sistemas de riego que permitan levantar la principal limitante de rendimiento de los cultivos de verano en Uruguay, que es el agua.
Desde fines de febrero de 2024 el año ha sido muy contrastante con 2023, e incluso en el comienzo de este año hubo momentos de mucha demanda de riego y luego un final de zafra con excesos de lluvias en gran parte del territorio.
Lecueder señaló que “los niveles de lluvias registrados han generado muchos problemas productivos y también logísticos, pero también han permitido llenar represas como hacía muchos meses que no ocurría”. Este contraste ilustra lo que se está viviendo en los últimos años “con eventos climáticos cada vez más extremos, con momentos de excesos muy importantes de lluvias y otros con mucha escasez de agua”.
Los registros de lluvias de los últimos cuatro años –previo al retorno de las precipitaciones de gran volumen– marcaban una escasez acumulada muy importante. “Durante cuatro años hubo inconvenientes para juntar agua y en ese período tuvimos registros significativos de riego en cultivos de invierno”, recordó.
Salvo lo extremo que ha sido el nivel de lluvias en la recta final del otoño, en los años anteriores costó recuperar el volumen de agua en las represas y por eso es muy importante poder capturar el agua cuando se dan condiciones para eso. “El exceso de agua actualmente es un problema, pero también ha sido muy importante para recargar perfiles, embalses y los propios cursos de agua, así como para el ecosistema que genera”, planteó Lecueder.
“Las deudas se pagan produciendo, pero con una rentabilidad mínima garantizable, porque sino se va a agrandar el problema”, advirtió el analista Gonzalo Gutiérrez
Mauro Florentín Redacción
El stock de créditos bancarios del sector agropecuario a enero de este año es de unos US$ 3.600 millones, cifra que representa el doble del stock de 2012 y unos US$ 1.200 millones más que el monto de 2022, según datos del Banco Central del Uruguay (BCU). En el período de 2015 a 2023 el stock de créditos al sector se mantiene “muy estable”, en el eje de US$ 2.500 millones, mientras que la morosidad del agro aumentó de forma sostenida entre 2012 y 2018 y luego, entre 2018 y 2023 se redujo a casi los mismos niveles de 2015. La morosidad es “muy” baja, del entorno al 1%, por lo que “no hay un compromiso en el repago de los créditos”.
Esos datos y valoraciones forman parte de una columna de opinión del ingeniero agrónomo Gonzalo Gutiérrez, titulada Despegue productivo o problemas en puerta, que se publicó en el suplemento Agro de Búsqueda (Nº 23, publicado el 21 de marzo).
“Todos dicen que a pesar del impacto de la sequía las cuentas se cobraron. La pregunta es: si se pagaron todas las cuentas, ¿qué significa este aumento del endeudamiento?”, planteó.
Sobre este tema de relevancia para el agro uruguayo, considerando los antecedentes del endeudamiento entre fines de los noventa y principio de la década del 2000, VERDE consultó a Gutiérrez, quien hizo hincapié en la importancia de analizarlo “en el largo plazo, para no cometer los mismos errores del pasado”.
“El aumento en el endeudamiento quiere decir dos cosas: o estás en un proceso de inversión fantástico en el agro, que te va a llevar a un segundo piso productivo que te permitirá ser más eficiente, aún en un entorno de precios bajos; o bien esconde una realidad un poco más preocupante, que es endeudarse para tratar de sobrevivir en esta coyuntura que fue una mezcla de un evento climático catastrófico, como la sequía y la caída estrepitosa de (los precios de) las materias primas agropecuarias. Por eso hay mucha gente que está empezando a endeudarse para tratar de sobrevivir”, comentó.
Advirtió que este asunto es un “secreto a voces” y que “nadie se anima a cuantificarlo”. Si bien en la columna divulgó algunos datos del BCU que abarcan el stock de créditos al agro, no incluye lo que comprende el financiamiento “no bancario”, que “debe ser igualmente importante o más”.
Esto “obliga a rediscutir la competitividad de los agronegocios en Uruguay, que es un país caro y con mucho margen de intermediación en los eslabones de la cadena, que al final del día termina restando competitividad, regulaciones por doquier que hacen la vida miserable del empresario y del emprendedor”, sostuvo.
El agrónomo repasó la combinación de factores que históricamente le jugaron en contra a la producción agropecuaria local y a la cadena agroexportadora, como los “costos altos”, los “márgenes bajos”, el “atraso cambiario”, los precios “deprimidos” de las materias primas, y que luego derivan en dificultades para honrar el pago de las deudas.
Se suele sostener que “las deudas se pagan produciendo, pero eso debe tener una rentabilidad mínima garantizable, sino se va a agrandar el problema”, enfatizó. Opinó que “eso es lo que no se está mirando”, y aludió a la tendencia histórica de precios en cuanto a los picos de valores a los que después le siguen por lo menos dos años de caídas.
“Es un tema para que la clase política que está muy poco acostumbrada a ver los temas de largo plazo y de coyuntura sectorial le dé una mirada con un poco más de cariño, para evitar problemas en los próximos años”, dijo.
En su columna Gutiérrez sugirió que “el empresario agropecuario tiene que ponerse a tiro muy rápidamente para enfrentar un mix de circunstancias que no son, en cierta medida, nuevas para él y que le exigen adaptarse”.
“El mitigar riesgos, en cualquier actividad, tiene costos que muchas veces se hacen pesados”, y “pesa también la asimetría al momento de elegir con quién se endeuda el productor. Muchas veces se terminan contratando instrumentos de cobertura como condición de acceso al crédito, que son extremadamente onerosos y que comprometen el margen del negocio, pero solo para el que toma el crédito, mientras que el que financia nunca pierde”, sostuvo.
Para el autor, “la lógica de que financiar la producción futura es la única forma de pagar las deudas, encubre una realidad preocupante, que fuerza al productor a producir a pérdida para acceder al crédito”. Afirmó que “más tarde o más temprano esa cantera se agota”, afirmó.
Proceso de salida
En diálogo con VERDE, Gutiérrez también se refirió al riesgo de una mayor concentración de los diferentes rubros del agro, debido a la salida de la actividad de pequeños y medianos productores por el impacto negativo de la pérdida de rentabilidad y la acumulación de endeudamiento.
“En la lechería hay un proceso más acentuado de salida de pequeños productores”, mientras que en la ganadería “se lo empezará a ver cuando vuelva un ciclo de baja rentabilidad”, avizoró el analista.
Además, consideró que la ganadería extensiva tiene el “problema de flujo” de capital, como el productor del basalto, con 300 a 500 hectáreas, que al hacer la cuenta es una persona “rica”, porque “tiene US$ 700.000 en tierra”, pero no logra sacar la “rentabilidad necesaria” para pagar el gasoil, hacer mejoramientos en su campo y para su vida, entre otros aspectos.
Otro tema de especial relevancia para Gutiérrez es el peso de Brasil en los agronegocios y su impacto en el desempeño agropecuario de Uruguay. “Es una aplanadora que nos lleva puestos, y nos pone condiciones que sin ser explícitas modifican la estructura del mercado. Son cosas que nos empiezan a molestar y a doler. Uruguay no está leyendo bien hacia dónde va Brasil, ni lo que puede llegar a ser una Argentina macroeconómicamente ordenada”, advirtió Gutiérrez.
La presencia de la chicharrita se expande en el país, favorecida por las condiciones climáticas; la enfermedad no tiene tratamiento curativo, solo se puede prevenir
En la presente zafra de cultivos de verano en Uruguay se han observado algunos casos con sintomatología compatible con el achaparramiento del maíz, causado por cuatro patógenos transmitidos por la chicharrita Dalbulus maidis, comúnmente denominada chicharrita del maíz. La chicharrita está expandiéndose desde el norte hacia el sur del territorio uruguayo, en mucho mayor proporción este año, favorecida por las condiciones climáticas.
El presente artículo está basado en trabajos de investigación realizados en la estación experimental La Estanzuela, del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), desarrollados por los investigadores Ximena Cibils y Silvina Stewart, del área Protección Vegetal; Nicolás Baraibar, técnico sectorial, Nicolás Maltese, del área de Ecofisiología; Sebastián Mazzilli, director del sistema Agrícola-Ganadero.
La enfermedad causa síntomas como enanismo de las plantas (acortamiento de entrenudos), estrías cloróticas en base de las láminas, proliferación de espigas y macollos, y enrojecimiento de márgenes de hojas adultas, lo que reduce los rendimientos de este cultivo en chacras afectadas.
En Argentina se han reportado mermas en el rendimiento del 10% al 90%. Es esencial llevar a cabo un monitoreo constante y aplicar medidas preventivas y culturales para disminuir las poblaciones del vector y proteger los cultivos de maíz . Para el monitoreo debemos tener en cuenta que este insecto se desplaza rápidamente y tiende a escapar ante el menor movimiento.
Por ser una problemática emergente en Uruguay, INIA sugiere algunas medidas preventivas basadas en experiencias internacionales y solicita que productores afectados o que sospechen afecciones por achaparramiento, reporten su situación a INIA, con el objetivo de apoyar la generación de información nacional.
Medidas preventivas de control
La enfermedad no tiene tratamiento curativo, solo se puede prevenir. Se recomienda evitar la secuencia maíz-maíz, así como mantener la chacra libre de maíces guachos y huéspedes secundarios o accidentales mediante el uso de herbicidas. Es esencial eliminar el maíz guacho, ya que actúa como reservorio, no solo para las plagas sino también para los patógenos. Si bien las malezas gramíneas (huéspedes accidentales) pueden mantener las poblaciones de Dalbulus maidis, este vector se reproduce exclusivamente en el maíz.
También se recomienda sembrar híbridos que hayan demostrado tolerancia a la enfermedad. Es importante tener en cuenta que la tolerancia no implica inmunidad. Si bien aún falta información, se ha reportado que los maíces tropicales presentarían mayor tolerancia a esta enfermedad comparado con materiales templados.
Evitar la siembra escalonada (concentrar fechas de siembra a nivel de establecimiento y entre productores vecinos) y optar por sembrar en fechas tempranas para reducir el riesgo. Sin embargo, ante una eventual zafra bajo pronóstico en fase “neutro/niña”, con siembras tempranas se incrementa el riesgo de déficit hídrico durante el ciclo de cultivo, por lo cual, se sugiere la adopción de estrategias de manejo de tipo “defensivas”, como la reducción de la densidad de siembra y más híbridos de alta plasticidad reproductiva. El maíz tardío es más susceptible a enfermarse debido a la dinámica poblacional de la plaga. También se plantea considerar al cultivo de sorgo como alternativa.
El momento de preferencia del cultivo por la plaga es desde emergencia a V4, por lo tanto, se propone considerar el curasemilla como posible estrategia de protección durante los primeros estadios. El Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) amplió el registro de productos curasemillas para estos fines.
Se recomienda un monitoreo, con muestreo semanal aleatorio de los cogollos de 10 plantas consecutivas en 10 zonas de la chacra, desde la emergencia de la plántula hasta el estado vegetativo V7-V8 (Hruska & Peralta, 1997).
Además, se establece un umbral de acción para la aplicación de insecticidas foliares (no validado localmente) cuando la población de chicharritas alcance dos o tres individuos por cogollo por planta muestreada, especialmente durante los estadíos tempranos del cultivo.
Sin embargo, la presencia de la chicharrita por sí sola no indica necesariamente la presencia de la enfermedad, ya que la proporción de individuos infectados suele ser del 10% o menos.
Por otra parte, se ha observado una eficiencia de control de la plaga muy baja con insecticidas foliares. Por lo tanto, es recomendable recurrir a prácticas culturales para evitar daños. En MGAP amplió el registro de productos foliares para estos fines (ver pág 86).
Un invierno frío, con bajas temperaturas invernales y heladas recurrentes, puede tener un efecto beneficioso para reducir las poblaciones de chicharrita.
Antecedentes e información ampliatoria
La enfermedad llamada achaparramiento del maíz, endémica del norte de Argentina, es causada por cuatro patógenos transmitidos por la chicharrita Dalbulus maidis. Esta plaga es la principal amenaza del cultivo en algunos países de América Latina.
La enfermedad fue documentada inicialmente en Estados Unidos, por Alstatt en 1945, encontrándose principalmente en áreas tropicales o subtropicales del continente americano. Se reportó su presencia en países como México (Cervantes et al., 1958), Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Colombia y Honduras (Smith & Niederhauser, 1958), Perú (Castillo & Nault, 1982), Bolivia y Brasil (Costa et al., 1971; Costa & Kitajima, 1973), Argentina (Lenardon et al., 1992; 1993; Laguna et al., 1996) y Paraguay (Lezcano Roman & Machado, 1997).
El achaparramiento del maíz es causado por un complejo patogénico que involucra cuatro tipos de agentes causales; dos mollicutes o bacterias sin pared celular: Spiroplasma kunkelii y el Candidatus phytoplasma; y dos virus: el virus rayado fino del maíz (MRFV) y el virus del mosaico estriado del maíz (MMSV).
Estos patógenos pueden encontrarse en infecciones simples o mixtas, y de ahí lo confuso de la sintomatología.
Las plantas infectadas manifiestan distintos síntomas, entre ellos la clorosis foliar, que comienza a desarrollarse desde la base de la hoja; el enrojecimiento en el borde de las hojas; estrías cloróticas en la base de las hojas (pueden confundirse con deficiencias de Zn y Mg); acortamiento de entrenudos; la espiga (inflorescencia femenina) estéril e inflorescencia masculina infecunda; plantas con multiespigas; aparición desproporcionada de vástagos adicionales (macollos); y mazorcas deformadas, con falta de grano.
Estos síntomas pueden manifestarse a lo largo del ciclo del cultivo y la expresión depende de múltiples factores, como la infección mixta de patógenos, temperatura, el híbrido utilizado, presión de inóculo y estado fenológico del cultivo al momento de la infección. Las plantas enfermas senescen anticipadamente, interrumpiéndose el llenado granos, lo que se traduce en pérdidas al momento de la cosecha.
El nombre científico del vector de la enfermedad es Cicadélidos (chicharritas), de la familia Cicadellidae, subfamilia Deltocephaline, incluyendo especies como: Dalbulus maidis, Dalbulus elimatus, Dalbulus tripsacoides, Dalbulus gelbus, Dalbulus guevarai, Dalbulus quinquenotatus, Baldulus tripsaci, Exitianus exitiosus, Stirellus bicolor y Graminella nigrifrons (Maramorosch et al., 1968; Ramírez et al., 1975; Maden & Nault, 1983). Dalbulus maidis es el principal vector en las regiones productoras de maíz en América Latina (Nault, 1990).
El macho adulto de Dalbulus maidis mide entre 3,5 y 4 milímetros, mientras que la hembra tiene una longitud de 4 a 4,1 milímetros, y se distingue por su ovipositor visible bajo el abdomen, ligeramente más oscuro que el resto del cuerpo. Ambos presentan un color amarillo paja, con dos manchas negras redondas en la cabeza y alas traseras traslúcidas que se extienden más allá del abdomen.
Las ninfas son de color amarillo traslúcido y carecen de estas manchas. En promedio, la hembra pone 132 huevos durante su vida, a menudo en hileras de ocho. Depositan sus huevos debajo de la epidermis del tejido foliar (endofíticos), tanto a lo largo de la nervadura central como en la lámina. El huevo es muy pequeño y de forma ovalada, recién puesto es incoloro y se vuelve de color blanco una semana después.
Estos insectos se localizan rápidamente en las hojas de las plantas de maíz recién emergido, principalmente en el envés, junto a la nervadura central. Los adultos son muy activos y al más mínimo movimiento se desplazan volando hacia otras plantas, aprovechando también las corrientes del viento para moverse a distancias mayores.
Los daños directos causados por D. maidis se originan principalmente por la succión de savia por parte de los insectos, e incluyen decoloración y deformación de las hojas, retraso en el crecimiento de las plantas y el desarrollo de fumagina debido a la melaza exudada por las chicharritas, especialmente si la población es alta. Esta última puede reducir significativamente la fotosíntesis.
Los daños indirectos causados por Dalbulus maidis incluyen la transmisión de enfermedades como el achaparramiento del maíz. La transmisión de estos patógenos ocurre de manera persistente y propagativa, lo que puede resultar en altas tasas de infestación.
Esto significa que el insecto puede mantener (persistente) y multiplicar (propagar) los patógenos dentro de su cuerpo a lo largo de su vida, transmitiéndolos de manera continua a nuevas plantas a lo largo del tiempo. Esta capacidad de transmisión eficiente representa una amenaza significativa para la producción de maíz, ya que puede resultar en daños severos y pérdidas económicas importantes.
Entre las condiciones que afectan su proliferación están: los inviernos cálidos, siembras escalonadas de maíz a lo largo de la estación de siembra y la presencia de plantas voluntarias de maíz (maíces guachos) fuera del período favorecen su proliferación.
El puerto de Santos, en Brasil, es el segundo mayor exportador de productos agrícolas y agroindustriales del mundo. En solo seis años duplicó el volumen, pasando de 31,1 millones de toneladas (Mt) en 2018 a 62,3 Mt en 2023. Es únicamente superado por el puerto de Nueva Orleans, en Estados Unidos, que totalizó 63,4 Mt, según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR).
El puerto de Santos es el más importante de Latinoamérica. Tiene cinco terminales de contenedores, 12 de carga general, 24 de graneles líquidos, 14 de graneles sólidos, dos terminales de embarque automotriz y una de pasajeros.
Su participación es del 29% de la balanza comercial brasileña, siendo sus principales productos exportados los del complejo sojero, azúcar, jugo de naranja, maíz y pasta de madera química. Además, es el punto de salida de gran parte de la exportación de cereales, oleaginosas y subproductos, al representar el 33,3% del total bruto exportado por Brasil en 2023.
En Santos confluyen todos los modos de transporte disponibles: barcazas que bajan por la hidrovía Tieté-Paraná y hacen su trasbordo en Pederneiras, ferrocarriles, ductos y camiones. En 2023 ese puerto exportó 40,1 Mt del complejo soja y 21,3 Mt del complejo maíz.
En Brasil hay al menos 40 puertos fluviales y marítimos para la carga agrícola a granel. La exportación de granos y derivados se divide en dos nodos principales. Uno son los puertos del norte, como San Luis-Itaquí, Bacarena-Belén, Santarém, Manaus o Itaituba –estos tres últimos puertos fluviales están sobre el río Amazonas–. Santarém y Manaus tienen capacidad de operar buques Panamax, que requieren un calado mínimo de 39,5 pies de profundidad.
La otra salida de granos es la del sureste-este, que integran los puertos marítimos de Santos, Paranaguá, Río Grande, San Francisco do Sul, Itajaí y Vitória, entre otros. El 68% de las exportaciones del complejo de la soja y 50% del complejo del maíz de Brasil se realizan desde estos puertos.
Venta de cosechadoras en Brasil bajó 55% en 2024
En el primer trimestre de 2024, la caída de los ingresos por ventas internas de maquinaria agrícola en Brasil llega al 36,9%. La comercialización de cosechadoras en el primer trimestre del año muestra una caída del 54,7%, totalizando 926 unidades. En cuanto a tractores, la baja es del 34,6%, totalizando 8.397 unidades.
Las ventas internas de maquinaria agrícola en Brasil generaron unos US$ 658 millones en marzo, lo que marca una caída del 46,5% respecto al mismo mes del año pasado. A la vez, los ingresos por exportaciones cayeron 28,4% en marzo, totalizando US$ 123,04 millones, informó Canal Rural, de Brasil, basándose en datos de la Asociación Brasileña de la Industria de Máquinas y Equipos (Abimaq).
En marzo de 2024 las empresas vendieron 382 cosechadoras, mostrando un incremento del 28,2% respecto a las 298 unidades vendidas en febrero de 2024. Sin embargo, las ventas cayeron 47,4% respecto a marzo de 2023, cuando se comercializaron 726 unidades en el mercado brasileño.
En marzo, las ventas de tractores alcanzaron 3.735 unidades, que representó un aumento del 34,8% respecto a febrero, pero una reducción del 35% frente al mismo mes de 2023.
La Dirección General de Servicios Agrícolas (DGSA) del Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca (MGAP), con el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) y la Facultad de Agronomía (Fagro), en conjunto con el sector privado han elaborado una serie recomendaciones para el manejo de la chicharrita (Dialbulus maidis) en el cultivo del maíz, donde también se incluyó por parte DGSA la autorización de nuevos ingredientes activos para el tratamiento insecticida tanto en semillas como en aplicación foliar.
En una comunicación realizada en forma conjunta por la DGSA del MGAP, INIA y Fagro, marca los puntos clave para el manejo, donde aparece como elementos destacados, la regulación de la cosechadora para reducir al mínimo las pérdidas por la cola, de forma de reducir la población potencial de maíz guacho.
Destaca que es esencial eliminar el maíz guacho, ya que actúa como reservorio no solo para las plagas, sino también para los patógenos. Si bien las malezas gramíneas (huéspedes accidentales), pueden mantener las poblaciones de este vector se reproduce exclusivamente en el maíz. Allí recomienda la utilización de herbicidas de las familias FOP o DIM, en función del tipo de resistencia a herbicidas, en chacras propias y monitorear chacras vecinas. Es fundamental que se controle en estados tempranos para lograr mayor eficacia (V3-V4).
Marca que se debe evitar la siembra en chacras con alta presencia o que tuvieron pérdidas importantes por la enfermedad. A la vez, indica que el maíz tardío es más susceptible a enfermarse debido a la dinámica poblacional de la plaga. Acortar al máximo la ventana de siembra, sincronizando en la medida de los posible con productores vecinos.
La comunicación del MGAP, INIA y Fagro acota que el momento más susceptible del cultivo para la llegada de Dialbulus maidis y el inicio de la enfermedad se a partir de emergencia y hasta V4, por lo que se recomienda un muestreo semanal aleatorio de los cogollos de 10 plantas consecutivas en 10 zonas de la chacra, desde la emergencia de la plántula hasta el estado vegetativo V8-V10 (Hruska & Peralta, 1997).
Considera que se debe tratar las semillas con insecticidas, al tiempo que recomienda la planificación de la aplicación de insecticidas de acuerdo a la reinfestación de las chacras, mediante monitoreo permanente especialmente enfocado en hojas nuevas y rotando ingredientes activos.
Se señala que la enfermedad no tiene tratamiento, sólo es eficaz la prevención. En tanto, informa que un invierno frío con bajas temperaturas invernales y heladas recurrentes pueden tener un efecto beneficioso para reducir las poblaciones de chicharrita.
El fitopatólogo Marcelo Carmona planteó utilizar insecticidas en el tratamiento de semillas y foliares, además de trampas y un monitoreo permanente de la plaga
El manejo integrado, con foco en el vector, utilizando insecticidas en el tratamiento de semillas y foliares, además de trampas y un monitoreo permanente, son las claves para combatir a la chicharrita. Así lo resumió el fitopatólogo Marcelo Carmona, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en el marco de una actividad organizada por ADP.
La presencia de esta plaga (Dalbulus maidis), que afecta al cultivo de maíz, ha crecido de forma importante en Argentina y está presente en Uruguay, fundamentalmente en la región litoral-norte. Carmona advirtió que los inviernos más cálidos “son ideales” para la chicharrita, porque “es un insecto que no soporta tanto frío, por lo general hasta 4° C o 5° C, más o menos, aunque si las hembras están infectadas es probable que soporten algo más”.
Una hembra puede poner hasta 600 huevos, y los pone solo en el maíz, por eso remarcó que “es clave eliminar al maíz guacho”. “Es increíble, pero hay que eliminarlo, hay que manejarlo y hacer un sistema de alerta poblacional. Saber si en tu zona está la chicharrita, si está refugiada o no, y en los primeros maíces que se van sembrando, colocando estas trampas monocromáticas amarillas, pegajosas, para saber cómo va entrando a los cultivos”, dijo.
El fitopatólogo comentó que los productores deben comprender que en este caso “hay que manejar el vector”, porque una vez que está instalada la enfermedad, al tratarse de bacterias sin pared o de virus, “es imposible tomar decisiones posteriores”.
Si bien la chicharrita genera problemas productivos, “no es un tema como para dejar de sembrar maíz”, dijo Carmona, de todos modos consideró que “es un tema del que hay que ocuparse”.
En tal sentido, enumeró varias recomendaciones: “En primer lugar hay que tener cuidado con las pérdidas de cosecha de maíz. En segundo lugar se debe evitar dejar maíces guachos, que son claves porque el vector sobrevive, se nutre y se multiplica en maíces. El tercer punto es elegir los híbridos que mejor se han comportado”, a pesar de “la poca información que tenemos”.
En relación al tratamiento de semillas dijo que, de acuerdo con las investigaciones de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres de Tucumán (Argentina), los insecticidas que usan los semilleros para maíz, si bien pueden manejar algunos otros insectos, para chicharrita “no alcanzan”.
Planteó que “hay que generar investigación y permisos para que se utilicen mayores dosis en el tratamiento de semilla o incluso a nivel foliar”. También se refirió a trampas de monitoreo, monocromáticas, amarillas, pegajosas, para hacer el seguimiento, incluso antes de la siembra.
También dijo que “es muy importante la coordinación de la región, de varios lotes, ponerse en contacto con los vecinos para saber qué híbrido siembran, en qué fecha, si tienen maíces guachos o no y cuáles son sus estrategias”. Afirmó que “de esta situación se sale con una estrategia colaborativa”, no con una estrategia unilateral de cada lote, y “eso es lo que lo hace difícil a esto”, consideró.
Carmona confirmó que en el norte argentino este problema “es endémico”, ya que “todos los años hay chicharrita y achaparramiento del maíz”. También lamentó que en Argentina no hubiera insecticidas inscriptos para esta plaga. “En la desesperación el productor hizo un recurado de las semillas y eso también impactó en el manejo, fue interesante el impacto de esa desición”, comentó.
Insistió en que el monitoreo “es fundamental”, porque “todo está en la vida del vector. Hay que saber si tengo población del vector refugiada”. El fitopatólogo explicó que cuando no hay más maíz el vector “se va a los montes, a los cultivos de servicio, a las gramíneas, al sorgo de Alepo”, donde no se multiplica ni se nutre, sino que se refugia. “Pero lo podemos detectar a través de trampas o del propio monitoreo”, remarcó.
Los daños
Los daños que genera la chicharrita en los cultivos de maíz “son muy variados”, comentó Carmona. Explicó que hay daños que causa el vector, porque “pica y succiona”, y de esa forma le saca sabia al maíz. El segundo daño es que “el adulto hembra pone los huevos en el envés, en el mesófilo, tiene que raspar, dañar a la hoja y poner ahí los huevos”, señaló.
El tercero es que “excreta cosas azucaradas, y ahí también puede haber un hongo que se llama Fumagina, que no interviene en la vida del maíz, pero sí le tapa la hoja e impide la fotosíntesis”. Y el daño “más importante” que genera el Dalbulus maidis,es la “incorporación de estos cuatro agentes del complejo de achaparramiento en la planta de maíz” ya que “puede incorporar uno, dos o todos, porque puede transmitir dos bacterias sin pared y dos virus”.
Explicó que, al igual que todo daño de virosis o de bacterias sin pared, “provoca acortamiento entre nudos, a veces exceso de espigas, amarilleo, pérdida de cloroplastos, los márgenes que se ponen púrpura hacia adentro, y por supuesto un menor número de granos, y especialmente menor peso y tamaño de granos”.
Carmona consideró que la genética “influye mucho”, pero al mismo tiempo lamentó la “falta de conocimiento”, porque “no hubo un programa de mejoramiento sostenido en el tiempo por parte de los semilleros, por eso se están viendo todas estas campañas con ataques”. También dijo que “se empieza a ver que hay híbridos que se comportan mejor que otros, al menos en rendimiento”.
Dijo que “muchas veces hay plantas, cultivos o híbridos que parece que están con muchos síntomas, y finalmente el híbrido no cae tanto”. En cambio, señaló que “hay otros que tienen hasta pocos síntomas y el rinde cae mucho”. Entonces, “hay que tratar de buscar los mejores híbridos”, sostuvo.
Principios activos
En general hay varios principios activos que se pueden usar, como Tiametoxam o Imidacloprid, informó Carmona. Agregó que en Obispo Colombres se probó llevar las dosis a los niveles que se usan en Brasil, que son el doble de las que se utilizan en Argentina para combatir la chicharrita. Esas experiencias con Tiametoxam demostraron que “no hubo problemas de fitotoxicidad, pero usando una proporción mayor de Imidacloprid algunos híbridos podrían verse afectados”, comentó. Por lo tanto, dijo que “hay que conocer bien eso previamente, hacer un test fisiológico de semilla antes de aumentar las dosis”.
Consultado sobre los insecticidas foliares, respondió: “cuando uno monitorea y encuentra una o dos chicharritas por planta, todavía está en condiciones de pensar en insecticidas foliares, pero cuando encontramos por ejemplo cinco o más –se han encontrado hasta 200 o 300 por planta– ya no tiene mucho sentido aplicar porque no tendrá éxito”.
Agregó que “ya de por sí son insecticidas pocos móviles”. Informó que el adulto se esconde en el cogollo y las ninfas en el envés, entonces el insecticida “no tiene alcance”. Además “van saliendo hojas de maíz que no están con insecticida y se van refugiando allí”.
Adelantó que algunas empresas “están pensando en incorporar activos en tratamiento de semilla y de aplicación foliar” inscriptos en Paraguay y Brasil”. En Argentina hace pocas semanas se autorizaron insecticidas para chicharrita, “Brasil tiene más de 50 para utilizar como curasemilla o foliar”, señaló.
El ingeniero agrónomo Alfonso Álvarez, director de la consultora de Agrofocus, analizó la evolución de la agricultura en Uruguay, desde los puntos de vista agronómico y empresarial, el avance tecnológico y su integración con la ganadería, entre otros temas. En esta entrevista con VERDE Álvarez fue profundamente crítico por la falta de avances en los seguros de rendimiento, y apuntó a los problemas de comunicación de las aseguradoras para transmitirle la situación a las reaseguradoras, así como a la “falta de liderazgo” del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP).
¿Cómo observa al sistema agrícola en Uruguay?
La agricultura cambió mucho en los últimos 10 años. Hubo actores que fueron importantes para la expansión del área y en su gran mayoría ya no están. En la actualidad tenemos productores individuales, muchos de ellos de gran escala, y una nacionalización de la producción. La superficie sembrada por uruguayos es muchísimo mayor a la que teníamos, lo que ha generado un sistema más estable, incluso desde el punto de vista técnico. El sistema nos exige rotaciones estables y permanentes, por lo que vemos un crecimiento del área de invierno, que responde a la sustentabilidad agronómica y económica de los sistemas. La necesidad de doble cultivo pasó a ser algo indispensable. Se fue avanzando hacia ese esquema con buenos resultados, donde el aporte de rastrojo es sumamente importante. Se están achicando las áreas de cultivos de primera sobre coberturas; obviamente, eso es diferente en zonas donde los campos son más mixtos, donde los cultivos de cobertura tienen un componente de pastoreo. Los cultivos forrajeros se fueron incluyendo en las rotaciones, tanto los anuales como los bianuales, en combinación con la ganadería, que permite sumar kilos de carne y genera un muy buen valor. Otro cambio importante es el desarrollo y la intensificación de la ganadería, con la producción de carne en base a granos, ya sea a través de corrales de engorde o suplementación. Hay una interacción muy grande entre ambas actividades, lo que abrió la puerta para estabilizar el área de gramíneas, fundamentalmente la de maíz, un cultivo que al mismo tiempo fue ganando estabilidad. Los planteos son más sostenibles, con una rotación intensa que incluye gramíneas de invierno y de verano que nos han demostrado que tienen un aporte importante.
¿La gestión de la agricultura tiene una mirada más empresarial?
El gran cambio se comenzó a originar hace 20 años, con las empresas más grandes y los pooles de siembra, que ayudaron a profesionalizar al sector. Hoy el productor tiene una gestión empresarial y son muy pocos los que llevan adelante la actividad con un enfoque menos profesional. A la vez están siendo asistidos desde el punto de vista técnico y comercial por empresas de insumos o cooperativas. Hay puntos por mejorar y avanzar en la gestión, pero también es cierto que lo productivo no puede quedar atrás y la primera decisión siempre es productiva, que también involucra decisiones empresariales.
¿Qué compleja se vuelve la toma decisiones con márgenes más ajustados?
Venimos de varias zafras con números justos, el sector asumió que trabaja con márgenes ajustados. Incluso, una medida paliativa para ese escenario ha sido la integración vertical de las empresas con la ganadería dentro del proceso productivo. Las empresas que eran netamente agrícolas hoy tienen su ganadería. Además, son cada vez menos los productores que contratan el 100% de los servicios, se han ido incorporando algunos eslabones de esa cadena que forma el sistema de producción. Tenemos claro que el productor tiene que ser propietario de alguno de los medios de producción, ya sea la tierra, maquinaria o parte de los insumos, como la semilla. El hecho de tener uno de los puntos de la producción dentro del sistema, es el buffer que permite afrontar estos escenarios de menores márgenes.
¿Cómo evolucionó la gestión agronómica?
En el sector hay dos versiones sobre el manejo de los cultivos, una productivista, donde la exigencia tecnológica es cada vez mayor y la productividad es el principal objetivo. Y hay otro donde se trabaja con escala y no tanto sobre la optimización productiva. Ninguno de los dos es discutible, porque cada uno tiene claro su objetivo y no va en desmedro del resultado.
¿Con cuál de estas dos visiones se siente más identificado?
Cuanto más productivista sos, más tecnología incorporas y te preocupas por los kilos. Ese sin dudas es el camino. Entrás en un ciclo de más rotación de activos y más riesgo. Los planteos tecnológicos de punta para sacar más kilos requieren de más inversión, los sistemas caros implican un riesgo financiero mayor.
¿Pero no abaratan el costo de la tonelada producida?
Siempre y cuando logres la tonelada producida, pasas a ser muy dependiente del factor climático. Hay que buscar el punto de equilibrio, esa es la dificultad y es un tema de análisis permanente. Cuanta más tecnología y maquinaria se incorpora para estar a la vanguardia, hay que ver si eso repercute favorablemente en el número final. La tecnología vinculada a los insumos es inevitable. Los cultivos bien fertilizados, con macro y micronutrientes, incluso con manejo hormonal y genética, responden y brindan estabilidad productiva, a diferencia de lo que pasa con un cultivo hecho más o menos. Ahí no hay dudas, tenemos que ser productivistas. Pero hay un montón de elementos tecnológicos, maquinaria, plataformas o software de gestión, donde no está tan claro el impacto en kilos.
¿Cómo evalúa la evolución de los rendimientos en Uruguay?
Venimos en una escala ascendente. Somos productivistas. Más allá de que dependemos del clima, año tras año venimos superando récords. Hace 14 o 15 años, cuando ADP (Agronegocios del Plata) planteaba llegar a un rendimiento en trigo de 6.000 kilos por hectárea (kg/ha), nos parecía que estábamos hablando de un número muy difícil de alcanzar. Hoy tenemos que pensar en un trigo de 6.000 kg/ha para tomar la decisión de sembrar; ya pasó a ser un rendimiento normal. Ese es un ejemplo muy claro de que venimos subiendo el promedio de rendimientos. Sacando los avatares de las zafras particularmente complicadas, la información muestra que venimos subiendo. Hace 10 años pensábamos que 6.000 kg/ha de trigo era la panacea, y hoy pretendemos que ese rendimiento sea moneda corriente.
¿En soja cuesta un poco más?
Venimos subiendo. Hace 15 años pensábamos que tener una soja de primera de 2.200 a 2.400 kg/ha era válido y muy aceptable. Hoy todos sabemos que una soja de primera de 2.500 o 2.700 kilos es condición necesaria para el empate. Obviamente hemos corrido la mira mucho más arriba y si todos estamos corriendo la mira es porque es lograble. Quizás la evolución no ha tenido la misma velocidad y el resultado ha sido más errático, pero hemos subido los rendimientos. La realidad es que hoy tenemos materiales y manejo que nos permiten pensar que lograr 3.000 kg/ha o más es posible, después influye el clima.
¿Cómo está la agricultura puertas afuera de la chacra?
La logística que tenemos es muy buena, el sector privado ha realizado un esfuerzo excepcional. La capacidad de almacenaje y acondicionamiento de granos es muy buena y con tecnología de punta. En cuanto al transporte, creo que también tenemos una flota fantástica. En el furor de la zafra siempre tenemos quejas sobre la logística, pero en realidad es un tema de manejo. Tampoco podemos estar sobredimensionados. Durante los 20 días de zafra siempre queremos más, pero también eso es un problema. Cada vez más pretendemos concentrar toda la cosecha en 20 días y la siembra en 15 días. Lógicamente eso genera ciertos cuellos de botella, pero la actividad tiene que ser viable para todas las partes. No podemos pretender que haya camiones para hacer la zafra en 20 días y sembradoras para sembrar todo en 10 días. Como productores y técnicos debemos tener un poco más de cintura y adaptarnos a lo razonable, a lo lógico. Sinceramente creo que no tenemos limitantes desde el punto de vista logístico, ni desde el punto de vista de la infraestructura. Sí considero que deberíamos gestionar mejor, tanto los usuarios como los que nos proporcionan los servicios.
¿Por dónde pasaría esa mejora?
Es un tema de comunicación. En el momento del furor de la zafra todos estamos pensando en nuestro negocio, pero tenemos que ser un poquito más efectivos y entender que el otro también tiene que hacer su negocio. También pueden influir las zafras ajustadas de los últimos tiempos. Cuando los márgenes son ajustados y las condiciones son extremas todos queremos salvar nuestro pellejo. Por eso entiendo que sucede como consecuencia de los escasos márgenes que venimos teniendo.
¿Cómo se está gestionando esta zafra?
Por ahora con serenidad. Es una zafra complicada, porque no hemos podido avanzar. A principios de junio vamos a pasar raya y nos daremos cuenta de que, con sudor y lágrimas, se hizo. Es lo que pasa siempre. Son condiciones extremas, pero este estrés es mucho mejor que el del año pasado. Ahora la preocupación es juntar los kilos que tenemos, pero en la zafra pasada no teníamos nada para juntar. La gran conclusión que dejan estos dos años es que pasamos a los extremos y nos sigue faltando el componente de estabilidad o de seguridad. Por eso insisto en un punto básico, que son los seguros de rendimiento. Esa es, sin dudas, la herramienta que nos está faltando. Un buen ejemplo es la agricultura estadounidense, que produce muy bien y que cuenta con un componente que afecta a la estabilidad emocional de las empresas, que es el seguro de rendimiento. Contar con un seguro brinda tranquilidad, y cuando el productor está tranquilo toma mejores decisiones. Lamentablemente lo veo cada vez más lejos. Hace tres años lo veíamos como algo que se venía, pero ahora creo que hemos dado varios pasos para atrás. Se ha manejado muy mal de parte de prácticamente todos los actores involucrados. Por el lado de las aseguradoras entiendo que quizás no han logrado transmitir lo necesario de manera adecuada a las reaseguradoras, que hoy son en definitiva las que están frenando la posibilidad de que se desarrolle el negocio de los seguros de rendimiento. Creo que han comunicado muy mal lo que nos pasa. Los productores estamos muy dispuestos a que el seguro sea una herramienta continua. Hoy la mayoría de los productores están dispuestos a pagar un seguro de rendimiento. Eso habla muy bien de la decisión empresarial, porque se prefiere invertir en esto buscando tener cierta tranquilidad. El seguro de rendimiento no debería estar visto solamente como un seguro que cubre un orden de kilos, sino también debería cubrir pérdidas de calidad, tener un gatillo para condiciones adversas de cosecha y demás. Lo que se ofrece hoy en plaza es totalmente insuficiente. La coordinación de esto, que ha sido del gobierno, no fue buena. El Ministerio (de Ganadería, Agricultura y Pesca) no solamente no ha aportado, sino que ha entorpecido. Creo que este proceso no ha sido liderado correctamente. Los seguros deberían ser parte de una política agropecuaria y creo que ha sido muy tibio el papel del Estado en este punto.
¿Faltó una decisión política clara y contundente en este tema?
Sin duda, y también faltó liderazgo. Quizás la decisión política estuvo, pero faltó un liderazgo claro de alguien que tome el tema sin querer tener réditos políticos y que mire el resultado del sistema. Sinceramente pienso que por falta de conocimiento esto no ha sido evaluado correctamente. No se ha medido correctamente el impacto que puede tener un seguro de rendimiento bien logrado. Si lográramos estabilizar el área productiva, o incluso aumentarla, porque tenemos posibilidad de hacerlo, los resultados serían otros. No sé si alguien ha medido o evaluado el impacto económico de estabilizar la producción de invierno en torno a 1 millón de hectáreas y la de verano en 2 millones de hectáreas, o incluso algo más. El efecto derrame que tendría sobre las ciudades, las empresas, los servicios, sería brutal.
Cuando el MGAP instrumentó el plan piloto se argumentó que era difícil que el productor aportara la información necesaria, ¿qué opina sobre esto?
No lo comparto; no creo que sea así. Probablemente al productor le cueste entregar información al Estado porque siempre existe el temor de que, no solo no te den nada, sino que te terminen pidiendo más. Pero si estuviera la decisión política, la información sería fácil de recabar. Hay empresas de seguros que tienen muy buena información y hay algunos procedimientos de las compañías aseguradoras que han logrado información muy confiable.
¿La información no sería una excusa para avanzar?
Creo que no. En Agrofocus, con Gonzalo (Ducós), somos de la idea de que la información de rendimiento, en realidad debería ser del campo. Eso aportaría muchísimo al sistema y permitiría tomar una serie de decisiones muy importantes. Si pudiéramos saber cuánto se produjo en un campo, en un determinado padrón, se valorizaría mucho el activo, permitiendo tomar decisiones sobre los valores de las rentas y también a quienes financian el cultivo. Se tendría una medida de riesgo sobre un pedazo de tierra donde sabemos que un productor está produciendo cierta cantidad de kilos. Saber la productividad real del padrón ayudaría mucho para tener un seguro. Pero insisto, la única forma de que esto ocurra es que venga de la mano de una política agropecuaria donde estén involucrados el Estado y los productores. Para lograr tener un seguro de rendimiento debemos tener información. No estoy tan de acuerdo sobre que los productores no la quieren dar, el problema es a quién se la dan y para qué. Pero es claro que debemos generar más información.
Con todos los elementos tecnológicos que hoy están disponibles no debería ser complejo acceder a la información.
Exactamente. Los mapas de rendimiento podrán tener un determinado grado de error si las máquinas no fueron bien calibradas, pero son problemas menores versus la alternativa de no tener información. Hoy tampoco hay impedimento para que las máquinas tengan un monitor de rendimiento. Voy a ser franco, creo que el problema es que el sector político no tiene representantes de la agricultura. Los grandes avances que se han logrado en los últimos cuatro o cinco años para el sector agrícola se han hecho a partir de planteos de la Asociación Agropecuaria de Dolores, en conjunto con un montón de actores privados. Nos falta dentro del sistema político gubernamental, en definitiva, dentro del Ministerio, liderazgo para cambiar. Tenemos líderes empresariales que han puesto sobre la mesa 2 millones de ideas, pero el tema es que después hay que concretarlas.
¿Cómo ve al riego?
Lo veo fantástico. Es un complemento muy bueno, que aporta estabilidad al sistema, pero no hay que hacerse la película de que es la solución a todos los problemas de falta de agua. Más allá de que es una herramienta bárbara, Uruguay tiene ciertas limitantes para el riego, por problemas de topografía, de relieve o de infiltración, que hacen que no tenga el mismo resultado que tiene en otros lugares. De todas formas, se avanzó mucho y cada vez más, es condición necesaria. Ahí sí hay que quebrar una lanza, porque todo lo que refiere al modelo de promoción de inversiones y de proyectos de inversión han sido elementos fabulosos del gobierno y de los anteriores, permitiendo que se invierta y se desarrolle el riego. Tenemos un mercado donde el valor de los campos sigue subiendo y de forma importante. Seguimos siendo un lugar buscado para invertir, porque en Uruguay hay condiciones que hacen que los extranjeros nos miren con buenos ojos. Brasil es un caso claro de inestabilidad política y social. A Uruguay lo ven como un país seguro, por lo que vienen a comprar campos acá. Los europeos también lo ven atractivo y eso hace que el mercado esté demandado, subiendo los valores de los campos. Hoy vale más la pena invertir dentro del campo que afuera. Siempre fuimos muy críticos con el riego cuando los campos eran baratos. Entendíamos que era preferible comprar una hectárea de al lado antes que invertir en torno a US$ 4.000 por hectárea para incorporar el riego. Hoy es más difícil comprar la hectárea de al lado, ya sea porque no está a la venta o porque es más cara, mientras que el riego viene bajando. Por eso creo que esa herramienta seguirá creciendo.
¿Cada vez hay más gente interesada en entrar al negocio agropecuario uruguayo?
No te voy a decir que cada vez haya más gente, pero sí hay muchas consultas. Cuando tenemos algún cliente que está pensando en invertir y vemos qué opciones hay en el mercado, observamos que está muy movido. En el último año y medio o dos años hubo muchas consultas, y de hecho en los últimos meses se han cerrado muchos negocios de volúmenes importantes. El denominador común es la búsqueda de campos buenos. Más allá de las condiciones que ofrece el país desde lo jurídico, social, político y demás, la búsqueda es selecta.
Tarjeta Personal
Alfonso Álvarez es ingeniero agrónomo formado en la Universidad de la República y tiene un MBA en la Ucudal. Es director de la consultora Agrofocus, que opera desde 2001, gerenciando proyectos de producción agropecuaria de terceros, con capital de origen nacional y extranjero. Además, cuenta con una rama de producción agrícola-ganadera propia y servicios de maquinaria. Desde 2018 es consultor ANII para proyectos de innovación.