El mercado de carne vacuna en Estados Unidos registró esta semana un respiro para los procesadores, que venían lidiando con altos costos de insumos y bajo interés minorista. Tres semanas consecutivas con faenas inferiores a 550.000 cabezas, junto con una mejora en la demanda previa al Día del Trabajo, redujeron las pérdidas, según datos de The Cattle Report del Ag Center.
En el sur, la mayoría de las ventas de ganado en pie se concretaron en US$ 5,18/kg, con operaciones puntuales a US$ 5,23/kg. En el norte, el comercio en vivo se ubicó entre US$ 5,34 y US$ 5,40/kg. El ganado terminado se negoció entre US$ 8,38 y US$ 8,49/kg.
El menor volumen de oferta permitió que el corte selecto subiera casi US$ 0,40/kg en la semana. Los minoristas ya enfrentan escasez y mayores costos, aunque el consumidor aún no se ha topado con precios de etiqueta que reflejen plenamente el incremento en el ganado. Se espera que el alza llegue pronto a las góndolas. La faena semanal fue de 536.000 cabezas, 1.000 más que la semana anterior pero 52.000 menos que un año atrás.
Para los procesadores, reducir la faena no es una solución definitiva, ya que volúmenes demasiado bajos no permiten un uso eficiente de las plantas. Los engordadores no siempre pueden participar en nuevas rondas de venta por falta de oferta, mientras que los minoristas anticipan que la disponibilidad de carne vacuna podría disminuir aún más si se restringen las importaciones brasileñas.
En el mercado de futuros, los precios cayeron entre US$ 0,11 y US$ 0,13/kg en la mayoría de los contratos, revirtiendo parte de las ganancias de la semana anterior. La volatilidad se ha incrementado, en parte por la interacción entre grandes órdenes computarizadas y operaciones de menor volumen. Algunos analistas señalan que el ciclo de recuperación aún está lejos de una escasez marcada, que podría llegar cuando más novillas se retengan para cría.
El USDA reportó que el peso promedio de la canal en la última semana fue de 414,5 kg, 0,45 kg más que la semana previa y 9,07 kg por encima del año pasado, con una clasificación de calidad del 84,4%.
En el plano comercial, las ventas por fórmula —históricamente predominantes— están cediendo terreno frente a acuerdos negociados, con primas y descuentos definidos pero precio base pactado.
China compró la semana pasada alrededor de 28 cargamentos de soja de la cosecha vieja de Brasil con premios elevados, lo que impulsó en US$ 11 por tonelada las posiciones principales. La semana anterior, ya había adquirido 26 cargamentos, generando un aumento de US$ 5,5 por tonelada en los premios, según informó Eduardo Vanin, analista del complejo de soja y director de Agrinvest Commodities.
En la Bolsa de Chicago, los precios de la soja cerraron con una nueva baja semanal: el contrato septiembre finalizó en US$ 355,59 por tonelada y el de noviembre en US$ 362,85. En Brasil, en cambio, los premios continuaron firmes y el viernes 8 la soja se negoció en el puerto de Paranaguá a US$ 421 por tonelada, de acuerdo con datos de Cepea.
Los premios alcanzan los niveles más altos desde 2018, favorecidos por la fuerte demanda china. “La cobertura de China para septiembre está completa y octubre supera el 40%, y sigue sin compras de soja estadounidense. Las bases en Brasil y Argentina siguen siendo altas, mientras que los márgenes de trituración en China comienzan a empeorar”, señalaron los analistas de Agrinvest Commodities. “La situación actual ya es insostenible”, advirtió Vanin.
El escenario también preocupa a la industria procesadora brasileña, cuyos márgenes de molienda atraviesan un momento difícil. Los precios de la harina de soja están en mínimos históricos, mientras que el valor de la soja se mantiene alto, en parte por los premios históricamente elevados. Esto podría derivar en una molienda menor a la estimada inicialmente en Brasil.
“Será un reto para la molienda en Brasil hasta finales de año”, dijo Gilberto Leal, ejecutivo de materias primas de Granel Corretora. “Y otro reto que enfrentamos es la calidad de la soja que tenemos para satisfacer la demanda china en septiembre y octubre. Es un desafío enorme”.
Vanin añadió: “Si China sigue comprando solo aquí y el ritmo se mantiene, incluso superior al de venta de los agricultores, sumado a la escasez de soja de exportación en el Arco Norte y considerando también Santos, los premios seguirán subiendo y la soja estadounidense no se moverá. Esto supondrá un margen muy negativo para nuestra industria: habrá escasez de petróleo y de biodiésel. En resumen, una enorme distorsión. La solución sería que China también incluyera la soja estadounidense en su oferta”.
Uruguay corre el riesgo de convertirse en “una máquina de frustración” si no equilibra la generación de capacidades con su aprovechamiento real en el agro, la industria y la sociedad, consideró en esta entrevista con VERDE el presidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), Miguel Sierra. El jerarca, designado en marzo de este año por el Poder Ejecutivo, abordó los desafíos de articular ciencia y producción, el rol estratégico de los polos de innovación, las tensiones presupuestales que enfrenta el instituto y la necesidad de construir un sistema más equilibrado, que permita atraer y potenciar talento y transformar conocimiento en impacto.
A INIA se le suele criticar por su lentitud para responder a los desafíos del agro, y la respuesta ha sido que su visión es de largo plazo. ¿Qué se está haciendo para no quedar atrás?
Gestionar la tensión entre el mediano y largo plazo y la urgencia es, en cierta forma, el arte de la gestión en institutos como este, que combinan también la gobernanza y la financiación de aportes privados y del Estado. En ese marco es necesario mantener simultáneamente una mirada de largo alcance y una capacidad de respuesta inmediata. No podemos permanecer inactivos solamente atendiendo al mediano y largo plazo. Y el otro riesgo es estar constantemente resolviendo emergencias sin desarrollar capacidad de prospección y anticipación. Es sencillo decirlo, aunque difícil de implementar, pero de eso se trata. Cuando se planifica –ahora estamos en el plan estratégico– se trata de ampliar la perspectiva. Hay líneas de investigación que son de mediano y largo plazo, especialmente en institutos como el nuestro, que trabajan generalmente con ciclos biológicos. Y luego hay instrumentos, tanto de INIA como ANII (Agencia Nacional de Investigación e Innovación). Por ejemplo, el instrumento Desafíos, que tiene la ANII , que pretende resolver problemas más inmediatos. Considero que ambas dimensiones son necesarias, porque en la urgencia también se demuestra cercanía, preocupación por los problemas sentidos, y se generan relaciones de confianza que permiten pensar el futuro juntos. De lo contrario, la prospección a futuro queda desvinculada de la realidad. Pero esa es la tensión que hay que gestionar. No debe dominar la coyuntura, ni tampoco debe preocupar exclusivamente la perspectiva de largo plazo. Se deben combinar ambas. En algunas áreas considero que estamos respondiendo, en otras quizá hay problemas, aunque también son dificultades que existen a nivel país. En el tema ganadero, por ejemplo, considero que hay que fortalecer el sistema de extensión, coinnovación o transferencia, porque hay bastantes resultados a nivel de INIA, de la Universidad de la República (Udelar). Pero el tema es cómo se acompaña a los productores, a la familia rural, a los técnicos, para que puedan conocer y apropiarse de esas soluciones y la implementen de la mejor manera. Entonces, es una cuestión más amplia. En la urgencia hay que responder, pero no solo con investigaciones, todo un ecosistema debe activarse. Es la transferencia o coinnovación, y posiblemente también integrar el tema de los seguros, las distintas tasas de financiación o incentivos que puedan ofrecer distintos bancos para impulsar determinadas soluciones o paquetes tecnológicos, que resulten más sostenibles y saludables para el ambiente, los ciudadanos y los consumidores. Ese conjunto de actores y políticas, actuando coordinadamente, permiten que la adopción sea más rápida y que se aborden las urgencias que a veces enfrentamos, que aumentarán con el cambio climático. Enfrentar temas de sequía, de inundaciones, hay plagas que están modificando su comportamiento debido al cambio climático, y se requiere una respuesta tanto para cultivos como para enfermedades animales; así como aprovechar oportunidades o ventanas de mercado en el mundo. Es un nuevo escenario global, que exige respuestas coordinadas y dinámicas.
En varias oportunidades ha mencionado la falta de actores que funcionen como puente entre la generación de conocimiento y su adopción en el campo. ¿Qué papel debe asumir INIA para cerrar esa brecha tecnológica, especialmente en rubros con oportunidades en la adopción, como la ganadería?
Ahí lo primero es observar el sistema con otros actores. Tiene que haber actores más vinculados a la transferencia o la coinnovación, y hay que fortalecer sus capacidades, como el Instituto Plan Agropecuario, fundamentalmente en el sector ganadero. También hemos analizado todo lo que implica la metodología de coinnovación, que consiste en pensar las soluciones desde el inicio junto con los usuarios. No se trata de generar soluciones desde los centros de investigación para luego buscar la forma de acercarlas al productor y a los técnicos, sino de involucrarlos desde las fases iniciales. Que ellos también aporten en la identificación de los problemas y en la construcción de las soluciones. Que esas soluciones se adecúen a los recursos disponibles en cada contexto, a las capacidades humanas, agroecológicas y también a las capacidades de los proveedores. Y que sean soluciones factibles de implementar, con todos los actores capacitados para hacerlo de manera adecuada. Es necesario pensarlo más como sistema. Considero que en Uruguay hemos puesto, y seguimos poniendo, mucho énfasis en la generación de conocimiento, pero dedicamos mucho menos esfuerzo al uso, aprovechamiento y valorización de ese conocimiento. Ese es un tema que estamos discutiendo en Uruguay Innova (programa de Presidencia de la República para la promoción de ciencia, tecnología e innovación). Hay que equilibrar esa parte del sistema de ciencia, tecnología e innovación, porque sino seguimos fortaleciendo la generación de capacidades y formando cada vez más estudiantes con alto nivel científico, pero el sistema, como tal, no aprovecha ni utiliza esas capacidades. Se siguen generando capacidades y conocimientos, pero no se están aprovechando en el país, entonces el sistema está desbalanceado, y si no se corrige, va a generar frustraciones. Estamos formando personas que eligen emigrar, porque no se han creado espacios adecuados en el ámbito privado o público para que esas capacidades se integren y fortalezcan el vínculo de la ciencia y la tecnología nacional con los problemas relevantes del país.
Se está promoviendo que las estaciones experimentales se transformen en polos de innovación abiertos a empresas. ¿Qué criterios se están manejando para asegurar que esa apertura genere sinergias reales y no derive simplemente en cesión de espacio sin retorno al sistema público?
La idea no es solamente abrir espacio a las multinacionales, sino también a empresas nacionales. INIA tiene una relación sólida con el sector cooperativo también. Hay muchos resultados de investigación que se están generando en las universidades e INIA, especialmente soluciones digitales, bioinsumos y salud animal, por ejemplo vacunas y kit de diagnósticos. Consideramos que esos actores también necesitan un espacio donde interactuar con las capacidades de INIA y Udelar existentes en los campus y en las estaciones experimentales. Los campus inicialmente eran estaciones de INIA, luego en algunos casos se transformaron en campus con la Udelar, más tarde se instalaron oficinas del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y de la institucionalidad agropecuaria, como el Instituto Nacional de Semillas (Inase), el Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL), entre otros. Y ahora entendemos que el paso siguiente es que se conviertan en polos de investigación, desarrollo e innovación, con participación de actores privados, que realicen I+D (investigación y desarrollo), y que validen o desarrollen soluciones tecnológicas, interactuando con las capacidades de INIA y de la Udelar presentes en varios campus. También está la intención de que esto sea parte de un círculo virtuoso con la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU) y la Universidad Tecnológica (UTEC), de aprendizaje y formación de nuevos profesionales y técnicos a todo nivel. Están surgiendo capacidades muy interesantes en otros actores en los territorios. El objetivo es crear un espacio donde los actores privados se vinculen con la ciencia y la tecnología nacionales, facilitar un lugar de encuentro. En Uruguay los núcleos críticos son generalmente pequeños, por lo que compartir un espacio y reflexionar juntos sobre una problemática puede incrementar su tamaño crítico, y la riqueza de miradas y aportes para solucionarlos. Debe ser un ámbito donde prime la confianza. No se trata tanto de compartir una superficie o metros cuadrados, sino de compartir proyectos, ideas y proximidad, que permitan cultivar relaciones de confianza para generar soluciones que agreguen valor. Ese es el desafío. Se trata de tender puentes con el sector privado. En Uruguay las capacidades de formación y atracción de talento están muy vinculadas a la academia. El 80% de quienes egresan con titulación universitaria están vinculados con la Udelar. La idea es crear cada vez más espacios con empresas privadas, y quizás con otras modalidades que puedan surgir, como unidades mixtas entre institutos de investigación y empresas. En ese sentido el escenario está abierto. Siempre existe el riesgo de que el poder se concentre en pocos actores, pero ese es un proceso en el que hay que intervenir para evitar que ocurra de la forma más perjudicial. Se trata de lograr un sistema más equilibrado, que no quede concentrado en pocas manos. Eso no se evita quedando al margen de estos polos, sino participando activamente y promoviendo políticas que incluyan a los actores de mediano y pequeño tamaño. Es posible incorporarlos en distintas propuestas y dinámicas. Esa es la idea. El riesgo de la hiperconcentración existe, pero el objetivo es crear instrumentos y dinámicas que permitan la inclusión de esos otros actores.
El modelo de articulación público-privado desarrollado en el sector arrocero ha sido destacado como referencia en el país. ¿Es extrapolable a otros rubros?
Considero que es muy difícil de extrapolar, por las características del sector arrocero, la integración de la cadena, la cantidad de actores y su historia de relacionamiento, pero siempre se puede aprender. El arroz generó, sin dudas, antecedentes que estuvieron en la base de la creación de INIA. Pero ahora contamos, por ejemplo, con un consorcio citrícola, con un consorcio forestal, con un consorcio de lanas ultrafinas, una red tecnológica láctea, y el grupo Génesis en trigo y soja, entre las cooperativas y el INIA. Existen múltiples experiencias. Es cierto que la dinámica en el arroz es muy valorada, pero hay otras dinámicas virtuosas en Uruguay, que también sirven de ejemplo para lo que estamos proponiendo.
Usted fue director de Innovación antes de asumir la presidencia de INIA, ¿qué aprendizajes le dejó ese rol?
Considero que, sobre todo, me permitió comprender la particularidad de INIA, que es única en el mundo. Un instituto cofinanciado y cogobernado entre el sector privado y el público no es habitual. No predomina únicamente la lógica pública, y tampoco se trata de una empresa privada convencional. Lo más desafiante es gestionar esa tensión. Somos un instituto que genera bienes públicos, pero también bienes protegidos, bienes club, e interactúa con empresas nacionales e internacionales. Existe también el desafío de no apartarse de la calidad científica y de las soluciones tecnológicas de alta calidad, que deben pasar ciertos controles de calidad exigentes, con evaluación de terceros, y al mismo tiempo lograr valorizar lo que se produce. Porque aquí hay una vocación por solucionar problemas concretos, y por lograr que lo desarrollado tenga aplicación práctica. Ese conjunto de factores diría que es único. Cuando uno dialoga con actores de la región y del mundo, reconocen la complejidad de INIA. Porque si se tratara de una empresa, se optaría por la solución más rentable económicamente y punto. Aquí se deben contemplar múltiples intereses. A su vez, se trata de un instituto público no estatal. Es necesario considerar que los actores nacionales no se vean perjudicados, y que la solución beneficie al sistema de ciencia y tecnología, así como el sistema agroalimentario uruguayo. Es posible que en alguna alianza o solución determinada algún actor se vea afectado, pero si se observa en conjunto, puede resultar favorable para el país. Ese es el desafío. Considero que eso es lo más complejo de INIA. A su vez, contamos con cinco estaciones experimentales, cada una con su impronta y entorno cultural y productivo, muy distintos entre sí. Colonia no es igual que Tacuarembó, ni que Treinta y Tres, Salto o Las Brujas. Es un instituto heterogéneo en su interior, y hay que gestionar también esta diversidad interna. Es necesario saber trabajar con esa heterogeneidad interna y también con la existente en los sectores que se vinculan con el instituto. En este sentido, algunos sectores generan divisas y aportan al Imeba (Impuesto a la Enajenación de Bienes Agropecuarios) que financia al INIA, y otros tienen como foco la alimentación saludable para Uruguay, y quizá no hacen un aporte financiero a INIA, pero son actores clave –como el sector hortifrutícola– en el abastecimiento de alimentos saludables a la población. Existen sectores que aportan más en términos financieros y, naturalmente, solicitan mayor dedicación de INIA hacia ellos; y otros que aportan menos, pero que desde una mirada pública son muy relevantes. Es necesario gestionar esas tensiones. Diría que eso es lo más desafiante. Esas tensiones creativas forman parte de la originalidad de INIA y también de su fortaleza. No es casual que haya perdurado 36 años y que los actores del entorno lo critiquen, pero también lo valoren positivamente. Esa tensión hace que algunos no estén conformes, pero en el balance –y en la evaluación de impacto, de las cuales ya realizamos dos, una en 2011 y otra en 2024– se concluye que el retorno social de INIA es relevante para el país. Existen áreas donde se ha contribuido significativamente a la productividad y a los aspectos ambientales de Uruguay: en arroz, ganadería vacuna y ovina, horticultura y fruticultura, cítricos, bioinsumos, control integrado de plagas en durazno y manzana, control y seguimiento de plagas en forestación, generación de variedades en boniato, frutilla, y ahora también en tomate, la promoción de sistemas de producción con rotaciones entre agricultura y pasturas para mejorar la conservación y salud del suelo. Hay numerosos rubros en los que INIA ha tenido un rol muy significativo. Es necesario continuar cultivando ese papel de instituto que aporta soluciones y que mantiene un vínculo directo con la realidad del país y sus problemáticas.
El nuevo plan estratégico menciona la agroecología y la bioeconomía circular como enfoques emergentes. ¿En qué medida estos modelos están siendo incorporados a la agenda institucional? ¿Hay un desfasaje entre rubros?
Lo ambiental evidentemente tiene cada vez más protagonismo en la agenda de investigación de institutos como INIA. Seguramente no estuvo priorizado en 1989, porque las preocupaciones eran otras, y el enfoque estaba más centrado en la productividad, en el marco de la revolución verde y todo su contexto. Ahora lo ambiental llegó para quedarse y tiene un rol clave. Considero que existe un régimen dominante en INIA y en Uruguay, que es la intensificación sostenible: producir más, con el menor impacto ambiental posible. Y hay dos dinámicas de nicho: una es la agroecología y las transiciones agroecológicas; y la otra es la bioeconomía circular, que está ganando cada vez más terreno. Pero es necesario generar evidencia científica y casos concretos que acerquen esos conceptos al sector productivo y a la sociedad. De lo contrario, muchas veces se perciben como ideas demasiado abstractas. Existen experiencias de transición agroecológica, que actualmente se encuentran en todos los sectores: ganadería, lechería, hortifruticultura, entre otros. Pero quizá falta mayor evidencia científica. Se está avanzando en ese camino, identificando buenas prácticas y construyendo evidencia de cara a los productores, los técnicos y la sociedad. Lo que está más consolidado es la intensificación sostenible, con el uso de biotecnología, tecnologías digitales, riego, pero en sistemas que suelen ser monocultivos. Por lo tanto, la agroecología y la bioeconomía circular proponen otras formas de producción, más resilientes y con abordajes integrales, que están adquiriendo mayor protagonismo, aunque siguen siendo marginales frente al enfoque dominante. Considero que sigue predominando la intensificación sostenible, pero en los distintos rubros hay experiencias diversas. Sin embargo, existe una conciencia ambiental creciente, tanto en Uruguay como en los mercados de destino. Los compradores y la normativa internacional son cada vez más exigentes en temas ambientales.
Visitó dos veces China en el último año, ¿qué oportunidades identifica allí para Uruguay, más allá de los acuerdos comerciales? ¿Considera que falta dar un salto?
Ayer escuchaba una entrevista con Álvaro Padrón (asesor del gobierno y analista internacional), y decía básicamente que le estamos vendiendo agua envasada a China, en forma de soja, carne, celulosa y arroz. Eso implica un riesgo, ya que corremos el peligro de avanzar hacia una primarización excesiva, ofreciendo productos naturales en estado casi primario. Ese riesgo está presente en todas las relaciones. Lo mencionábamos antes respecto a los polos de innovación. Los procesos no están determinados de antemano, hay que involucrarse, participar activamente y negociar, cada parte debe defender sus intereses. Considero que debemos pensar en la incorporación de otras dimensiones además de vender materias primas. Está la dimensión de ciencia y tecnología, por ejemplo. Estamos desarrollando un laboratorio conjunto en soja con China, que lidera INIA por Uruguay, que está identificando materiales genéticos con alto contenido proteico para consumo humano; la Udelar está creando un laboratorio en bionanofármacos con actores de Qingdao; estableceremos también un laboratorio conjunto en ganadería en Jilin. La idea es que estos espacios no se limiten a la investigación, sino que también incluyan embriones uruguayos, y que funcionen como plataformas para vender ciencia, tecnología y asistencia técnica de Uruguay. Existen oportunidades, pero debemos saber cómo posicionarnos. Hay muchas acciones que deben visualizarse desde una perspectiva regional. Deberíamos avanzar de manera coordinada con Argentina y Brasil fundamentalmente, ya que Paraguay tiene vínculos estrechos con Taiwán. Creo que hay margen para hacer mucho más de lo que estamos haciendo. Es necesario diversificar nuestra matriz de cooperación con China. En la feria de SIAL, en Shanghai –la más grande de Asia–, Uruguay tenía un excelente stand de INAC, con foco sobre todo en carne congelada, y en menor medida empresas que vendían suero y equinos. En cambio, los stands de Argentina y Brasil incluían alfajores, mermeladas, miel, pasta. Como comentaba el embajador uruguayo en China, Fernando Lugris, China no nos primariza, nos primarizamos solos. Ese es el punto. China tira de la demanda en soja y carne, pero depende de nosotros decidir si innovamos en productos, diversificamos más nuestra oferta exportadora y aún en los commodities incorporamos más valor agregado con ciencia y tecnología, tanto nacional como generada en laboratorios conjuntos con China. En Uruguay tenemos una debilidad importante en la parte industrial, especialmente en lo agroindustrial. Nos faltan capacidades. Contamos con mucha capacidad en INIA para la fase primaria, y luego se salta al LATU (Laboratorio Tecnológico del Uruguay) para certificación y análisis. Pero entre esos dos momentos no existen actores dedicados a la innovación en productos, en envasado, en formulaciones innovadoras. Tampoco podemos pretender exportar lo que nos gusta, es necesario estudiar las preferencias del consumidor chino en sabores, formatos y canales de comunicación. La oportunidad está, pero debemos crear el entramado, el ecosistema de ciencia, tecnología e innovación necesarios para aprovecharla. De lo contrario, son oportunidades que se pierden.
En un contexto de transformación digital, ha advertido sobre los riesgos de la autocomplacencia y la necesidad de avanzar en ciencia de datos e inteligencia artificial (IA). ¿Qué lugar ocupa hoy la IA en la estrategia institucional del INIA, y qué capacidades se están desarrollando en esa línea?
Tenemos que fortalecer una unidad que se dedique a la ciencia de datos y la IA. Estamos con un grupo interno de INIA, pero hay que fortalecerlo. Y se ha puesto como un eje transversal también en Uruguay Innova, con Agesic (Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento) y todos los demás actores (Ceibal, ANDE, ANII, entre otros), los datos y la IA pasaron a ocupar un rol central. La interoperabilidad de los datos es fundamental. Se trata de datos que posee INIA, pero también Opypa (Oficina de Programación y Política Agropecuaria, del MGAP), la DGI (Dirección General Impositiva), distintos organismos del Estado y cámaras privadas. El mayor valor está en cómo aprovechamos toda esa información de manera interoperable, inteligente y reflexiva. No se trata de automatizar procesos sin contemplar un espacio de interpretación, análisis y orientación política. No se puede automatizar de forma acrítica. Es necesario incorporar juicio.
La decisión del gobierno anterior de suspender el aporte comprometido de Rentas Generales marcó un precedente en la historia del INIA. ¿Qué implicancias tiene este episodio en términos de autonomía institucional? ¿Qué herramientas pueden garantizar una planificación más estable, ajena a las prioridades coyunturales del ciclo político?
Lo más preocupante fue que el año pasado fue la primera vez en la historia que no llegó la parte de Rentas Generales. Siempre había llegado, a veces con retraso. En 2016 se había fijado un aporte fijo de Rentas Generales, de $ 600 millones, pero ese aporte en 2024 no se recibió. Está llegando en cuotas en 2025. Durante los primeros seis meses se está pagando la deuda de 2024, y en los seis meses siguientes se pagaría lo correspondiente a este año. Eso genera una gran incertidumbre. Y, sobre todo, existe una disonancia entre declarar que se quiere un país agrointeligente, que apueste a la competitividad, y a la vez recortar la financiación. Hoy la competitividad sin ciencia, tecnología e innovación no existe. Por lo tanto, no hay coherencia entre el discurso y los recursos asignados. Venimos de una pandemia donde la ciencia demostró claramente su utilidad y aplicabilidad. INIA lo ha demostrado históricamente, y la nueva evaluación de impacto también lo evidencia. Esta situación genera incertidumbre y afecta el clima interno. Si los fondos no están, surge la pregunta de si realmente se valora el rol de INIA. A futuro, la intención es mantener un seguimiento atento del tema financiero. La junta está muy activa, con presencia de los delegados de las gremiales y del Poder Ejecutivo. Debemos mantener una comunicación fluida con los parlamentarios y argumentar con propuestas. No comparto la idea de pedir fondos sin fundamento. Por eso me preocupa que el plan estratégico avance y que se definan ejes concretos para presentar en la discusión presupuestal. También está la idea de impulsar los polos de innovación en las estaciones. Algunas personas lo ven como una propuesta novedosa que justifica inversión, con la expectativa de que se genere riqueza y oportunidades. INIA tiene que ser un catalizador de procesos de desarrollo en el país. Este episodio deja en claro que hay que estar siempre atentos. En Uruguay existen múltiples prioridades y tensiones respecto a dónde invertir los recursos públicos. Eso será constante. Nos corresponde defender de la mejor manera posible la inversión en ciencia, tecnología e innovación. Pero para eso es necesario contar con propuestas, evaluaciones rigurosas de impacto, demostrar resultados y una gestión profesional.
TARJETA PERSONAL
Miguel Sierra es ingeniero agrónomo (Universidad de la República), magister y doctor (PhD) en Tecnología de Alimentos (Universidad Politécnica de Valencia). Fue presidente del Consejo Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología (Conicyt) entre 2018 y 2021. En INIA fue gerente de Vinculación Tecnológica, gerente de Innovación y Comunicación, director de Relaciones Corporativas, y en marzo de 2025 asumió la presidencia del instituto.
En su chacra de Salinas, Fernando Muñoz combina lombrices y larvas para producir un abono líquido vivo, y prepara la que podría ser una de las primeras harinas proteicas de insectos en Uruguay. Su método no busca resultados inmediatos, ni depende de inversiones grandes: trabaja con lo que hay, respetando los tiempos de los organismos y ajustando el sistema a escala predial. “No se puede empujar a la lombriz”, resume.
Aunque la mayoría de sus clientes son horticultores, el producto ya se aplica en praderas chicas, barras con micropotrillos y tambos que dosifican el bioinsumo con estiercolera. En esos casos no se trata de probar algo nuevo, sino de resolver una necesidad concreta con lo disponible: transformar residuos en un insumo útil, sin riesgo de quemas, ni sobrecarga de patógenos.
Muñoz no habla de promesas, habla de resultados que ya vio en el campo. Lo que hoy parece un insumo marginal puede funcionar como parte de un sistema trazable, circular y más simple de lo que parece.
Cómo funciona LombriPlus
El sistema que propone LombriPlus se basa en dos organismos que trabajan en cadena: la larva de Hermetia illucens (mosca soldado negro) y la lombriz roja californiana. “Dos bioreactores naturales”, dice Muñoz.
Explicó que la larva actúa primero, en “condiciones ácidas extremas, con pH que puede llegar a 2 o 3”. Luego entra la lombriz, que trabaja “entre pH 5 y 8”. El trabajo de ambas especies es complementario, y al final, “lo que la larva destrozó, a la lombriz ni trabajo le da”, afirma el empresario.
La larva degrada la materia orgánica inicial y produce un frass –el residuo sólido que dejan las larvas tras alimentarse– cargado de ácidos grasos, como el láurico, mirístico u oleico. Eso reduce la carga de patógenos y transforma el sustrato en un alimento accesible para la lombriz, que completa el proceso al pasarlo por su sistema digestivo. El resultado son turrículos –las heces de la lombriz– ricos en microbiota, con alta humedad y propiedades antifúngicas.
Muñoz insiste en que “no es lo mismo compost que vermicompost”. El primero depende de temperatura y manejo, puede fermentar mal o terminar seco y sin vida. El segundo es un sistema biológico vivo. “Estoy aburrido de ver gente que vende humus seco. Si se seca, se murió”, sostuvo.
El empresario afirma que cada parte del ciclo aporta algo. La larva descompone y limpia; la lombriz estabiliza y enriquece. El producto final no necesita enriquecimiento ni aditivos, es abono líquido vivo, con trazabilidad biológica y uso directo en el campo.
Potencial en ganadería
El abono líquido producido con lombrices está ganando peso en sistemas diversos a nivel internacional. Muñoz lo ve funcionando especialmente en praderas chicas y tambos, donde la disponibilidad de fertilizantes industriales es baja y los residuos abundan. “En un tambo, en un período de cría, esa es la clave de todo”, dice. El producto puede aplicarse “con estiercolera”, sin “cambios de infraestructura”, y encaja en momentos clave del manejo, sin “alterar el esquema del productor”.
El potencial está en zonas con animales, materia orgánica disponible y necesidad de reducir insumos comprados. “Lo usan en la barra con micropotrillos”, cuenta. Esa seguridad lo vuelve una opción para predios ganaderos que buscan trazabilidad sin depender de tecnologías complejas.
Planteó que el diferencial está en que no se trata de compost ni de lixiviados oscuros cargados de patógenos, sino de un “bioinsumo vivo”, donde la larva limpia y la lombriz estabiliza. En lugar de insumos externos, el propio campo cierra el ciclo. “A medida que lo vas aplicando, él se está reproduciendo, porque está vivo. Y el campo lo va aceptando”, indicó.
Vía hacia la certificación triple B
Para Muñoz el valor del abono vivo no está solo en lo que aporta al suelo, sino en cómo reposiciona la producción. “Tu producto vale distinto”, afirma. Si un productor que hacía fardos de alfalfa comienza a inocular con bioinsumo y logra certificarlo como orgánico, accede a otro nivel comercial: “pasa a ser empresa B, triple impacto, con otro costo, pero también otro mercado”, destacó.
El modelo apunta a predios que quieren reducir insumos externos y cerrar el ciclo productivo dentro del mismo campo. No requiere grandes escalas, ni inversiones complejas, pero sí asumir que la trazabilidad y la circularidad son parte del manejo. “No juegues a cantidad, jugá a calidad”, afirma. En un país que no compite por volumen, tener un insumo logrado, estable y con vida útil puede ser una vía para “diferenciarse”, sostiene.
“¿Por qué no tener todo lo que sirve? Y me va a servir para siempre, o al menos me va a mantener un nivel de calidad para siempre. ¿Por qué no hacerlo?”, se preguntó. No se trata solo de certificarse, sino de sostener un estándar productivo que no dependa “de la importación de insumos, ni de la especulación con los precios”, afirmó.
Insistió en que demostrar una producción circular permite acceder a “otro mercado”. Y “uno que empieza a valorar lo que antes parecía marginal: residuos bien gestionados, abonos vivos y procesos biológicos simples, pero trazables”, describió.
La ración proteica como parte del círculo
LombriPlus desarrolla una línea de harina proteica a partir de larvas de mosca soldado negro, orientada a la alimentación animal. “Ya hemos producido una primera muestra con un contenido de proteína cercano al 63%”, afirmó Muñoz. Ese lote inicial se elaboró a partir de gallinaza, aunque la empresa proyecta utilizar como sustrato principal el bagazo de cerveza artesanal, por ser más estable, seguro y fácilmente trazable. “El objetivo es lograr productos de alta calidad, a partir de insumos limpios y controlados”, señaló.
El procedimiento implica una fase de fermentación anaeróbica, que mejora las propiedades del sustrato antes de su consumo por las larvas. Estas se recolectan en su etapa óptima de desarrollo, cuando aún no han formado quitina, lo que permite conservar un perfil nutricional más completo.
“La recolectamos a los 11 días, con alto contenido de grasa y sin quitina. Una vez secada en horno, el perfil de aminoácidos y la concentración de nutrientes se potencian”, explicó el empresario.
El producto fue analizado con instrumental de alta precisión en laboratorio. “Se utilizó un cromatógrafo de última generación, que no se había estrenado, y los resultados confirmaron su calidad”, destacó.
Su comercialización se encuentra en espera de aprobación por parte del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. “Contamos con dos interesados, uno de raciones para perros, y otro de alimentación de terneros”, indicó.
Muñoz comentó que el uso de frass ya está consolidado en otros países. “En Sudáfrica y Namibia se utiliza como ingrediente en raciones para terneros, y fue presentado recientemente en Alemania”, señaló.
En LombriPlus este frass es reintroducido en los lechos de lombrices, lo que da lugar a una segunda etapa de bioconversión, que refuerza su valor como enmienda y permite combinar propiedades del vermicompost con las del residuo de larva. “Lo que obtuvimos no fue solamente un frass ni un humus convencional, sino un producto nuevo, que combina ambas digestiones biológicas”, explicó.
El suministro de bagazo proviene de cervecerías artesanales locales, en volúmenes que oscilan entre 300 y 400 kilos. La empresa prevé aumentar la escala una vez que se concrete un acuerdo con un polo cervecero en desarrollo en Parque del Plata (Canelones), lo que garantizaría una fuente regular y suficiente de materia prima. La harina de larva forma así parte de un sistema integrado de aprovechamiento de residuos orgánicos, con proyección a corto plazo.
La escala de lo posible
El modelo que combina lombrices y larvas para transformar residuos orgánicos en bioinsumos ya se industrializa en otros mercados, como “Galicia, Texas, Francia, Noruega y Finlandia”, donde empresas especializadas desarrollan instalaciones de gran escala. “Conocí empresas que venden enormes volúmenes de vermicompost en Europa”, comentó. En Estados Unidos,el modelo avanza aún más hacia el servicio personalizado: “En vez de venderte el bioinsumo, te mandan un móvil con un camioncito o cisterna, te lo preparan en el lugar y te hacen el fertirriego”, describió.
Sin embargo, consideró que Uruguay debe buscar otro camino, menos enfocado en volumen y más centrado en calidad. “Acá no podemos tener cantidades. No competís con China, ni con Estados Unidos, pero sí podés tener un producto de altísima calidad, concentrado”, afirmó. A propósito, opinó que existe una oportunidad de diseñar sistemas pequeños, adaptables y eficaces, capaces de integrarse a escala predial. “Apuntar a algo súper espectacular, pequeñito, pero fuertísimo”.
Esa estrategia se alinea con experiencias que ya comienzan a consolidarse en el país. A través de un proyecto apoyado por la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE), LombriPlus está armando una planta en Montevideo que permitirá caracterizar distintas biomasas disponibles y generar insumos adaptados a cultivos específicos. “Todos los vermicompost van a ser caracterizados uno por uno, para saber cuál sirve para frutilla, y cuál para alfalfa”, señaló.
La conversión in situ es parte de ese modelo. Frente a las restricciones para desechar residuos, varios productores ya incorporan soluciones dentro del predio. “Antes lo tiraban, ahora se hacen unidades de conversión en el mismo lugar”, explicó. En esos casos el bioinsumo no solo resuelve un problema de descarte, también queda disponible para usar en praderas, pasturas o cultivos propios. El empresario afirma que esto puede adaptarse a sistemas ganaderos o lecheros. Se evita logística, reduce costos y agrega valor. “El campo queda orgánico in situ, y usted se olvida de los problemas”, aseveró.
En ese marco, LombriPlus plantea una bioeconomía adaptada al país, sin depender de grandes inversiones ni estructuras complejas. “Lo que se puede hacer acá es poco, pero espectacular”, aseguró.
La empresa saudí Salic International Investment Company (SIIC), subsidiaria de propiedad absoluta de Saudi Agricultural and Livestock Investment Company, afirmó ante el Consejo Administrativo de Defensa Económica (Cade) de Brasil que es un accionista minoritario pasivo en BRF y Minerva, sin capacidad para influir en sus decisiones.
El inversor —dueño del 11,03% de BRF y del 24,49% de Minerva— aseguró que “no posee ningún derecho político que le permita interferir o influir en la independencia y el curso normal de los negocios y la gestión” de ambas compañías. La declaración responde a un pedido formal de información del Cade en el marco de la propuesta de adquisición de BRF por parte de Marfrig.
La operación fue aprobada el martes por los accionistas minoritarios de ambas empresas, mientras que Salic se abstuvo de votar y no participó en las negociaciones. El Cade había autorizado la transacción en junio, pero Minerva impugnó la decisión y pidió un análisis más exhaustivo, argumentando que la fusión implicaría que Salic pasara a tener influencia en las decisiones comerciales de tres competidores: Minerva, Marfrig y BRF.
El organismo respondió aceptando una revisión más prolongada. Según el presidente del Cade, “los presuntos hechos, de comprobarse, podrían indicar una posible alineación de intereses e intercambio de información sensible entre competidores”. La decisión será evaluada por un panel virtual el 11 de agosto.
Por ley, el Cade dispone de hasta 240 días, prorrogables por 90, para investigar fusiones complejas. Si se aprueba, MBRF Global Foods Company —nombre de la nueva firma— operará plantas en América, Medio Oriente y Asia.
Diferencias de Minerva entre Brasil y Uruguay
Mientras en Brasil Minerva argumenta ante el Cade que la presencia de Salic como accionista de MBRF es un riesgo para la competencia, en Uruguay sostuvo lo contrario. Según una nota de The AgriBiz, en presentaciones de 2024 ante el Ministerio de Economía y la Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia, los abogados de la empresa aseguraron que la participación simultánea de Salic en BRF —controlada por Marfrig— y en Minerva no implicaba riesgo de colusión.
Textualmente, indicaron que “Salic no tiene ningún control sobre Minerva” y que “posee únicamente una participación minoritaria en BRF, con lo cual difícilmente podría tener una influencia significativa”. Con la fusión, Salic seguirá siendo minoritario, con cerca del 10% de MBRF.
En Uruguay, Minerva intenta obtener la aprobación para comprar tres frigoríficos de Marfrig, operación que ya fue vetada por concentración excesiva, y propuso vender uno o dos de ellos para lograr el visto bueno. La empresa sostiene que la situación es distinta a la brasileña, ya que Minerva y BRF operan en mercados diferentes (carne bovina frente a aves y cerdos).
Accionistas aprueban fusión
La asamblea de BRF aprobó con más del 84% de votos la incorporación a Marfrig, consolidando un portafolio de carne bovina, aviar y procesados, con operaciones en América Latina, Estados Unidos, Europa, Medio Oriente y Asia. El cierre del proceso está previsto para comienzos de 2026, sujeto a aprobaciones regulatorias.
La empresa de alimentos vegetales Beyond Meat registró una fuerte caída en sus resultados del segundo trimestre, afectada por la baja demanda de sus productos en Estados Unidos.
Los ingresos trimestrales retrocedieron casi 20%, hasta US$ 75 millones, y la compañía reportó una pérdida de US$ 0,43 por acción. Además, anunció el despido de 44 empleados en su operación norteamericana como parte de un plan para reducir costos.
Beyond Meat retiró a principios de mayo su proyección de ventas anuales, atribuyéndolo a la volatilidad macroeconómica. La empresa enfrenta un escenario de consumo desfavorable, con una demanda en declive por parte de los consumidores estadounidenses, marcada por el escepticismo hacia el sabor, el nivel de procesamiento y el precio de la carne vegetal.
La incertidumbre económica también ha reducido el gasto en este tipo de productos, llevando a muchos consumidores a optar por proteínas animales más económicas.
La tensión internacional que se generó a partir de la guerra arancelaria que planteó Estados Unidos hizo que países importadores de alimentos, como los del sudeste asiático, empiecen a buscar nuevos proveedores. Esto “creo que ha provocado una sensibilización de los países, se dieron cuenta de que tienen que empezar a mirar todas las opciones, y tener otros mercados abiertos, por si hay problemas con el principal socio”, analizó la embajadora de Uruguay en Indonesia, Filipinas y la Asean, Cristina González.
“Creo que es un momento importante para nosotros, y veo que hay muchas posibilidades”, enfatizó al recibir a un grupo de empresarios uruguayos del sector agrícola –la delegación uruguaya más grande que ha llegado a Filipinas–, que realizó una gira por Asia.
La diplomática dijo a VERDE que representa al país desde hace un año y medio en esa región del mundo –asumió en enero de 2024–. Comentó que se encontró “gratamente sorprendida por todas las oportunidades que ofrece el sudeste asiático, que no han sido todavía exploradas en todo su potencial por Uruguay”.
“Estoy muy contenta de estar acá para poder aportar mi granito de arena, ir abriendo camino para que nuestro país se conozca más, y que los productos uruguayos puedan tener acceso a esta área tan importante del mundo”, dijo.
Filipinas
A propósito de las relaciones entre Uruguay y Filipinas, González destacó que “este año estamos celebrando no solo 50 años de relaciones diplomáticas, sino también la apertura del mercado para dos productos muy importantes de Uruguay: la carne y los cítricos”.
Agregó que “eso muestra el interés de Filipinas de abrirse a los productos importados”. Consideró que “es una gran oportunidad para Uruguay”, al tratarse de un mercado de 115 millones de personas, “con el cual tenemos una muy buena relación”, donde Uruguay “no tiene una presencia importante”, sostuvo.
La embajadora admitió que el intercambio comercial entre ambos países “es bajo”, y que “no ha desarrollado todo su potencial”. Las cifras del comercio total del año pasado fue de unos US$ 25 millones. Uruguay le exportó básicamente productos lácteos, mientras que Filipinas le vendió textiles y productos electrónicos. “Si bien no tenemos un déficit comercial, el potencial para ambos países todavía resulta inexplorado”, remarcó González.
“Filipinas es un país que importa alimentos, porque no puede producir una cantidad suficiente para su población, por razones climáticas, entre otras. Es ahí a donde Uruguay tiene el potencial de incrementar el comercio, y de explorar para nuevos productos”, detalló.
Los lácteos son los principales productos de exportación de Uruguay a Filipinas, recientemente se abrieron los mercados de la carne y cítricos, pero “también podemos pensar en soja y trigo, que son productos que Filipinas importa, inclusive de algunos países de la región (Mercosur)”, planteó la embajadora.
También consideró que se deberían explorar oportunidades en otros sectores. “Filipinas es un país que exporta semiconductores y productos electrónicos, podemos buscar algunos mecanismos que nos permitan ver qué otras oportunidades hay, pero para eso tenemos que acercarnos más al sector privado. Todavía nos queda mucho camino por recorrer”, reconoció.
Agregó que “hay mucho desconocimiento de ambas partes, nos vemos lejos, no nos conocemos bien, no tenemos vínculos tradicionales, comerciales. Uruguay se ha dedicado más a Europa, a Estados Unidos. El principal socio comercial de Filipinas es Estados Unidos, pero comercia mucho con la zona”.
Recordó que ese país integra la Asean (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental), “un mecanismo de integración que también tiene acuerdos con otros países de la región. Ellos son parte del Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por su sigla en inglés), un mega acuerdo que une a los a países de la región con sus socios”, en referencia a China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.
Aranceles
González indicó que los productos que exporta Uruguay pagan aranceles “bajos”, de entre 5% y 10%, “pero no olvidemos que nuestros competidores entran con arancel cero, porque tienen acuerdos con Filipinas”, puntualizó. “No quiere decir que eso nos deje afuera del mercado, porque por suerte los aranceles no son muy altos, pero al momento de sumar el flete por la distancia y todo eso, no competimos en las mismas condiciones”, dijo.
También describió que la clase media en Filipinas aumenta su poder adquisitivo. “Eso es muy importante, porque es una población muy grande, y eso hace que demanden productos importados. La oportunidad por esa vía es muy clara”, consideró.
Agregó que Filipinas tiene un vínculo económico “muy importante” con Estados Unidos, y hay que ver cómo reacciona a la política arancelaria del país norteamericano. De todos modos, destacó que “tiene una gran capacidad de diversificarse y de rehacerse”.
Destacó que la economía filipina ha crecido en los últimos años a niveles “muy importantes”, de alrededor del 7%. “Ahora bajó un poco, al 6% o 5%, pero es una economía que está en pleno desarrollo, con un gran potencial por delante, y con una población joven. Tiene mucho para seguir creciendo”, afirmó.
Y resaltó que la demanda de productos con más calidad “va de la mano con el aumento del poder adquisitivo de la clase media, y de una población joven, que es más globalizada y que demanda productos extranjeros”.
Indonesia
Indonesia es la primera economía del sudeste asiático y la 16ª a nivel mundial, con 280 millones de habitantes. “Es un país enorme, de gran potencial, con mucha riqueza”, destacó la embajadora uruguaya. Explicó que ese país tiene características diferentes a las de Filipinas. “El 80% de la de la población es islámica, entonces, cuando hablamos de acceso a mercado, es importante el rito halal”, comentó.
El año pasado Uruguay obtuvo la certificación halal para la carne y lácteos, algo que “fue un gran avance”, resaltó. Y ahora “nos queda pendiente la parte sanitaria para esos productos, pero estamos trabajando en temas de acceso al mercado”, dijo.
El comercio entre Uruguay e Indonesia “no es muy importante, no ha desarrollado su potencial, entonces tenemos mucho trabajo por delante”, afirmó. Y agregó que también hay potencial para las exportaciones de soja y trigo.
“Son productos que Indonesia no produce en suficiente cantidad, tiene que importar, entonces estamos tratando de apuntalar de alguna manera que Uruguay se posicione como un socio estratégico de Indonesia, para la seguridad alimentaria de este país”, comentó.
Agregó que el nuevo gobierno de ese país, que empezó en octubre del año pasado, tiene como uno de sus programas faros otorgarle comida gratuita a los niños y a las mujeres embarazadas. “Los niños en Indonesia son 82 millones. Ahí vemos que Uruguay podría ser un socio estratégico, por ejemplo con lácteos”, enfatizó.
A propósito de la carne uruguaya, analizó que al tratarse de un producto alta calidad, sería para otro segmento de la población. “Es más para un mercado de nicho, pero con esta cantidad enorme de personas, el nicho es grande”, planteó. “Estamos trabajando para que esa oportunidad se transforme en una realidad, pero no es fácil”, dijo la diplomática.
Explicó que las habilitaciones tienen dos partes, la religiosa (halal) y la sanitaria. “Tenemos la esperanza de que este año tal vez se pueda hacer alguna auditoría en Uruguay”, dijo González.
Cuotas
La embajadora explicó que muchos de estos productos también están cuotificados. “O sea que una vez terminada la parte sanitaria, hay que pasar a negociar la cuota, porque la agricultura en Indonesia es muy protegida. El gobierno es el que provee algunos alimentos, no son los privados los que los negocian libremente. Entonces, al haber esa intervención gubernamental, fijan esa cuota para el ingreso de los productos, que también se producen en Indonesia, como una manera de protección a los productores locales”, describió.
El volumen de importación de cada producto se establece cada año, dependiendo del nivel de la producción local. “Los aranceles son bajos, porque tienen necesidad de importar. Lo que es difícil es el proceso de habilitación y el acceso al mercado. Hay muchas trabas no arancelarias desde hace mucho tiempo”, explicó.
Ganado en pie
La embajadora confirmó que Indonesia tiene como objetivo desarrollar su propia producción lechera y ganadera, por lo cual “tienen sumo interés en la importación de ganado en pie”, algo que ya le han planteado a Uruguay.
Hay muy pocos países que están habilitados para venderle ganado en pie a Indonesia. Uno de ellos es Australia, y el año pasado Brasil también obtuvo esa habilitación. “Para ellos es una política estratégica de Estado, y el nuevo gobierno lo está promoviendo fuertemente”, insistió la embajadora uruguaya.
Destacó que Indonesia “es un país que está en transformación, en crecimiento, que tiene un potencial enorme”. También remarcó que “tiene muchos desafíos”. Señaló que “pretende entrar a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), está en el proceso de membresía, es el único país del sudeste asiático miembro del G20, y acaba de entrar a Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica)”.
Asean
La Asean “inició como un proceso político hasta que los países se sintieron con confianza suficiente para desarrollar el aspecto económico, y ha sido un éxito”, destacó González sobre el bloque que integran 10 países del sudeste asiático, al que recientemente se sumó Timor Oriental.
También valoró que “tienen una agenda diversa de temas, es un proceso de integración profundo, con acuerdos de libre comercio con todos los países de la región, como China, Nueva Zelanda y Corea”. “Y además tienen procesos de diálogo y de cooperación, con países que ellos llaman socios estratégicos, que son muchos y van creciendo”, destacó.
“Con Malasia tenemos muy buenas relaciones, también con Vietnam, con Tailandia, pero hay otros países con los que todavía no hemos desarrollado mucho el vínculo, pero tenemos que dedicarle recursos humanos, tiempo y animar al sector privado, que es fundamental”, propuso la embajadora.
Comentó que para que el sector privado pueda hacer negocios necesita que el gobierno continúe trabajando en el acceso. “Tenemos que empezar a mirarnos para ver el potencial, y ahí encauzar las medidas para que eso suceda”, planteó.