fbpx
Agricultura

Al lograr el sueño del cultivo propio, Santiago Ferrés sigue fiel al arroz

14 de noviembre de 2020

Su padre, su tío y su padrino cultivaban el cereal, se formó como agrónomo, realizó la tesis en INIA Treinta y Tres, y trabajó para empresas privadas hasta concretar su anhelo

Persiguiendo el sueño del cultivo propio, Santiago Ferrés se mantiene fiel al arroz, pese a dificultades. El productor lleva la tradición arrocera en la sangre y construyó una historia personal basada en las raíces familiares y el fuerte vínculo con el campo y la producción del cereal.

“Desde que nací tengo relación con el cultivo de arroz, porque mi padre (Santiago), mi tío (Felipe) y mi padrino (Marcos) eran plantadores en la zona del Este, hasta que luego se instalaron en Lascano”, dijo a VERDE mientras repasaba su trayectoria en esa actividad de la agropecuaria.

Contó que cuando tenía 9 años su padre enfermó de cáncer y con su familia se mudaron a Montevideo. “Si bien siempre tuve contacto con la producción arrocera en el campo familiar, al fallecer mi padre, que era con quien recorría las chacras, y por la edad que tenía, el contacto con el arroz ya no fue tan frecuente como lo era antes”.

Luego, llegó el tiempo de la formación universitaria. Ingresó a la Facultad de Agronomía e hizo la tesis en la estación experimental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), en el departamento de Treinta y Tres. Mientras tanto, Ferrés mantenía el nexo con la producción de arroz a través del vínculo familiar.

Recordó que la idea era hacer la tesis en riego de pasturas, pero el campo en el que realizaban las prácticas de ese estudio complementario “se inundó” y fue así que junto a sus compañeros decidieron cambiar el objetivo del trabajo universitario por uno dirigido a la fertilización sobre mejoramientos de campo en INIA Treinta y Tres.

En marzo de 2003 se recibió de ingeniero agrónomo, y en ese momento no había opciones laborales, porque la economía uruguaya quedó resentida por la crisis financiera de 2002. “Lo único que surgió fue la posibilidad de hacer una pasantía en INIA Treinta y Tres”, dijo, la alternativa que finalmente tomó.

Al término de ese período, Santiago tuvo una oportunidad laboral en Argentina, y no dudó en aceptar el desafío. Fue específicamente en la localidad entrerriana de San Salvador, conocida como “la capital nacional del arroz”. En el campo argentino donde trabajó en el asesoramiento de una empresa especializada en el cultivo y en agricultura de secano, realizando la planificación, seguimiento y ejecución de diversas labores.

Después de esa experiencia en Argentina, Ferrés retornó a Uruguay a trabajar durante dos zafras en una empresa arrocera, bajo la supervisión de Guillermo O’Brien, en el departamento de Artigas.

Posteriormente se casó y se mudó a Tacuarembó, a trabajar con José Frontini, plantando arroz y además haciendo ganadería. A eso le siguió una nueva y desafiante experiencia arrocera, trabajando con Joaquín Otegui.

Nuevos rumbos en el camino

Tras ese paso, decidió empezar a trabajar en la empresa Union Agriculture Group (UAG), para encargarse de la gerencia de producción de los diferentes rubros agropecuarios en los campos de Tacuarembó, función que desempeñó durante cinco años, desde 2011 hasta 2016.

Cuando esa firma resolvió dejar de producir en esas tierras, Ferrés y un amigo le plantearon a UAG la posibilidad de arrendarle los predios para continuar con la actividad arrocera. Fue así que, con el apoyo de dicha compañía –que le financia la maquinaria agrícola– y de la industria arrocera Saman –que le provee el financiamiento del cultivo–, logró avanzar en el emprendimiento particular.

Dijo que esto le permitió que se le concretara “un sueño y un anhelo de siempre”, de poder “plantar arroz para desarrollar un proyecto propio”.

“Tuvimos la posibilidad de entrar a producir, porque en ese momento el negocio del arroz estaba complicadísimo”, comentó Ferrés al recordar que la primera zafra arrancó en setiembre del año agrícola 2016/17. Consideró que “si el negocio arrocero estaba en un momento espectacular habría mucha gente interesada en entrar y no habríamos tenido la oportunidad”.

Además, señaló que “era en un sistema que conocía muy bien, con buen potencial productivo y tenía la posibilidad de mantenerle el trabajo a varias personas que hacia cinco años estaban conmigo”. Esos detalles y el poder ser productor de arroz fueron los argumentos que primaron al justificar la decisión, señaló.

El emprendimiento comprendía una sociedad, denominada Arrocera Excélsior, que empezó con su excompañero de facultad, Pedro Queheille, del que luego se separó. Santiago continúa la labor con un primo; y hay otras seis personas trabajando en la empresa.

Esa sociedad tiene el objetivo de plantar entre 600 y 650 hectáreas de arroz al año, pero en 2020 la disponibilidad de agua actual (principios de octubre) solamente le permite hacerlo en un área de 350 hectáreas. Recordó que hubo una zafra en la que llegó a sembrar 750 hectáreas de arroz.

La empresa fijó como fecha límite para el cierre de la siembra el 15 de noviembre, “siempre dependiendo la cantidad de agua acumulada para asegurar la producción”, sostuvo.

Sobre la evolución de actividad y la búsqueda de rentabilidad, Ferrés reconoció que siempre trabajaron bien, pero “con lo justo” y “hubo años en los que ni siquiera alcanzó para cubrir los costos directos”.

Eso llevó a realizar replanteos financieros y otras tareas complementarias para mantener un flujo de capital que permita seguir plantando arroz. Entre las alternativas se recurrió a utilizar la maquinaria para hacer trabajos en el establecimiento y en predios de terceros. A pesar de esos problemas, productivamente “se anduvo bastante bien, el rendimiento promedio de las últimas cuatro zafras fue de 9.000 kilos por hectárea”, indicó.

El dilema de los costos

Al analizar la situación del negocio arrocero, Ferrés señaló que el rubro “hace seis años viene con problemas de rentabilidad”, y que el año 2020 “pintaba igual”, pero “el impacto de la pandemia del Covid-19 cambió el panorama” para el sector en el aspecto comercial.

Es que, a diferencia de lo que fue el perjuicio en la caída de la actividad turística, parte del comercio y los servicios, la demanda de alimentos mantuvo sus negocios, y en el caso del arroz incluso mejoró. Considerando que al ser el arroz un producto de consumo básico, la situación de emergencia sanitaria por el coronavirus aumentó la demanda y, paralelamente, varios de los países que figuran entre los principales productores de arroz, ubicados en Asia, resolvieron limitar su exportación para asegurar el abastecimiento interno.

Ese y otros factores, provocaron una oportunidad comercial para el cereal uruguayo en ciertos nichos de mercado, principalmente en Costa Rica, Reino Unido, Turquía y Bélgica. Perú y Brasil son los principales destinos del arroz en 2020, con un incremento de 30% y 85%, respectivamente, en el monto de las exportaciones de enero a setiembre respecto a igual período del año pasado, según datos del instituto Uruguay XXI.

Se sumó el repunte del precio del dólar en el mercado local durante cierta parte del año, “lo que ayudó a mejorar la ecuación del cultivo, bajando el costo de algunos rubros”, analizó.

Valoró que para “esta zafra el productor arranca con un dólar a $ 41 o $ 42, lo que debería reflejarse favorablemente en los números” del cultivo. Sobre los costos de producción por hectárea, sostuvo que en la zafra 2019/20 se ubicó entre los US$ 1.650 y US$ 1.700, en tanto para la zafra 2020/21 estimó que podrían ubicarse en US$ 1.600 por hectárea.

Reducir la brecha

“El manejo agronómico, a grandes rasgos, es conocido” por el productor de arroz, “pero siempre hay cosas para mejorar”, puntualizó.

Destacó el objetivo de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA), de generar junto a otras instituciones un proyecto de transferencia de tecnología, enfocado en reducir la brecha de rendimiento entre productores, mediante el incremento de la productividad de ciertos arroceros y en ciertas zonas.

La brecha de productividad arrocera está en unos 3.000 kilos por hectárea, considerando el techo alcanzado en algunas chacras y el mínimo en otras. “Hay zonas que están en torno de los 7.000 kilos por hectárea y otras superan los 10.000 kilos por hectárea”, señaló.

Ferrés planteó que entre los factores que inciden en esa situación se encuentra la falta de renovación y mantenimiento de la maquinaria agrícola, debido a las dificultades económicas del cultivo arrocero.

“El productor hizo lo justo y necesario para continuar, porque tuvo serias limitaciones financieras para invertir” en los últimos años, afirmó durante su análisis.

También sostuvo que “es muy importante el acceso a la financiación y el reperfilamiento de deudas, que le permitan al productor trabajar con un poco más de aire, tema por el cual la ACA ha realizado diversas gestiones”.

Más allá de la polifuncionalidad que hay que tener como empresario para liderar este tipo de emprendimientos, Santiago Ferrés valoró “la importancia del equipo humano que lo acompaña”, que “se dedica a llevar adelante los objetivos trazados cada año”. Además, subrayó que “nada de esto sería posible sin el apoyo y cable a tierra que son mi esposa y mis dos hijos”.

Tras un período de aprendizajes y experiencias, cuando nunca faltaron las dificultades, las perspectivas parecen ser más alentadoras para este emprendedor que nació, se crío y se formó entre chacras arroceras, y se siente aferrado a seguir en la actividad que es su opción de vida.


Nota completa Revista Verde N° 88

Anuncios
7 - 02:25