Oswaldo Ernst: Uruguay y la oportunidad que genera la valoración global que existe sobre el ambiente

By Cristina Fumero,

El desarrollo de tecnologías sostenidas sobre el conocimiento de procesos agroecológicos “es totalmente viable y se puede implementar” en los sistemas agrícolas más tradicionales

La valoración que hoy tienen los impactos ambientales se podría transformar “en una oportunidad para el país”, sostuvo Oswaldo Ernst, docente de la Facultad de Agronomía. Al ser consultado por VERDE recordó que Uruguay se planteó hace 10 años alimentar a 50 millones de personas, “cuando somos 3 millones y se producía para 10 millones” de personas. Y dijo: “estamos cerca” de esa meta. 

Agregó que ahora el mundo “exige alimentos más sanos y que la producción cuide el ambiente. Podemos reaccionar, porque estamos convencidos de que ese es el camino. Uruguay tiene muchas herramientas e indicadores que ya podrían estar utilizándose, que servirían para mostrar lo que se hace”. Para certificar procesos productivos, “todo lo que se ha hecho debe ser reconocido por quienes certifican”. 

Recordó que cuando se fundó la Asociación Uruguaya Pro Siembra Directa (AUSID) esa tecnología “no generaba buenos resultados, había una pérdida de 15% a 20% de rendimiento”. Sin embargo, se generó información y tecnología “hasta que se ganó su lugar”, remarcó. 

Dijo que funcionó porque “el objetivo era controlar un mal mayor: la pérdida de suelos por erosión y la degradación, algo que los productores no querían seguir admitiendo. Hoy es indiscutido el aporte de la siembra directa”.

Además, señaló que los números de Fucrea demuestran que hay respuesta económica cuando se hacen las cosas bien. Y consideró que se debería agregar “un enfoque holístico, que supone mirar todo el predio y lo que hacemos durante todo el proceso de producción. No solo mirar la chacra, un cultivo o la forma de fertilización”, ejemplificó.

Consideró que más allá de la discusión que se genera entre las producciones agroecológicas, orgánicas y tradicionales, “necesitamos sacarle las emociones” a esos debates, porque existen “conceptos y componentes” de la agricultura tradicional que “pueden formar parte de un manejo más cercano al agroecológico”. 

Afirmó que hay “muchas cosas” de las que se hablan, que si se aplican “calzan perfectamente dentro de sistemas de producción sustentados por la agroecología”. Sostuvo que los conceptos agronomía y agroecología “están muy cerquita”. Aclaró que agronomía es “manejo de procesos, no compra de insumos”, y allí es donde Ernst señala que “se genera el debate entre un punto y el otro”.  

“Estoy convencido de que el desarrollo de tecnologías sostenidas sobre el conocimiento de procesos agroecológicos es totalmente viable y se puede implementar en los sistemas más tradicionales y con mayor carga química. Eso supone una transición, pero hay información y se puede transitar”, aseveró.

En el Encuentro Nacional de Agricultura Sostenible, Ernst sostuvo que los procesos de intensificación que han ocurrido en los últimos años “han generado una degradación de los suelos, que en algunos casos son importantes y en otros no”. Pero eso “se está corrigiendo con más nutrientes”, lo que implica que “aumenten los riesgos ambientales”, que resultan de “la forma en que se manejan los recursos que se asignan a los cultivos”, dijo. Si todo “lo que agregamos no es utilizado por el cultivo y se va al agua o el aire, tenemos un problema”, reconoció.

Ernst consideró que “muchos de los temas que hoy abordamos no tienen nada que ver con las situaciones que discutíamos hace 20 años. Son problemas emergentes que van surgiendo a partir de la forma en que se implementan los sistemas de producción y la valoración de los impactos ambientales, que vienen desde fuera del sector y que deben ser atendidos”. 

La sostenibilidad tiene implícito el tiempo y la evolución de las cosas. Al comparar lo que pasaba cuando se fundó AUSID y lo que sucede hoy, “hay muchos casos que eran problemas relevantes y hoy están en vías de solución o se han solucionado”. La erosión de los suelos “que hoy existe no tiene la magnitud que tenía en aquel momento, pero si olvidamos eso, y se vuelve a mover el suelo, queda atrás la razón de todo lo que hicimos” para mejorar, dijo.

En esa línea, resaltó que “la situación está bastante mejor” frente a lo que sucedía hace 10 años, “cuando tuvimos el pico del problema”. Porque en verano “se producía solo soja y en invierno prácticamente nada”, en medio de una expansión de la superficie agrícola “muy importante”, recordó. Pero ahora el sistema cuenta con más opciones de cultivos, rotaciones diversas y el regreso a los suelos marginales de las rotaciones agrícolas pastoriles”. 

A partir del análisis de una base de productores, Ernst explicó que el balance aparente de nutrientes es positivo para fósforo y nitrógeno. “Estamos fertilizando con más nutrientes de lo que extrae el grano que producimos, eso es un potencial problema”, advirtió. 

Por eso dijo que es clave “aumentar la precisión de lo que se agrega. Hay que fertilizar con las formas y en los momentos que hace falta”. Para eso “hay que trabajar más, hay que aplicar más tecnología, tener indicadores objetivos que nos muestren cuál es la necesidad del cultivo y agregar lo necesario. Cuando el suelo da todo, trabajamos poco y se toman pocas decisiones. Cuando el suelo no tiene un suficiente suministro de nutrientes, empiezan los problemas”, planteó.

Nota de Revista Verde N°104

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Gervasio Piñeiro: La agricultura está modificando sus paradigmas de producción

By Cristina Fumero,

La actividad agrícola enfrenta cinco desafíos ambientales: degradación de suelos, biodiversidad, pérdida de nutrientes, uso excesivo de agroquímicos y emisión de gases de efecto invernadero 

La agricultura uruguaya “está con ganas de cambiar, de mejorar y de hacer más sustentable todo el proceso”, destacó a VERDE el profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador principal del CONICET, Gervasio Piñeiro. Señaló que el productor “está gastando mucho en insumos para corregir problemas y la sociedad hoy exige otra cosa. Eso está modificando los paradigmas de producción”.

Durante el Encuentro de Agricultura Sostenible, indicó que el sector enfrenta cinco desafíos ambientales: la degradación de los suelos; la pérdida de fósforo, nitrógeno y otros nutrientes; el uso excesivo de agroquímicos; la necesidad de mejorar la biodiversidad de los sistemas; y de disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), como el óxido nitroso y carbono, cuando se pierde materia orgánica (MO) del suelo. 

Consideró que “si bien se avanzó muchísimo para disminuir la erosión del suelo, queda mucho camino por recorrer para la conservación de su materia orgánica”. Dijo que la siembra directa es una herramienta que “ha permitido avanzar un escalón” en la búsqueda de la sustentabilidad. “Es una condición necesaria pero no suficiente para mejorar los suelos”, ya que hoy “es fundamental alimentar el suelo con rotaciones, cultivos de servicios, jugar con la diversidad y tenerlo cubierto” lo máximo posible, explicó.

Allí destacó el rol que cumplen los cultivos de servicio, que “llegaron para quedarse” y para “mejorar la performance” de la agricultura. En ese sentido, Piñeiro destacó que la avena “es la reina”, pero remarcó la importancia de comenzar con leguminosas, ya que “la fijación de nitrógeno (N) y mejorar la MO, es clave”. 

Hay muchas especies cuyas características brindan servicios muy importantes al suelo. Lo mismo con las gramíneas. “Estamos empezando a combinar, porque las mezclas funcionan muy bien y aportan diversidad”, remarcó el investigador. 

Sobre la oferta y demanda de nutrientes, indicó que “los sistemas agrícolas tienen pérdidas muy grandes de nutrientes, que terminan en el aire o el agua y emiten gases de efecto invernadero”. Por lo tanto, “resulta fundamental sincronizar la oferta y la demanda”, dijo. 

“Cuando muere una planta libera nutrientes que deben ser tomados por otra. Hay que determinar cuál será el cultivo que crecerá y utilizará esos nutrientes que se liberan. Los cultivos de servicios tienen un rol clave, porque los podemos utilizar en esas ventanas entre cultivos de renta. Por eso también se llaman trampas, porque capturan nutrientes y evitan que se pierdan en la atmósfera o en el agua”, detalló.  

Implementar esas prácticas “es adelantarse” a lo que sucede en muchos países donde hay restricciones “en términos de reposición de fertilización, de umbrales para fertilizar, de dosis y de rotación de cultivos para estar por debajo de  las pérdidas de nutrientes y evitar la contaminación”, sostuvo. Eso motivó cambios en la fertilización desde la forma, el tipo, las dosis, las fuentes y hasta los momentos.

La emisión de gases de efecto invernadero “es otro de los problemas” que enfrenta la agricultura. “Si bien Uruguay es un país chico, con pocas emisiones, cuando se hacen las cuentas per cápita, los números son más preocupantes. En la fertilización y en la última etapa del cultivo de soja, cuando no hay cultivo de servicio, se emite óxido nitroso. Eso se puede mejorar conservando la MO del suelo o sincronizando la oferta y demanda de nutrientes para no emitir”, sostuvo Piñeiro.

A su entender, con la Ley de Conservación de Suelos la agricultura uruguaya “ha mejorado mucho, y si bien no está todo medido, sabemos que tuvo un impacto positivo en el secuestro de carbono y en mejorar el balance de gases de efecto invernadero”, declaró. 

Sobre la utilización de fitosanitarios, señaló que “deberían usarse menos, y hay que apuntar a los productos banda verde, buscar manejos integrados, monitorear, sumando bioinsumos y aplicando la agricultura de precisión para usarlos donde hace falta.  Los cultivos de servicio también impactan en el control de malezas y en la generación de refugios de biodiversidad”.

Piñeiro resaltó la diversificación de cultivos de la agricultura en Uruguay, y consideró que los cultivos de servicio y sus mezclas “pueden aportar a incrementar la diversidad que le hace falta al sistema. Es relevante manejar mejor la diversidad de los sistemas, y establecer áreas de conservación dentro de los establecimientos agrícolas o agrícolas ganaderos”.

Consideró que “armonizando la propuesta de cultivos de servicios se pueden subir varios escalones en la búsqueda de la sustentabilidad”. A la hora de diseñar los sistemas “no solo tenemos que pensar en producir alimentos, sino en la producción de materia orgánica y en tener aire y ríos cada vez más limpios”. 

El especialista consideró que todos estos aspectos “son un diferencial” a la hora de “presentarnos” en el mundo, y que “seguramente esos cambios se expresaran en el mercado” pero también “es importante estar en sintonía con las demandas ambientales de la sociedad y producir con responsabilidad”. 

Nota de Revista Verde N°104

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Productores y técnicos uruguayos recorrieron el cinturón maicero

By Cristina Fumero,

La gira Farm Tour, organizada por la Agropecuaria de Dolores, visitó a productores de Ohio, Iowa e Illinois, una planta de semillas de Bayer y la fábrica de maquinaria Kinze

Ruben Silvera
Estados Unidos

Un grupo de 38 productores y técnicos uruguayos de varias localidades participaron en Estados Unidos de la gira Farm Tour, organizada por la Asociación Agropecuaria de Dolores (AAD), con el objetivo de recorrer zonas productivas de ese país y conocer de primera mano la situación agrícola y las tecnologías implementadas en esa actividad. La recorrida incluyó la visita a productores en los estados de Ohio, Iowa e Illinois, además de una planta de semillas de Bayer y la fábrica de maquinaria Kinze.

La primera recorrida por establecimientos agrícolas fue por Ohio, un estado que siembra 2 millones de hectáreas de soja y 1,3 millones de hectáreas de maíz. Este año quedaron sin sembrar cerca de 400.000 por la humedad existente al momento de la siembra. La productividad será variable, en función de las lluvias recibidas. 

Allí el costo del gasoil para el campo es 25% menor al del surtidor, porque la maquinaria no paga los impuestos que se aplican a los automotores por el uso de las rutas.

En el condado de Madison, Plain City, el costo de la tierra se ubica en torno de los US$ 35.000 por hectárea, mientras que los arrendamientos se ubican entre US$ 500 y US$ 700 por hectárea. El promedio de lluvias de la zona es de 1.125 milímetros por año. A la vez, cuando la nieve es importante, puede aportar 300 milímetros. El horizonte A del suelo se ubica a 40 centímetros y tiene picos de 80 partes por millón de fósforo.

Uno de los productores visitados fue Jhon Wilson, undécima generación de productores de su familia. Ya comienza a posicionarse la próxima generación, porque su hijo Jack también forma parte de la empresa que opera unas 2.400 hectáreas, de las cuales el 50% es arrendada. Hace unos 30 años sembraban 30 hectáreas y fueron comprando campos, llegando a unas 1.200 hectáreas en propiedad.

La señora de Jhon también es socia de la empresa y opera unas de las dos cosechadoras que tienen o uno de los cuatro camiones que lleva la producción a la planta de acopio de 17.000 toneladas que construyeron hace unos cinco años, con el objetivo de concentrar el acopio en un solo lugar para bajar costos. La planta está totalmente automatizada, no requiere de personal operativo. Tiene una capacidad de secado de 25 a 50 toneladas por hora y la de recibo llega a 165 toneladas por hora (base maíz).

El 100% de la inversión de la planta se descuenta en cinco años, eso sumado al gas natural y la energía trifásica fueron “claves para avanzar con el proyecto”. El acopio  propio permite mejorar las condiciones comerciales, además adelantan la cosecha porque hay incentivo de precio que brinda una planta de etanol cercana, que busca abastecerse temprano. La cosecha de maíz se realiza con 20% y 30% de humedad, por estrategia operativa, y el grano es secado a 15%.

El rinde promedio de maíz en los últimos años fue de unos 17.000 kilos por hectárea; y en el caso de la soja la productividad llega a 5.000 kilos por hectárea. En esta zafra tuvo mejores rendimientos que en la anterior, porque no le faltaron lluvias.

El costo de producción, sin contemplar el valor de la tierra, se acerca a los US$ 1.500 por hectárea. En maíz se siembra con el objetivo de lograr unas 90.000 plantas por hectárea.

La empresa de Wilson aplica la máxima tecnología disponible y también está desarrollando  productos foliares propios. Se aplican bioestimulantes, foliares, promotores de crecimiento y fungicidas, con el objetivo de sumar más kilos por hectárea. En la zafra pasada una de sus chacras participó de un torneo nacional de productividad en maíz y salió tercero, con 24.000 kilos por hectárea.

La fertilización es variable y toda líquida. En maíz promedia unos 250 kilos de nitrógeno por hectárea (nitrógeno al 28% con 3% de azufre), y están sumando micronutrientes (boro, zinc, manganeso, entre otros). Se aplican 75 litros antes de la siembra y el resto se incorpora en la línea hasta ocho hojas. Totalizan unos 700 litros de N28 con 3% de azufre por hectárea. Cuando se siembra soja se fertiliza con fósforo; y el maíz se fertiliza con potasio. La rotación es: un año soja y un año maíz.

Tanto la soja como el maíz se siembran a 76 centímetros. Con la misma máquina pueden sembrar los dos cultivos, incluso hay años cuando la soja se siembra primero. La siembra se hace con el suelo frío, por eso la genética y la tecnología de siembra son claves. Cuentan con dos plantadoras con sistema Exactly Emerge, que permite sembrar a 16 kilómetros por hora. Las ventanas de siembra son muy cortas, en 15 o 20 días debería quedar todo sembrado, acotó Wilson.

En soja apuntan a un rango de 320.000 a 375.000 plantas por hectárea, y al igual que en maíz realiza siembra variable. El costo de producción de la soja llega a los US$ 1.200 por hectárea. En esta zafra hubo chacras que rindieron 6.700 kilos por hectárea.

Agregó que la maleza más complicada es el Amaranthus, pero también se vienen sumando otras. El herbicida Dicamba tiene restricciones en el uso por los problemas de deriva, por lo cual hay fechas límites de aplicación. Cada estado maneja sus fechas de aplicación, incluso hay algunos que lo prohibieron. 

Luego de lluvias superiores a 125 milímetros tampoco se puede aplicar nitrógeno, y por normativa de agencias gubernamentales se debe registrar todo lo que se hace en la chacra.

John Wilson cree que la agricultura será más tecnológica, eficiente y productiva. Dijo sentirse respaldado por el gobierno, porque se necesitan alimentos a precios competitivos.

Visita al embajador uruguayo en EEUU

El primer punto de la gira Farm Tour fue Washington DC, una ciudad cargada de historia y simbolismos, que permanentemente resaltan lo relevante de la república y la democracia. Se visitó la embajada de Uruguay en Estados Unidos, para conversar con el embajador Andrés Durán. El diplomático dijo que se busca avanzar sobre una de las líneas marcadas por el presidente Luis Lacalle Pou, que es la mejora de la inserción internacional de Uruguay. Allí se busca mejorar el acceso de la carne intacta, y en carne ovina la creación de un compartimento único a nivel país. También se realizan gestiones para la carne vacuna, que tiene una cuota anual de 20.000 toneladas y un arancel de 26,4%, por fuera de cuota, pero no se han logrado avances.

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El agro norteamericano se organizó para ser escuchado en Washington

By Cristina Fumero,

Bill Couser, un empresario referente en temas de producción y cuidado del ambiente, explicó cómo los productores pasaron de ser “el menú” a tener lugar como “comensales”

Ruben Silvera
Nevada, Iowa

El Farm Tour (ver páginas 64 y 66), de la Asociación Agropecuaria de Dolores (AAD), visitó en Nevada (Iowa) a Bill Couser, un empresario referente en producción y el cuidado del ambiente. “Gobiernos, reglas y regulaciones son los desafíos que tiene el agricultor” y por si fuera poco, “hay que sumar los desafíos propios del negocios”, indicó Couser al comenzar su charla con VERDE. 

Sostuvo que “la gente no sabe cómo se produce, por eso como productores tenemos que contar nuestra historia, nuestra verdad”. Consideró que la sostenibilidad es “producir maíz para alimentos y etanol, de donde vuelve DDGS para alimentar al ganado, y luego con el estiércol se fertilizan los cultivos. Hay que producir más y mejor, con menos hectáreas”.

Para Couser “hoy el agro norteamericano tiene peso en Washington. Los productores, nos hemos juntado con las compañías que forman parte de la cadena productiva, las de semillas, protección de cultivos, fertilizantes, comercio de granos, entre otras.  Juntos somos dinamita”, afirmó.

Recordó que “hace 30 años la gente nos decía a los productores qué teníamos que hacer y cómo lo teníamos que hacer. No teníamos asiento en la mesa y estábamos en el menú. El objetivo desde entonces fue que tengamos un lugar en la mesa y no estemos en el menú. Hoy eso ha cambiado, tenemos voz e incidencia”.

Couser ha integrado varias instituciones de productores y también grupos vinculados  a las políticas sectoriales en Washington DC. “Nos gusta mostrar lo que hacemos, aquí han venido personas de 60 países” y personalidades destacadas como los más altos directivos de John Deere, Monsanto, Walmart, Sam´s, “donde se han planteado ideas para la generación de tecnologías para los diferentes procesos productivos”, comentó.

Los temas ambientales siempre han estado en el manejo productivo de Couser. Su establecimiento está integrado al sistema de drenaje, como ocurre en gran parte del cinturón maicero (ver edición anterior de VERDE). Para evitar que los residuos escurran, introdujo filtros con diferentes productos, con los cuales bajó un 75% las pérdidas de nutrientes que llegan a los cursos de agua. Eso se transformó en la base del programa Commodities Inteligentes, para el cual el USDA destinará US$ 11.000 millones.  

También cuenta con sistemas de infiltración de los residuos de los corrales de engorde.

Couser produce en unas 2.800 hectáreas. Siembra maíz, soja, especies forrajeras y también es productor de semillas de maíz. Cuenta con un corral de engorde para 5.200 vacunos de manera instantánea, de 6 metros cuadrados por animal. Utiliza las razas Angus y Simmental, porque “se busca peso”, explicó. Allí la dieta contiene maíz, DDGS, jarabe de maíz, expeller de soja y fardos de alfalfa.

Apuntan a programas de 200 días de encierro. Ingresan animales de 12 meses con 420 kilos y salen con 780 kilos, y se utilizan hormonas. La ganancia diaria hasta los 150 o 170 días llega a 2,2 kilos diarios, y en los últimos días es de menos de 1 kilo. 

El rendimiento industrial de sus ganados se ubica en torno de 66%, lo que resulta en unos 517 kilos de carne. La venta se realiza a un frigorífico en Nebraska, y en ese momento el precio del ganado gordo era US$ 5,30 por kilo. Para la reposición el empresario tiene acuerdos con ganaderos de Kansas y Missouri.

LA PRODUCCIÓN DE ETANOL

En Estados Unidos hay algo más de 200 plantas de etanol, que tienen un promedio de 318,75 millones de litros. El Farm Tour visitó en Nevada (Iowa) la compañía Lincolnway Energy, cuyo 50% es propiedad de una cooperativa de productores. Iowa es un estado donde la mezcla con biocombustibles es de 15%. 

Couser, directivo de la empresa, dijo que en la actualidad la industria del etanol no tiene subsidios, “sí depende de las mezclas que defina el gobierno”, explicó. A la vez, comentó que “hay ideas para incrementar su uso en aviación y en el área naval”. 

La planta recibe maíz que es procesado y  sale como combustible, alimento humano y animal. De un bushel de maíz (25,4 kilos) se producen tres galones de etanol (11,5 litros), 16 libras (7,2 kilos) de DDGS y una libra de aceite (0,45 kilos), que se utiliza para la producción de pavos, leche y huevos. También captura anhídrido carbónico (CO2) y se comercializa para potabilizadores de agua y empresas que precisan frío.

La industria comenzó a operar en 2006, con una capacidad de producción de 187,50 millones de litros, y en el momento de la visita estaba produciendo 91 millones de galones. El objetivo era producir 341,25 millones de litros por año.

La producción anual de DDGS se ubica en torno de las 250.000 toneladas, que se comercializan mayoritariamente en Texas y se transportan en ferrocarril. Se peletiza y sale con 32% de proteína, 12% de humedad, 10% de ceniza y 6% de grasa. El etanol se vende a una empresa que se especializa en la distribución del producto. 

En ambos casos los precios se manejan en función de la oferta y la demanda. En setiembre de 2022 el galón de etanol (3,75 litros) se vendía a US$ 2,40 y el DDGS a US$ 220 por tonelada (a levantar). Los precios del maíz se pagan en función del mercado de futuros de Chicago.

La planta recibe el maíz con un máximo de 17% de humedad, y si no hay otros inconvenientes se aplican los descuentos de precio correspondientes. En zafra la planta recibe entre 50 y 200 camiones por día, y cada camión carga 27.000 kilos. La industria está totalmente automatizada y es manejada por cuatro personas por turno. Cuenta con una capacidad de acopio de 35.000 toneladas de maíz.

Couser recordó que el origen de la compañía surgió cuando a seis líderes se les ocurrió procesar el maíz cerca del lugar de producción, “para que no se fuera sin agregar valor”. En 54 días, con aportes de la comunidad, se recolectaron US$ 50 millones y se creó la planta de etanol.  El objetivo pasaba por procesar todo el maíz del condado, y “hoy se está comprando en otros condados”, destacó.

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Agricultura: El secuestro de carbono y la salud del sistema

By Cristina Fumero,

El incremento de la productividad agrícola y la mitigación de los gases de efecto invernadero: dos claves de la sostenibilidad

La Asociación Uruguaya pro Siembra Directa (AUSID) realizó el Primer Encuentro Nacional de Agricultura Sostenible, entendiendo que el sector agrícola necesitaba un espacio de discusión sobre la sostenibilidad de los sistemas, donde se congreguen distintos actores del sector. “Este año decidimos poner foco en la captura de carbono, su vínculo con estrategias para aumentar la productividad y su relación con tecnologías de procesos que promueven una agricultura sostenible”, indicó la institución en su página web. Allí AUSID también señala que “en sus 30 años de historia ha contribuido a través de innumerables proyectos de investigación y difusión científica al desarrollo nacional de una agricultura sostenible”.

Santiago Álvarez, coordinador técnico de AUSID, dijo a VERDE que la temática del primer evento sobre agricultura sostenible surge por las “diversas demandas que provienen desde el propio sector agrícola, ya sea de técnicos o productores, cómo también desde la sociedad. Hay preguntas y planteos que persiguen el objetivo de lograr sistemas sostenibles”.

Álvarez explicó que “el carbono es un indicador que marca muy bien cuando las cosas se están haciendo bien o mal. Está asociado con la contaminación y el cambio climático, pero también es materia orgánica”. Describió que los sistemas que generan materia orgánica a través de buenos aportes de rastrojos y de buena calidad “son sostenibles y aquellos que no lo hacen empiezan a emitir carbono, y cuanto más se pierda, más se degradará el suelo”.

Los CONSUMIDORES Y UN SISTEMA SOSTENIBLE

Partiendo del concepto que establece que el carbono en el suelo es uno de los mecanismos para que la producción agropecuaria ayude a mitigar los efectos del cambio climático, el vicepresidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), Walter Baethgen, presentó las Oportunidades y Desafíos de los Sistemas Agrícolas del Uruguay en el Primer Encuentro de Agricultura Sostenible.

 “Más allá de las razones agronómicas y productivas vinculadas con la posibilidad de seguir produciendo de manera sostenible en el tiempo, para lo cual es clave mantener o aumentar el carbono en el suelo, el mundo va a en esa dirección. Cada vez es más probable que haya mercados y consumidores que no estén dispuestos a comprar un producto que viene de un sistema que destruye o no es sostenible”, destacó Baethgen.

En este sentido, indicó que “lograr que la cantidad de carbono que entra a un sistema productivo sea mayor al que se está emitiendo permitiría que el balance neto ayude a limpiar la atmósfera de gases de efecto invernadero. Por eso, es clave el secuestro de carbono y hacia allí debe apuntar la producción agropecuaria”. 

Señaló que existen “muchas maneras de lograr introducir carbono al suelo, tanto en la agricultura como en la ganadería”. Sin embargo, “desde hace relativamente poco tiempo se está hablando de la importancia que tiene devolverle al suelo los niveles de carbono originales”. 

En el caso de la agricultura, Baethgen explicó que “cada vez que se planta un cultivo, la mitad de la materia seca que se produce se cosecha en forma de grano”; es decir, “sale del sistema” y lo que quedan son los residuos. Por lo tanto, “lo primero que debemos hacer es asegurarnos que esa cantidad de rastrojo sea suficientemente voluminosa”, puntualizó. 

 No obstante, sostuvo que en muchos casos, “por más que los cultivos estén bien manejados, con buenos rastrojos y utilizando siembra directa, el balance de carbono tiende a ser negativo”; es decir, “se emite más carbono” del que ingresa. Por lo tanto, “debemos hacer algo para aumentar el ingreso de carbono”, dijo. 

Consideró que una de las maneras es utilizar cultivos de servicio o de cobertura, “que permiten mantener el suelo cubierto, disminuyendo el riesgo de erosión”. Pero además “generan biomasa que no se cosechará y que se va a incorporar al suelo”, agregó. 

 Baethgen sostuvo que la rotación de cultivos con pasturas, logrando sistemas “bien manejados”, con tres o cuatro años de cultivos y dos o tres años de pasturas, “tienen altas chances de que el carbono que entra sea superior al que sale” y, por lo tanto, “se limpia el dióxido de carbono”. 

HERRAMIENTAS PARA MEDIR LA SOSTENIBILIDAD

Baethgen entiende que un desafío importante para la investigación “es poder determinar cuál era el contenido de carbono original” de los suelos hace 300 años. Eso “es importante” desde el punto de vista práctico y, a la vez, permite marcar “una meta”. 

“Si pudiéramos estimar la cantidad de carbono que había en el suelo antes de producir ganadería o agricultura, sabríamos a qué niveles deberíamos volver y cuál es el potencial de secuestro que tenemos”, dijo. 

A la vez, comentó que “hay que considerar que en aquellos sistemas donde nunca hubo cultivos, hubo pérdidas importantes de carbono, así como en producciones ganaderas con altas cargas y sobrepastoreo”. También señaló que “durante muchos años, desde la época colonial, se hizo agricultura sin fertilización”, y que “en algunos casos fueron muchos años con pérdidas de carbono”. INIA está trabajando en identificar ese número, “para saber qué niveles había y apuntar a la recuperación”, informó. 

A su vez, sostuvo que medir la cantidad de carbono que hay en el suelo de un año a otro “es muy difícil”, porque “es poco lo que cambia y es complejo detectarlo” en un análisis de suelo. Por eso cobran una relevancia los trabajos de investigación de largo plazo. En INIA La Estanzuela se dispone de un trabajo con rotaciones que lleva más de 60 años. “Eso es de un valor enorme; es el experimento más antiguo de América Latina”, resaltó.

“Si tenemos 60 años de trabajos, en donde todos los años se hicieron muestras de suelos, con siete sistemas diferentes, algunos que contemplan agricultura continua, otros que incluyen la  rotación con pasturas, todo adquiere un valor patrimonial que es muy difícil de describir”, consideró.

A la vez, se suma que INIA está buscando desarrollar métodos que permitan combinar muestreos de suelo, pero con otras alternativas como modelos de simulación o información basada en imágenes satelitales que a su vez incorporen datos sobre el carbono que ingresa al suelo. “El objetivo es que un productor, a nivel de potrero, tenga herramientas para saber de qué nivel partió, en qué situación está y qué puede hacer para recuperar la cantidad de carbono en el suelo, mediante buenos sistemas de producción de cultivos o un buen manejo de pasturas”, explicó.

Baethgen recalcó que “si la herramienta que se alcance para la medición de carbono, representa bien la realidad, genera confianza y cuenta con una validez de 60 años”, será una llave para diferenciar los sistemas de producción, “para demostrar que son sostenibles”. Eso significa un gran estímulo “para acceder a los nichos de mercados que cada vez son más grandes”, afirmó.

El vicepresidente del INIA consideró que tanto el productor ganadero como el agrícola cuentan con “herramientas científicas robustas” para medir esos cambios, y que “disponen de más argumentos para asegurar que su sistema está ayudando a mitigar el cambio climático”, y con eso “pueden buscar sellos o certificaciones que avalen que su sistema de producción es sostenible”. 

EL CARBONO Y LOS SUELOS SALUDABLES

Sebastián Mazzilli, investigador de Facultad de Agronomía y director del Sistema Agrícola-Ganadero de INIA ha venido trabajando desde hace varios años en la dinámica del carbono en los sistemas agrícolas, “solo con cultivos anuales, que es bien distinto a cuando tenemos pasturas”, explicó. 

Agregó que, con el tiempo, “hemos ido generando coeficientes técnicos, pero lo que determina el balance carbono es la productividad de cada cultivo y luego la secuencia”. Entonces “hoy importan cuántos cultivos por año se realizan, cuánto producen, y eso incluye la productividad de los cultivos de cobertura”, dijo a VERDE en el marco del Encuentro de Agricultura Sostenible de AUSID.

Luego puntualizó que es importante “dónde se coloca ese carbono producido”, porque no es lo mismo “producir parte aérea que producir raíces”. Por eso cobra importancia “la elección del cultivo o la cobertura, porque tienen diferentes particiones entre la parte aérea y la raíz. Cuantas más raíces produzco, más eficiente soy manteniendo carbono”, acotó. 

Mazzilli sostuvo que la medición de los cambios es muy lenta. “Un suelo arcilloso de la mejor zona agrícola del Uruguay puede tener entre 20 o 30 centímetros y de 60 a 70 toneladas de carbono por hectárea. Pero en la medida que se va perdiendo carbono, se va reduciendo la funcionalidad del sistema, porque se mineraliza menos nitrógeno, se compacta más, se dificulta el movimiento del agua en el perfil”, describió.

Por eso sugirió la utilización de modelos simples. “Hay que conocer la proporción de residuos que se humifican, la proporción de los residuos que entra al suelo como carbono y, por otro lado, qué proporción del carbono que está en el suelo se mineraliza cada año”, indicó. En función de eso se pueden analizar los cambios para mejorar el balance de carbono. “Se han generado varios coeficientes, que hoy están disponibles y que pueden utilizar los técnicos”, acotó.

Sobre la intensidad de cultivos dijo que “es condición necesaria, pero no suficiente”. Porque en la media que se tiene una intensidad mayor a 1,6 cultivos por año –incluido los cultivos de cobertura–, “lo relevante es la productividad”, puntualizó. Por otro lado, dijo que “es muy difícil lograr una alta producción anual de residuos con una intensidad inferior a 1,6 cultivos por año”.

Explicó que el secuestro de carbono “tiene muchas patas”, como por ejemplo la ambiental y la productiva. Los sistemas que están “más cerca de la saturación” de carbono, son más saludables y la salud del suelo “es mejor”, señaló. Esos suelos “producirán más, manejarán mejor el exceso y la falta de agua y aportarán más nutrientes. El sistema se mueve más rápido. La tasa de recambio en materia orgánica será más alta y aportará más nutrientes”.

En cambio, “si ese suelo pierde materia orgánica, además de emitir más carbono a la atmósfera y generar un impacto ambiental desde ese punto de vista, aportará menos nutrientes a los cultivos, se secará y anegará más rápido, por cuál perder materia orgánica genera más costos”, manifestó Mazzilli.

EL LABOREO Y LA ALARMA ENCENDIDA

Desde el punto de vista ambiental la agricultura uruguaya “ha mejorado, la siembra directa está incorporada”, valoró. Aunque “veo una luz roja con la cantidad de laboreo que se está haciendo”, advirtió el investigador de Facultad de Agronomía y de INIA. Cuando se utiliza cualquiera de los modelos disponibles con sus coeficientes y se coloca la salida de carbono que genera un solo laboreo, “la estimación asusta”, alertó.

Dijo que “el razonamiento reinante parece ser que para sembrar colza hay que laborear, porque con el rastrojo no puedo lograr el cultivo, pero eso no es así. Hay alternativas para enfrentar y sobrellevar esa situación sin tener que laborear”.

Sostuvo que el laboreo “es un problema”, y advirtió que además se hace “sin tener las consideraciones que se tenían en el pasado”. Afirmó que los ingenieros agrónomos con menos de 40 años no incorporaron en Facultad de Agronomía los conceptos técnicos para mover el suelo. Por eso, hoy “no estamos preparados para laborear, ni estamos considerando los impactos en la descomposición de materia orgánica, y perdemos una cantidad de cosas que habíamos ganado. Venimos de años Niña, cuando ha llovido poco, y no se han generado los problemas de erosión que pueden ocurrir en un año lluvioso”. 

“Estamos en una situación coyuntural donde precisamos agua, ojalá llueva, aunque haya algunos problemas. Pero sacando eso, no quiero pensar que puede suceder si seguimos laboreando y tenemos años con muchas lluvias”, comentó. 

LOS SISTEMAS Y SU RECUPERACIÓN

Mazzilli dijo que la coyuntura de precios “ha sido buena”, que hubo una alta proporción de cultivos de invierno y “la intensidad de los sistemas es alta”, aunque en algunos casos, “falta acompañarla con productividad”.

Dijo que en los suelos que ya están degradados “es difícil tener alta productividad. Allí hay que ver cuál es el problema”, y en función de ello definir “si tengo que encalar, fertilizar con algún micronutriente” o tomar otra medida. Pero se debe buscar la forma para que esos sistemas “sumen productividad”, insistió. 

Agregó que lo “más fácil” es incorporar pasturas, pero “si quiero mantener el sistema agrícola se deben incorporar alternativas y más cultivos, sobre todo en verano. Indicó que es similar “a lo que pasó con la colza en invierno o con los cultivos de cobertura. Estamos con un sistema mucho más sostenible y empezando a transitar un camino interesante”. 

AUSID investiga cultivos de servicio

La Asociación Uruguaya pro Siembra Directa (AUSID) está impulsando un Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria, sobre cultivos de cobertura. Santiago Álvarez, coordinador técnico de la institución, dijo a VERDE que “se están generando ensayos en distintas zonas del litoral agrícola para evaluar las especies, mezclas de especies donde se buscan medir impactos a nivel de suelo, malezas y rendimiento de los cultivos”.

Agregó que el área de cultivo de servicio, según datos del MGAP, tiene un tope de 600.000 hectáreas y un piso de 250.000 hectáreas. Eso marca que un cultivo de servicio siempre ingresa en la rotación” y que “es mucha área para hacer siempre lo mismo”, comentó. Por eso, dijo que “la demanda del sistema es clave para la elección de la especie”.

Cuando “se busca materia orgánica de calidad, ingresa una gramínea, pero también puede ir con una mezcla que mejore la relación carbono – nitrógeno; o sea, mejorar la calidad del aporte de la materia seca”, ejemplificó. 

Álvarez indicó que hoy en día “ese es el principal problema que debe atacarse, suponiendo que los problemas de erosión con rotaciones muy intensas ya pueden estar cubiertos”. 

Explicó que la mezcla de especies puede servir para cumplir con varios objetivos. No genera más producción que la especie más pura, pero “aporta estabilidad”, señaló.

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El nitrógeno líquido tiene una tasa de sustitución de 26% en Uruguay

By Cristina Fumero,

Es el nutriente más utilizado en fertilización líquida, pero se suman más fuentes y tecnologías para mejorar eficiencias, disminuir pérdidas y trasciende a la agricultura

Uruguay y Argentina son los líderes de la región en la utilización de fertilizantes líquidos. “No llegamos a los niveles existentes en otras regiones, pero estamos cercano al 30% de sustitución por fuentes nitrogenadas líquidas, lo que nos posiciona a la vanguardia en la región”, dijo a VERDE el ingeniero agrónomo Leonardo Cabrera, responsable del área Fertilizantes de Grupo Disa.

Cabrera indicó que la Asociación Internacional de la Industria de los Fertilizantes (IFA, por sus en inglés), marca que Estados Unidos tiene 50% de sustitución de fuentes líquidas por sólidas, España llega al 60% y Francia está por encima del 70%. “Eso pasa básicamente porque los organismos oficiales promueven el uso de esta tecnología, que aporta mayor eficiencia en el uso de nutrientes y tiene menores escapes al ambiente”, comentó. 

En el caso de Uruguay “eso hoy no ocurre”, dijo. Pero de todas maneras “va ganando espacios por las ventajas que aporta en los diferentes planteos productivos”, valoró. 

En esa línea, Cabrera consideró que la demanda de fertilizantes líquidos seguirá creciendo, porque “no solo se usa a nivel de cultivos agrícolas, sino también de las pasturas”. Señaló que los datos sobre raigrás y avena “muestran que la fertilización líquida tiene mucho para ganar y para aportar al productor”, y por eso “el fertilizante líquido, como ha pasado en el mundo, vino para quedarse”.

Disa opera en Nueva Palmira, departamento de Colonia, una terminal de fertilizantes líquidos que le permite recibir buques con materias primas provenientes principalmente de Rusia y Estados Unidos. La planta cuenta con una capacidad de 14.500 toneladas, “en la que se elaboran diferentes formulaciones de acuerdo a los nutrientes requeridos por cada cultivo en sus diferentes etapas”. 

El portafolio de Disa está compuesto por fuentes nitrogenadas, fosfatadas y potásicas, “lo que nos brinda la posibilidad de llegar a los productores con todos los macronutrientes, para todos los cultivos y pasturas”, señaló. A su vez, el productor va incrementando el uso, porque ya hizo la inversión en tanques y logística para nitrógeno, “y ahora suma fuentes y también diversifica rubros, porque ya no se utilizan solo para cultivos agrícolas, sino que también se incorporan a las pasturas”, indicó.

Disa firmó un acuerdo con la compañía Koch, una de las más grandes de Estados Unidos, para incorporar en el portafolio de productos  la tecnología que brinda protección ante el lavado y la desnitrificación del nitrógeno. 

“Hoy nos posibilita contar con un protector que es un aditivo que tiene una mólecula denominada Pronitridine, que protege al nitrógeno de pérdidas por lavado y desnitrificación. Al mercado llega como Fertec Blue y sus respectivas mezclas. Eso nos posiciona un escalón más arriba en el rendimiento de las fuentes tradicionales, y realmente es una excelente alternativa para los técnicos y para los productores”, acotó.

Para Cabrera “mejorar eficiencia de uso en los cultivos trae aparejado que existan menos pérdidas al ambiente. Con esta tecnología van de la mano lo productivo y lo ambiental”. Dijo que las fuentes “tienen que acompañar” los requerimientos de los cultivos. Y que “no podemos seguir con la tecnología de hace 50 años, donde aplicábamos sólo un nutriente. Los cultivos tienen otro potencial genético. Por ejemplo, al nitrógeno (N) tenemos las posibilidades de acompañarlo con azufre (S) o con una mezcla de NPKS al momento de la siembra”, detalló. 

En la planta de Nueva de Palmira Disa viene elaborando la fórmula nitrogenada que es la histórica Fertec 28N5S, que acompaña los requerimientos de trigo, maíz y cebada, “porque absorben con una relación de hasta 6 a 1, pero se han desarrollado mezclas con más S para colza. Lo mismo dentro de las fuentes potásicas y fosfatadas. Podemos producir en función de los requerimientos que nos hagan los productores y técnicos”, acotó Cabrera. 

Actualmente se está registrando una expansión del área de maíz y de colza hacia otras zonas del país. En este sentido, el responsable del área Fertilizantes de Disa, indicó que la compañía “cuenta con la capacidad logística para afrontarlo”. 

Además de la planta de Nueva Palmira, Disa tiene un centro de acopio de fertilizantes en Fray Bentos (Río Negro), que tiene capacidad para 3.800 toneladas. “En el norte estamos ampliando la capacidad de acopio. Hemos crecido mucho y hay soporte para que el productor pueda adoptar la fertilización líquida. Todo eso ha descomprimido la logística del fertilizante”, concluyó Cabrera.

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La importancia de la impronta regional en las instalaciones ganaderas

By Cristina Fumero,

Con su fábrica en Argentina, Farmquip apuesta a productos que puedan satisfacer las exigencias de los esquemas de producción del Mercosur; la proximidad también permite contar con repuestos y equipos sin interrupciones logísticas

Farmquip es una empresa de origen australiano, que ofrece a los productores diferentes instalaciones ganaderas, sobre la base de la seguridad y la eficiencia, pero estas también deben cumplir con una excelente relación costo-beneficio. Actualmente tiene fábricas en Nueva Zelanda, Canadá, Australia y Argentina –desde donde abastece a la región–. “Su presencia en distintos países le permite liderar la industria con soluciones innovadoras y prácticas para el manejo del ganado”, destacó a VERDE Juan Martín Puente, director de Farmquip Uruguay.  

Luego de la irrupción del Covid se generaron múltiples alteraciones en las diferentes cadenas de suministro, y eso provocó que se viera afectada la disponibilidad de muchos productos en tiempo y forma. Sin embargo, al tener una fábrica en Argentina “no hubo problemas de abastecimiento durante la pandemia. Siempre llegaron equipos y repuestos, porque no hay que demandarlos desde el otro lado del mundo. Esto le permite al productor tener una mejor planificación y servicio, además de la entrega inmediata”, indicó Puente.

Además, destacó que la presencia de Farmquip en Argentina permite que los productos “estén pensados de acuerdo a las características de la región”. En ese sentido, planteó que “un esquema de producción en Uruguay no es el mismo que tiene Australia. Al instalar sus industrias en cada región Farmquip busca que en sus productos esté la impronta local o regional, y que sean aptos para trabajar con las razas y esquemas de producción locales”. 

La propuesta de productos de Farmquip “es muy amplia, va desde una portera hasta mangas para un establecimiento que opere con una gran cantidad de vacunos”, señaló. Para eso dijo que es “fundamental conocer las necesidades del productor y llegar con diferentes opciones”. 

De esa forma “se pueden plantear distintos proyectos, que incluso se puede concretar en etapas. A partir de allí se cotiza y se buscan los mejores beneficios para que accedan a los equipamientos de Farmquip”, señaló Puente. 

La empresa cuenta con una amplia gama de productos, desde porteras, mataburros, bretes, entre otros. También está la línea destinada a ovinos y equinos, pero “obviamente están los caballitos de batalla de la marca, que son los bretes y los cepos integrados con balanza, que sistematizan la producción y la intensifican, porque permiten medir y levantar datos. Estas herramientas han sido muy demandadas por la ganadería intensiva”, indicó.

El director de Farmquip señaló que los diversos sistemas de producción que tiene la ganadería “se han venido tecnificando”. A ese proceso lo han liderado los corrales de engorde, “debido a su intensidad y tamaño de operación”. Pero la tecnificación también “es importante para un productor chico, que trabaja solo y tiene que tener la facilidad para trabajar y hacer rendir su actividad”. 

En esa línea, Puente recordó que el origen de Farmquip estuvo marcado por la búsqueda de la eficiencia en el trabajo del productor. “Los creadores de la marca fueron productores que buscaron generar tecnologías eficientes, considerando que no todas las empresas ganaderas tienen un gran número de colaboradores trabajado”, señaló.

En ese proceso de incorporación de tecnología e intensificación se crearon sistemas integrados, que “hoy permiten hacer la lectura y ver la ganancia de peso diaria de cada animal. Todo eso ayuda a los productores a tomar decisiones. Son inversiones apuntan a producir más”, destacó.

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