La situación actual del negocio del corral “no es buena”, porque “el precio del alimento (para el ganado) es alto” y la demanda de carne de feedlot en el mercado internacional, especialmente en Europa, sigue sin reactivarse, comentó el director ejecutivo de la Asociación Uruguaya de Productores de Carne Intensiva (Aupcin), Alvaro Ferrés, el miércoles 18 en el programa Punto de Equilibrio en Carve y revistaverde.uy.
Advirtió que “la oferta de ganado gordo se verá amainada” por esa decisión de los productores. Si bien reconoció que “este año es difícil estimar la cantidad de vacunos a encerrar”, Ferrés calculó que será de “entre un 20% y 30% inferior al año anterior, cuando se llegó a cerca de 400.000 cabezas”.
“La cuota 481 sigue siendo el principal negocio pero con una flecha para abajo”, destacó ese empresario. Y recordó que se reducirá la oportunidad para Uruguay de acceder a parte del cupo, ya que Estados Unidos irá incrementando su participación en los próximos años. Eso ocurrirá a partir de una determinación de la Unión Europea, a modo de compensación a la ganadería norteamericana, tras un reclamo del gobierno estadounidense.
“El precio del ganado gordo empezará a subir en los primeros meses de 2021 porque va a escasear y se recuperará la demanda europea”, vaticinó el directivo de Aupcin.
Dijo que en las categorías de ganado de reposición bajaron a valores que permitirían compensar el aumento en el costo del grano para alimentar a los vacunos.
Brasil puede ser una alternativa de negocios para la carne de feedlot, considerando el incremento en el precio en nichos como San Pablo, señaló.
Aunque resultaron escasas, las lluvias registradas el martes 17 y el miércoles 18 en ciertos puntos del sur y litoral oeste fueron bienvenidas para los productores de granos, atendiendo al escenario de déficit hídrico en regiones específicas del campo.
En zonas de los departamentos de Colonia y Soriano actualmente se realizan las tareas de cosecha de colza, ya finalizadas, y de cebada, en pleno proceso, señaló el asesor agrícola, Nestor Leguisamo, el miércoles 18 en el programa Punto de Equilibrio en Carve y revistaverde.uy.
Comentó que el rendimiento de las chacras de colza para la zona sur fue de 1.800 a 1.900 kilos en promedio, con una amplia variedad de resultados que dependen del grado de incidencia de las heladas en el cultivo.
En el caso de la cebada “hay algún problema de calidad” pero ese cereal tiene “buen precio”, incluso para destino forrajero, dijo.
Ante la falta de humedad en los suelos, Leguisamo explicó que la estrategia de los agricultores fue sembrar algo más en octubre, “hoy tenemos un 50% de avance en soja y la siembra está parada. Queda la mitad del área prevista por sembrar en las próximas semanas, es mucha área para la fecha en la que estamos”.
“Lo importante es que todavía hay tiempo” para continuar sembrando, por lo que los productores analizan en algunos casos la posibilidad de sembrar en seco en este momento y en otros, esperar algunas lluvias que se podrían registrar la semana próxima, dijo.
Si bien hasta el momento el impacto negativo del coronavirus no había golpeado con fuerza al complejo ganadero, actualmente “se alinearon los astros” y tanto “por lo que ocurre en los mercados externo e interno, y por el clima” ese sector está pasando un “momento complicado”.
Así lo señaló el vicepresidente de la Asociación de Consignatarios de Ganado (ACG), Diego Arrospide, el martes 17 en el programa Punto de Equilibrio en Carve y revistaverde.uy.
Uno de las preocupaciones para el ganadero es que van ocho semanas de bajas consecutivas en los precios de los vacunos en el mercado de haciendas.
En la pizarra de la ACG esta semana el precio del novillo gordo quedó en US$ 2,93 el kilo, un valor promedio por debajo de los US$ 3 por kilo, algo que no se registraba desde fines de 2017, comentó.
Al tiempo que valoró el incremento de la faena semanal que alcanzó unas 52.000 reses al 14 de noviembre, lo que significó unas 7.800 cabezas más que la semana anterior.
Consideró que esa “es una buena señal, justificada principalmente por la faena de ganado proviene de corral para la cuota 481” para la exportación de carne a Europa.
Más allá de ese negocio en particular, el mercado europeo registra una caída en la demanda por el impacto del covid-19 en cuanto a las restricciones para los consumidores, debido a las medidas sanitarias para intentar contener la pandemia, señaló.
Dijo que “el productor está condicionado por la falta de lluvias, lo que genera una mayor presión en la oferta de vacunos y hoy prioriza la venta frente a los precios”.
Esa situación también incidió en los valores de las categorías de reposición, que se empezó a percibir en los recientes remates por pantalla, indicó.
Arrospide se refirió además a que con un precio del ternero por debajo de los US$ 2 por kilo retornó el interés de los exportadores de ganado en pie.
“Sólo Pasto”, ese es el título de la jornada que tiene el objetivo de analizar las claves para un negocio ganadero rentable y sostenible en el largo plazo, que organiza el lunes 23 a las 18 horas la empresa Procampo Uruguay y que se transmitirá en vivo por revistaverde.uy.
El director de esa firma, Felipe González, destacó que el nuevo formato por vía virtual de las conferencias, debido al distanciamiento para evitar el contagio de Covid-19, tiene la ventaja de poder mostar en simultáneo tres casos distintos de campos productivos. Uno en Mariscala (Lavalleja), otro en Sierra Mahoma y el tercero en Mal Abrigo, ambos en San José, detalló el martes 17 en el Programa Punto de Equilibrio en Carve y revistaverde.uy.
Y comentó que Procampo cuenta con semillas para la producción ganadera que se adaptan a las diferentes situaciones y tipos de suelos, permitiendo contar con pasturas a lo largo del tiempo.
En dicho evento expondrá sobre el negocio ganadero el Coordinador General de Fucrea, Martín Aguirrezabala, quien ahondará en las claves para la sostenibilidad de la producción en base a pasturas y los casos particulares de productores Crea.
Su padre, su tío y su padrino cultivaban el cereal, se formó como agrónomo, realizó la tesis en INIA Treinta y Tres, y trabajó para empresas privadas hasta concretar su anhelo
Persiguiendo el sueño del cultivo propio, Santiago Ferrés se mantiene fiel al arroz, pese a dificultades. El productor lleva la tradición arrocera en la sangre y construyó una historia personal basada en las raíces familiares y el fuerte vínculo con el campo y la producción del cereal.
“Desde que nací tengo relación con el cultivo de arroz, porque mi padre (Santiago), mi tío (Felipe) y mi padrino (Marcos) eran plantadores en la zona del Este, hasta que luego se instalaron en Lascano”, dijo a VERDE mientras repasaba su trayectoria en esa actividad de la agropecuaria.
Contó que cuando tenía 9 años su padre enfermó de cáncer y con su familia se mudaron a Montevideo. “Si bien siempre tuve contacto con la producción arrocera en el campo familiar, al fallecer mi padre, que era con quien recorría las chacras, y por la edad que tenía, el contacto con el arroz ya no fue tan frecuente como lo era antes”.
Luego, llegó el tiempo de la formación universitaria. Ingresó a la Facultad de Agronomía e hizo la tesis en la estación experimental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), en el departamento de Treinta y Tres. Mientras tanto, Ferrés mantenía el nexo con la producción de arroz a través del vínculo familiar.
Recordó que la idea era hacer la tesis en riego de pasturas, pero el campo en el que realizaban las prácticas de ese estudio complementario “se inundó” y fue así que junto a sus compañeros decidieron cambiar el objetivo del trabajo universitario por uno dirigido a la fertilización sobre mejoramientos de campo en INIA Treinta y Tres.
En marzo de 2003 se recibió de ingeniero agrónomo, y en ese momento no había opciones laborales, porque la economía uruguaya quedó resentida por la crisis financiera de 2002. “Lo único que surgió fue la posibilidad de hacer una pasantía en INIA Treinta y Tres”, dijo, la alternativa que finalmente tomó.
Al término de ese período, Santiago tuvo una oportunidad laboral en Argentina, y no dudó en aceptar el desafío. Fue específicamente en la localidad entrerriana de San Salvador, conocida como “la capital nacional del arroz”. En el campo argentino donde trabajó en el asesoramiento de una empresa especializada en el cultivo y en agricultura de secano, realizando la planificación, seguimiento y ejecución de diversas labores.
Después de esa experiencia en Argentina, Ferrés retornó a Uruguay a trabajar durante dos zafras en una empresa arrocera, bajo la supervisión de Guillermo O’Brien, en el departamento de Artigas.
Posteriormente se casó y se mudó a Tacuarembó, a trabajar con José Frontini, plantando arroz y además haciendo ganadería. A eso le siguió una nueva y desafiante experiencia arrocera, trabajando con Joaquín Otegui.
Nuevos rumbos en el camino
Tras ese paso, decidió empezar a trabajar en la empresa Union Agriculture Group (UAG), para encargarse de la gerencia de producción de los diferentes rubros agropecuarios en los campos de Tacuarembó, función que desempeñó durante cinco años, desde 2011 hasta 2016.
Cuando esa firma resolvió dejar de producir en esas tierras, Ferrés y un amigo le plantearon a UAG la posibilidad de arrendarle los predios para continuar con la actividad arrocera. Fue así que, con el apoyo de dicha compañía –que le financia la maquinaria agrícola– y de la industria arrocera Saman –que le provee el financiamiento del cultivo–, logró avanzar en el emprendimiento particular.
Dijo que esto le permitió que se le concretara “un sueño y un anhelo de siempre”, de poder “plantar arroz para desarrollar un proyecto propio”.
“Tuvimos la posibilidad de entrar a producir, porque en ese momento el negocio del arroz estaba complicadísimo”, comentó Ferrés al recordar que la primera zafra arrancó en setiembre del año agrícola 2016/17. Consideró que “si el negocio arrocero estaba en un momento espectacular habría mucha gente interesada en entrar y no habríamos tenido la oportunidad”.
Además, señaló que “era en un sistema que conocía muy bien, con buen potencial productivo y tenía la posibilidad de mantenerle el trabajo a varias personas que hacia cinco años estaban conmigo”. Esos detalles y el poder ser productor de arroz fueron los argumentos que primaron al justificar la decisión, señaló.
El emprendimiento comprendía una sociedad, denominada Arrocera Excélsior, que empezó con su excompañero de facultad, Pedro Queheille, del que luego se separó. Santiago continúa la labor con un primo; y hay otras seis personas trabajando en la empresa.
Esa sociedad tiene el objetivo de plantar entre 600 y 650 hectáreas de arroz al año, pero en 2020 la disponibilidad de agua actual (principios de octubre) solamente le permite hacerlo en un área de 350 hectáreas. Recordó que hubo una zafra en la que llegó a sembrar 750 hectáreas de arroz.
La empresa fijó como fecha límite para el cierre de la siembra el 15 de noviembre, “siempre dependiendo la cantidad de agua acumulada para asegurar la producción”, sostuvo.
Sobre la evolución de actividad y la búsqueda de rentabilidad, Ferrés reconoció que siempre trabajaron bien, pero “con lo justo” y “hubo años en los que ni siquiera alcanzó para cubrir los costos directos”.
Eso llevó a realizar replanteos financieros y otras tareas complementarias para mantener un flujo de capital que permita seguir plantando arroz. Entre las alternativas se recurrió a utilizar la maquinaria para hacer trabajos en el establecimiento y en predios de terceros. A pesar de esos problemas, productivamente “se anduvo bastante bien, el rendimiento promedio de las últimas cuatro zafras fue de 9.000 kilos por hectárea”, indicó.
El dilema de los costos
Al analizar la situación del negocio arrocero, Ferrés señaló que el rubro “hace seis años viene con problemas de rentabilidad”, y que el año 2020 “pintaba igual”, pero “el impacto de la pandemia del Covid-19 cambió el panorama” para el sector en el aspecto comercial.
Es que, a diferencia de lo que fue el perjuicio en la caída de la actividad turística, parte del comercio y los servicios, la demanda de alimentos mantuvo sus negocios, y en el caso del arroz incluso mejoró. Considerando que al ser el arroz un producto de consumo básico, la situación de emergencia sanitaria por el coronavirus aumentó la demanda y, paralelamente, varios de los países que figuran entre los principales productores de arroz, ubicados en Asia, resolvieron limitar su exportación para asegurar el abastecimiento interno.
Ese y otros factores, provocaron una oportunidad comercial para el cereal uruguayo en ciertos nichos de mercado, principalmente en Costa Rica, Reino Unido, Turquía y Bélgica. Perú y Brasil son los principales destinos del arroz en 2020, con un incremento de 30% y 85%, respectivamente, en el monto de las exportaciones de enero a setiembre respecto a igual período del año pasado, según datos del instituto Uruguay XXI.
Se sumó el repunte del precio del dólar en el mercado local durante cierta parte del año, “lo que ayudó a mejorar la ecuación del cultivo, bajando el costo de algunos rubros”, analizó.
Valoró que para “esta zafra el productor arranca con un dólar a $ 41 o $ 42, lo que debería reflejarse favorablemente en los números” del cultivo. Sobre los costos de producción por hectárea, sostuvo que en la zafra 2019/20 se ubicó entre los US$ 1.650 y US$ 1.700, en tanto para la zafra 2020/21 estimó que podrían ubicarse en US$ 1.600 por hectárea.
Reducir la brecha
“El manejo agronómico, a grandes rasgos, es conocido” por el productor de arroz, “pero siempre hay cosas para mejorar”, puntualizó.
Destacó el objetivo de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA), de generar junto a otras instituciones un proyecto de transferencia de tecnología, enfocado en reducir la brecha de rendimiento entre productores, mediante el incremento de la productividad de ciertos arroceros y en ciertas zonas.
La brecha de productividad arrocera está en unos 3.000 kilos por hectárea, considerando el techo alcanzado en algunas chacras y el mínimo en otras. “Hay zonas que están en torno de los 7.000 kilos por hectárea y otras superan los 10.000 kilos por hectárea”, señaló.
Ferrés planteó que entre los factores que inciden en esa situación se encuentra la falta de renovación y mantenimiento de la maquinaria agrícola, debido a las dificultades económicas del cultivo arrocero.
“El productor hizo lo justo y necesario para continuar, porque tuvo serias limitaciones financieras para invertir” en los últimos años, afirmó durante su análisis.
También sostuvo que “es muy importante el acceso a la financiación y el reperfilamiento de deudas, que le permitan al productor trabajar con un poco más de aire, tema por el cual la ACA ha realizado diversas gestiones”.
Más allá de la polifuncionalidad que hay que tener como empresario para liderar este tipo de emprendimientos, Santiago Ferrés valoró “la importancia del equipo humano que lo acompaña”, que “se dedica a llevar adelante los objetivos trazados cada año”. Además, subrayó que “nada de esto sería posible sin el apoyo y cable a tierra que son mi esposa y mis dos hijos”.
Tras un período de aprendizajes y experiencias, cuando nunca faltaron las dificultades, las perspectivas parecen ser más alentadoras para este emprendedor que nació, se crío y se formó entre chacras arroceras, y se siente aferrado a seguir en la actividad que es su opción de vida.
El responsable del Programa de Engorde a Corral de Swift Argentina, Miguel de Achaval, repasó las debilidades de la ganadería y las oportunidades de ganar en posicionamiento
La producción de carne vacuna “está en un momento de cambios, que se deben dar rápido, para no seguir perdiendo la carrera con las carnes porcina y aviar”, dijo el ingeniero en producción agropecuaria Miguel de Achaval, responsable del Programa de Engorde a Corral de Swift Argentina.
De Achaval es un referente del sector, con una vasta trayectoria en el mercado cárnico global, y participó de la sexta edición de ADP Zone, jornada anual de la empresa Agronegocios Del Plata (ADP).
En esa oportunidad destacó la importancia para la industria de comprender al consumidor para bajar mensajes claros al resto de la cadena, “para reducir la incertidumbre y el riesgo por la falta de uniformización de producto”.
Indicó que la genética, el ambiente y el alimento son los ingredientes necesarios para diferenciar a la carne, pero se preguntó: ¿somos productores de carne de calidad o de animales bovinos que tienen carne?
A propósito, explicó que en Argentina “se sigue comprando mucha hacienda en pie y eso obliga a jugar siempre a la defensiva, porque la industria no busca un animal sino carne. Cuando no se sabe qué tiene ese animal, se juega a la defensiva y se paga lo menos posible”.
Dijo que las producciones de carne porcina y aviar se integran, “vemos que el consumo aumenta, y ese concepto es muy interesante. El gran desafío para la producción de carne bovina de Sudamérica es la integración”.
Una cadena tirante funciona mejor
También se refirió al concepto de cadena y a la relación ganar–ganar. “Para mí la cadena debe ser tirante, cuanto más tensa mejor, porque con eso se logra competitividad y eficiencia. Siempre habrá tensión, porque los objetivos son diferentes, y la estabilidad la brindan los dos extremos de la cadena, tirando cada uno para su lado”, analizó.
Sostuvo que prefiere “un animal con más marmoreo o que gane más peso, pero eso tiene un factor económico; tira del eslabón anterior, para que produzca con ese objetivo. No debemos tenerle miedo a la tirantés de la cadena, porque cada eslabón tiene que ganar dinero”.
En el negocio ganadero “la materia prima se compra por volumen, y luego se clasifica por calidad. Se compra un corral entero de novillos y cuando llegan a la industria se comienza a clasificar. En un sistema biológico habrá diferencias, porque no serán todos iguales. Por eso, debemos prohibir a nivel veterinario, de ingenieros agrónomos o administradores la palabra promedio, porque es muy estándar y nadie quiere ser promedio”.
Subrayó que “la competencia genera el deseo de mejorar, pero también la posibilidad de perder. El desafío de cambiar genera eso. ¿Estamos dispuestos a crecer, o a desaparecer? Hay que tener agallas para encarar los cambios”.
Señaló que la integración en Estados Unidos comenzó con los acuerdos entre los corrales y la industria, y se pagaba por calidad.
Por otra parte, consideró que “hay que terminar con el romance de las razas para pasar a producir lo que tiene demanda”. A propósito, admitió que “en el mundo solo la raza Angus ha realizado un marketing estupendo. No importan las causas, pero todo lo que es negro y Angus es demandado, hasta en China, donde piden carne Angus producida a grano. Es el producto más aceptado por el consumidor y el cliente. En el mundo se dice Angus y hay un sobre precio”.
Agregó que se debe buscar la máxima expresión genética de ese animal, “porque es lo que nos otorgará un diferencial de precio. Para eso tenemos que apuntar a mejorar el proceso productivo a lo largo del ciclo, ganancia de peso, conversión y demás. Así la industria puede procesar y vender mejor”.
Proteína animal
Indicó que cada año se faenan 296 millones de bovinos en el mundo, 1.300 millones de cerdos, 58.100 millones de pollos, 2.800 millones de gansos y 430 millones de cabras. “Todo eso es proteína animal, y como productor de carne bovina tengo que hacer algo para que el consumidor elija la mía. Debemos ver quiénes adquieren mi producto y quiénes adquieren otra proteína animal. Hoy la gente joven habla de proteína animal y no de carne bovina, pollo o cerdo”, señaló.
El problema de la uniformidad
Comentó que la carne aviar y la porcina están mostrando un crecimiento importante en los diferentes mercados, superior al de la carne vacuna, y eso se debe al costo y la uniformidad de estos productos.
Según De Achaval, el principal problema de la carne vacuna pasa por construir uniformidad de producto. “Hoy la tecnología nos está permitiendo determinar calidad de carne y de una forma muy rápida”, remarcó.
Agregó que la producción de pollos y cerdos “tiene pocas líneas genéticas, pero el proceso es muy uniforme, lo que facilita la integración”. En el sector bovino, sin embargo, “tenemos varias razas y se produce a cielo abierto, lo que genera muchas variables a manejar”.
Agregó que la misma genética vacuna tiene un comportamiento diferente, de acuerdo a las situaciones climáticas o de alimentación, y mencionó que se viene trabajando desde hace mucho tiempo para solucionar este problema.
“Los muslos, pechugas de pollo o bondiolas (de cerdo) no tienen diferencias; son productos uniformes. Sin embargo, la carne vacuna parte de la misma genética y existen diferencias. No es lo mismo que los animales vayan a faena con dos o con tres años, y si fueron terminados a corral o a pasto”, afirmó.
Agregó que ese animal, mantenido en pasturas, “se satura de proteínas cuando lo que quiere es energía. Con eso genera un animal sin mucho marmoreo, de donde saldrá un lomo que se venderá a US$ 9,40, cuando puede comercializarse a US$ 14 o US$ 15”.
El especialista argentino sostuvo que “allí empieza el gran desafío de la carne bovina. Tenemos que entender que el mundo quiere carne y no animales, el frigorífico compra carne y no animales en pie o medias reses colgadas”.
Y consideró que “la industria frigorífica en Sudamérica se está dando cuenta de que es más importante la originación que la venta del producto final, porque es allí donde más tienen para ganar, porque comienzan a tener uniformidad para procesar y vender”.
Planteó que “la uniformidad es lo que hará que la carne vacuna tenga un diferencial. No estoy diciendo que todo debe ser igual, la biología nos dará diferencias y tengo que uniformizar de acuerdo a la calidad. Eso no significa que una categoría de la carne sea mejor que la otra, porque hay mercados que prefieren la categoría C y otros prefieren la A. Lo importante es no engañar al consumidor dándole una mezcla de cosas, porque con eso me pierdo mi calidad y me pagan con el promedio”.
Calidad de carne
“Vemos que Australia aprendió a competirle a Estados Unidos, que era el país que tenía el concepto más claro en calidad de carnes. En la clasificación australiana aparece el animal en pie, la media res, los cortes y cómo cocinarlos. En la caja se informa sobre el tamaño de giba, porque puede determinar terneza, acompañado de la recomendación de maduración y/o cocción”, indicó el empresario argentino.
También se refirió a la tipificación estadounidense, creada en 1929. “El mundo se dio cuenta de que toda la carne bovina no es igual, porque su sistema productivo es diferente. La industria recibe materia prima, clasifica y allí comienza a darle valor agregado”, señaló.
Comentó, además, que en Canadá la tipificación arranca con la media res, donde lo primero que se menciona es la edad, después el sexo y continúa con la calidad de grasa. “Si es grasa blanca sigue su camino, pero si es amarilla ya queda como una categoría degradable. Lo mismo ocurre al medir el músculo. Si es deficiente pasa a una categoría degradable, sino va mejorando su calidad”, detalló.
De Achaval fue contundente al señalar que “se puede determinar calidad de carne por la silueta de la res, porque el consumidor quiere comprar calidad, pero si seguimos abriendo la media res y no sabemos qué tiene, seguiremos vendiendo carne promedio y desuniforme”.
Agregó que “a la carne latinoamericana le ponemos diversos atributos, como la crianza en pastizales naturales, sin hormonas y demás, pero esos no son atributos suficientes para poner un bife en el plato”.
Explicó que grasa y hueso representan 27% del peso, pero aportan 1,6% del valor; mientras que la carne del centro de la media res aporta 27% del valor, representando el 11% en peso. “Cuando se recibe la media res, cada una de las piezas tiene diferentes valores, y la integración de esa res hace que pueda vender o comprar a un valor o a otro”, sostuvo.
Importación de ganado en pie
Sobre la importación de ganado en pie, el responsable del Programa de Engorde a Corral de Swift Argentina dijo que “lo mejor para el mercado es importar y exportar sin las trabas burocráticas que puedan poner los gobiernos, utilizando muchas veces el tema sanitario. Estados Unidos importa ganado para recría de México; y ganado gordo de Canadá, donde paga US$ 5.000, mientras exporta por US$ 8.000”.
Consideró que “sería espectacular que en esta región pudiéramos hacer algo similar. No le podemos tener miedo, sí tenemos que hacerlo con honestidad profesional, con todos los recaudos. Pero es muy bueno poder comprar lo que alguien produce más barato, para procesarlo y venderlo más caro; eso es agregar valor”.
Cliente y consumidor
De Achaval opinó que habrá problemas “si le queremos vender a China la carne producida a pasto, porque si hay algo de lo que el consumidor oriental sabe es de productos uniformes. “No le cabe en la cabeza abrir una caja de carne y encontrar sorpresas”, afirmó.
Dijo que así como “en oriente se buscan cosas de occidente, en occidente se buscan cosas de oriente” y, por lo tanto, “la integración es el paso que se debe dar en la industria de la carne vacuna. Sino vamos a seguir siendo generadores de un producto indefinido, acompañándolo de un marketing que focalizará en las desventajas de otros productos y no en las ventajas que ofrece la carne vacuna”, planteó.
También sostuvo que el productor debe entender lo que demanda la industria y reconoció que en la actualidad los frigoríficos “están más abiertos a marcar el camino”.
Explicó que cliente y consumidor son diferentes. “Cliente es el que firma el cheque y me dice qué debo producir; y cuando el valor del cheque sube o baja significa que estoy en lo correcto o en lo incorrecto. No tratemos de pasar eslabones en esta cadena, miremos qué necesita el siguiente eslabón”, recomendó.
Dijo que “hay que prestar atención a lo que la gente dice y hace. La gente se compra zapatillas pero pocas veces corre, y con las hamburguesas pasa lo mismo. No nos engañemos con la carne magra. Cuando decido comer algo es porque me gusta, y si después me quiero cuidar comeré otra cosa. No busquemos en la salud los atributos, porque cuando tengamos una carne magra no será rica, será dura o habrá que agregarle muchas cosas para que tenga más sabor”.
De Achaval recordó que cuando Swift retornó a exportar carne a Estados Unidos, una joven abogada, integrante de una industria, le dijo que el sector cárnico estadounidense no iba a cuestionar a la hamburguesa vegetal y que el cliente definiría lo que quería comer. Teniendo en un mismo lugar una hamburguesa de carne y una vegetal, que no debería llamarse hamburguesa, una pareja con gustos diferentes podría comprar las dos, y por lo tanto se debían vender atributos y no críticas al otro.
Señaló que las hamburguesas explican el incremento de la demanda de carne vacuna en varias partes del mundo, “porque se cocina en todos lados, es de fácil acceso, fácil de llevar y de consumir. En Estados Unidos el 50% del consumo de carne vacuna corresponde a hamburguesas. Los cortes finos han perdido demanda por la pandemia, porque se consumen fundamentalmente en restoranes”.
Los competidores
Por otra parte, De Achaval se refirió a que “no solamente tenemos la competencia de la proteína animal sino también de las proteínas alternativas, producidas en base a vegetales, que ingresaron al mercado de hamburguesas”.
Indicó que el consumo de carne aviar viene creciendo, y en Argentina es casi igual al de carne vacuna. “Es fácil de comprar, es uniforme y no tiene prejuicios, la comen en cualquier religión, estrato social, sexo o edad. Sin embargo, la carne porcina, a pesar de ser la proteína animal que más se consume en el mundo, tiene algunos bemoles religiosos; y la vacuna está en el medio, pero si se procesa de diferente forma puede ingresar a diferentes religiones”.
Además, señaló que las carnes de ave y cerdo se ofrecen empaquetadas de una forma en la que casi no se ve el producto, “porque el consumidor sabe lo que tiene”; en tanto la carne vacuna “no ha llegado a eso”.
Recordó que la auditoría de carnes en Estados Unidos analiza la evolución del producto, y la imagen de la carne vacuna mejora en el consumidor. “Se avanzó en la uniformidad y en el peso de carcasa, entre otros factores”, valoró.
De Achaval también abordó las cuestiones ambientales y de bienestar animal. “Lo importante es lo que estamos haciendo para cambiar; cada vez se hacen más cosas para mejorar los procesos”, destacó.
“Ante la emergente ola de covid-19 que se viene dando en el país y el comienzo de una nueva zafra de labores agrícolas”, la Cámara Uruguaya de Servicios Agropecuarios (Cusa) exhortó, en un comunicado divulgado el jueves 12, a “cumplir con la aplicación del protocolo sanitario establecido en conformidad con el Ministerio de Salud Pública para todas las circunstancias operativas en las labores agropecuarias”.
“Hay preocupación porque se ha bajado la guardia en la aplicación del protocolo que en marzo y abril se comenzó implementar para la cosecha y la siembra”, dijo el presidente de Cusa, Edgardo Rostán, en la jornada en el programa Punto de Equilibrio en Carve y revistaverde.uy.
Señaló que ante los comentarios de varios integrantes de esa gremial respecto a que no se estaban cumpliendo con las medidas sanitarias correspondientes se resolvió emitir esa comunicación.
“Es un tirón de orejas de ponernos todos a cinchar de esto, porque sería muy crítico que empezaran a surgir focos de coronavirus no solo en nuestros equipos de trabajo, si no en los fleteros que luego van a las plantas, los sembradores y otros”, destacó. Y advirtió del riesgo que supone la situación en cuanto a la posibilidad de tener que detener las actividades de cosecha de cultivos de invierno y la siembra de verano.
Uno de los puntos de mayor preocupación es el registro creciente de casos de covid-19 en Nueva Palmira, donde está el principal puerto de salida de la producción de granos local.
En la víspera el Ministerio de Ganadería divulgó una serie de protocolos sanitarios a ser aplicados en el marco de la cosecha de invierno, específicamente en las terminales portuarias, los transportistas, las plantas de acopio y en las chacras.