En 50 años, los sistemas agrícolas de Uruguay se transformaron de manera “tan profunda” que resulta difícil comprender el presente sin reconstruir esa trayectoria. Los ingenieros agrónomos e investigadores Sebastián Mazzilli y Oswaldo Ernst, con el ingeniero agrónomo y estudiante de maestría, Juan Ahunchain, analizan este proceso desde una perspectiva histórica y agronómica, señalando que los cambios no fueron lineales ni homogéneos, sino que respondieron a ciclos económicos, avances tecnológicos, transformaciones del marco regulatorio y variaciones en los modelos de negocio.
La agricultura de los años 70 es casi irreconocible en comparación con la actual. En ese primer hito el país operaba bajo un esquema que alternaba períodos de cultivos –principalmente trigo y girasol– con tres o cuatro años de pasturas perennes. La labranza continua, típica del período, producía pérdidas de fertilidad, erosión hídrica, degradación física del suelo y limitantes productivas que comenzarían a manifestarse con claridad hacia finales de esa década.
El segundo hito llegó en los años 90, con la adopción masiva de la siembra directa. Esta innovación representó un quiebre conceptual: pasó de verse como una técnica experimental a convertirse en el eje de una nueva lógica de manejo. La eliminación progresiva del laboreo permitió estabilizar el suelo, reducir la erosión, conservar humedad y disminuir costos de operación, abriendo la puerta a una intensificación del uso del recurso que sería determinante en las décadas siguientes.
Sin embargo, el tercer hito pondría a prueba los límites de este modelo. A partir de comienzos de los años 2000, la agricultura uruguaya consolidó sistemas de cultivos continuos bajo siembra directa, pero con una profunda simplificación productiva marcada por la creciente dominancia de la soja. Esta etapa fue económicamente expansiva y técnicamente desafiante, y reactivó procesos de degradación que se creían superados.
La simplificación extrema tensionó los balances de nutrientes, redujo la diversidad funcional de los sistemas y aumentó su vulnerabilidad frente a eventos climáticos.
El cuarto hito, visible a partir de 2015, corresponde a un proceso de rediversificación. Este cambio estuvo fuertemente influido por la reglamentación obligatoria de los Planes de uso y manejo de suelos, que fijaron límites claros al riesgo de erosión y establecieron un marco para ordenar el uso del suelo.
Esta etapa reflejó una búsqueda de mayor equilibrio entre productividad y sostenibilidad, a través de la incorporación de nuevos cultivos estivales e invernales, y en algunos casos del retorno de las pasturas de corta duración.
El sistema y las evidencias
Los experimentos de largo plazo muestran que cada uno de estos hitos estuvo asociado a procesos específicos de degradación o recuperación del suelo. La labranza continua de los años 70 derivó en pérdidas acumuladas que condicionaron los rendimientos. La siembra directa contribuyó a recuperar estabilidad, pero la simplificación productiva de los 2000 reactivó fenómenos que parecían controlados. La respuesta institucional fue decisiva. La reglamentación plena de la Ley de Conservación de Suelos y la implantación obligatoria de los Planes de uso marcaron un antes y un después. Estos instrumentos introdujeron criterios técnicos, basados en modelación para habilitar o prohibir secuencias de cultivos según su riesgo de erosión.
Sin embargo, Mazzilli y Ernst advierten que la erosión hídrica, aun siendo un parámetro crítico, es solo una pieza del rompecabezas. La sostenibilidad real es multidimensional. No basta con controlar la erosión si los sistemas son inestables en sus rendimientos, ineficientes en el uso de los recursos, desbalanceados en su nutrición, vulnerables a malezas resistentes o generadores de impactos ambientales fuera del predio.
Para comprender esta complejidad los autores destacan el valor de los registros de gestión de predios comerciales como una herramienta clave, que permite analizar trayectorias productivas bajo condiciones reales. La aplicación de técnicas multivariadas abre la posibilidad de evaluar cómo interactúan en el tiempo diversidad, intensidad de uso, balances de nutrientes, estabilidad de rendimiento y desempeño ambiental.
Indicadores para medir sostenibilidad
El trabajo se apoya en un antecedente relevante: el proyecto “Sustentabilidad ambiental y económica en predios agrícola-ganaderos” (FPTA 327), ejecutado por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) entre 2011 y 2013. Allí se evaluaron 11 indicadores que mostraron una fotografía preocupante del sistema previo a los Planes de uso.
Según los datos del estudio, 60% de los predios superaba los niveles tolerables de erosión; solo un tercio tenía ingresos suficientes de carbono para sostener el carbono orgánico del suelo; la captura de agua de lluvia era baja; el balance de potasio era negativo; el balance de fósforo variaba entre neutro y muy positivo; y los ingresos excesivos de nitrógeno generaban riesgos ambientales y productivos.
Este diagnóstico fue previo a la regulación obligatoria y constituye una línea de base para medir qué tan lejos ha llegado el sistema en los últimos años.
De las 30 empresas analizadas originalmente, 20 mantienen registros actualizados, lo que permite evaluar la evolución bajo un marco regulatorio exigente y en un contexto de mayor intensificación.
Cuatro trayectorias después de una década
A partir de los registros entre 2011 y 2023, los autores identificaron cuatro trayectorias representativas de los sistemas agrícolas del país. La agricultura continua simple, en intensificación, se caracteriza por un uso altamente intensivo del suelo, con baja diversidad, un modelo que tiende a generar vulnerabilidades agronómicas y ambientales.
Los sistemas agricultura-pastura en intensificación logran mantener diversidad funcional y estabilidad, gracias a la inclusión de pasturas dentro del ciclo agrícola. Los sistemas en transición, que pasaron de agricultura continua a agricultura-pastura, muestran un movimiento hacia estructuras más equilibradas. Y finalmente, la agricultura continua diversificada surge como una evolución de sistemas originalmente intensivos, que incorporaron mayor diversidad de cultivos como forma de mejorar estabilidad y reducir riesgos.
Estos grupos fueron analizados nuevamente utilizando los indicadores del FPTA 327 y nuevas métricas vinculadas al nitrógeno y a la estabilidad de rendimientos. Este enfoque permitió comprender cómo evolucionaron los sistemas ante los cambios regulatorios, tecnológicos y climáticos de la última década.
Mejoras evidentes y señales de alerta
Los resultados muestran avances importantes. Los ingresos de carbono al suelo aumentaron, aunque aún se ubican por debajo del umbral de referencia de 4.000 kg/ha/año necesario para sostener niveles de carbono orgánico.
La captura y el uso del agua de lluvia mejoraron, lo que refleja avances en estructura y cobertura del suelo. El balance de potasio mostró señales de recuperación, aunque permanece en valores negativos, mientras que el balance de fósforo se estabilizó en niveles cercanos a la neutralidad. La erosión hídrica, gracias a los planes de uso, se mantuvo por debajo de los límites de tolerancia en todos los sistemas analizados.
Pero los indicadores asociados al nitrógeno revelan el aspecto más crítico: la eficiencia de uso del nitrógeno cayó de 0,93 a 0,80, el excedente de nitrógeno aumentó de 24 a 40 kg/ha/año y la Productividad Parcial del Nitrógeno se redujo de 44 a 34 kilos de grano por kilo de nitrógeno aplicado. El deterioro del manejo del nitrógeno no solo implica un impacto ambiental, sino también un problema económico, ya que reduce la eficiencia del sistema y aumenta los costos por unidad de producto.
La estabilidad de los rendimientos es otro indicador clave. Todos los sistemas perdieron estabilidad, aunque con diferencias marcadas. Los sistemas con pasturas son los que mejor conservan la estabilidad interanual, seguidos por los sistemas diversificados.
En cambio, la agricultura continua simple en intensificación muestra los niveles más bajos de estabilidad, lo que confirma que la presencia de pasturas sigue siendo un factor determinante para amortiguar variaciones climáticas y productivas.
Los “nuevos viejos problemas”
Los autores señalan que los problemas intraprediales no han desaparecido, sino que solo mutaron. La degradación del suelo se manifiesta de formas más sutiles y difíciles de detectar, especialmente en sistemas de alta intensidad, donde los rendimientos pueden ocultar por años síntomas de deterioro hasta que un evento climático adverso los expone.
La mejora genética y tecnológica permite mantener niveles productivos elevados, pero no evita la degradación estructural del recurso si no existe un manejo integrado.
Los desbalances nutricionales siguen siendo frecuentes. La aplicación excesiva de algunos nutrientes y la omisión de otros generan acumulaciones, pérdidas potenciales y riesgos ambientales. La acidificación del suelo es uno de los procesos más extendidos y está vinculada al uso reiterado de fertilizantes amoniacales y a la extracción continua de cationes, un fenómeno que obliga al encalado. Esta práctica tiene costos significativos y también impactos ambientales propios, derivados de la extracción, transporte e incorporación del material.
El manejo de malezas resistentes se transformó en otro de los grandes desafíos. Las estrategias actuales, basadas en mezclas de herbicidas, cultivos genéticamente modificados y un mayor uso de preemergentes, mejoraron el control, pero incrementaron la carga química aplicada.
La expansión de las sojas Enlist, que en los últimos dos años representaron cerca del 35% del área nacional, refleja tanto la necesidad de nuevas herramientas como la complejidad adicional que genera la residualidad de algunos herbicidas. Esta residualidad condiciona rotaciones y decisiones agronómicas con efectos que trascienden el ciclo inmediato.
Tensiones socioambientales y el agro
Mazzilli y Ernst destacaron que los problemas extraprediales –aquellos que trascienden el predio y afectan bienes públicos o percepciones sociales– pasaron a ocupar un rol central en la discusión agrícola contemporánea. La sociedad observa con creciente inquietud las pérdidas de nutrientes hacia cuerpos de agua, la deriva de agroquímicos, la disminución de la diversidad biológica en el paisaje y la contribución del sector agropecuario a las emisiones de gases de efecto invernadero.
Uruguay, además, emitió instrumentos financieros cuya valorización está vinculada al cumplimiento de metas ambientales, lo que introduce un nuevo nivel de responsabilidad para el sector.
Este escenario se combina con una desconexión creciente entre productores y consumidores. En un contexto de urbanización acelerada, la mayoría de la población desconoce cómo se producen los alimentos y cuáles son las condiciones reales bajo las cuales opera la agricultura. Esta brecha dificulta la construcción de políticas públicas basadas en evidencia y favorece la circulación de percepciones erróneas, que pueden influir en decisiones regulatorias o en patrones de consumo.
A esto se suma un condicionante estructural determinante: entre 60% y 70% del área agrícola se trabaja bajo arrendamiento, lo que limita la adopción de prácticas cuyo retorno económico aparece recién en el mediano o largo plazo. Los autores advierten que sin rentabilidad sostenida, ninguna estrategia ambiental será viable.
Tres líneas estratégicas para el futuro
El trabajo concluye con tres líneas de acción que, según los autores, deben orientar la evolución del sistema. La primera es mejorar el desempeño del sistema actual, con más eficiencia por unidad de producto, manejo basado en resultados verificables en suelo, agua y biodiversidad, y más transparencia de la información.
La segunda es diseñar sistemas alternativos, capaces de permitir transiciones ordenadas hacia modelos más diversos, con mayor presencia de especies perennes, mosaicos de diversidad adaptados al paisaje y menor dependencia de insumos externos. Incluso plantean que en el futuro las métricas ambientales podrían incorporarse como condición en contratos de arrendamiento y financiamiento.
Y la tercera es reconstruir la relación entre producción y sociedad, reduciendo fricciones ambientales y asegurando la licencia social que permita proyectar un modelo sostenible.
Ambev entregó reconocimientos basados en una herramienta desarrollada en Uruguay, que evalúa el desempeño de los acopios en tres aspectos: agro, calidad y logística.
El programa BWO (Barley Warehouse Operations) comenzó en 2020. “Empezamos con un manual operativo y terminó siendo un programa de gestión que conecta a los acopiadores con las malterías, con lo que requieren las malterías, con las oportunidades que tienen las plantas de acopio y con un proceso de aprendizaje continuo”, comentó a VERDE el gerente de Logística de Ambev, Ricardo Long.
Destacó que el programa se revisa todos los años, incorporando ajustes a partir de los aprendizajes y del intercambio con los propios acopiadores.
BWO se estructura sobre el pilar agronómico. Se analizan aspectos vinculados a la originación y el recibo de la cebada, el control durante la zafra y las condiciones de conservación. En el eje de calidad el foco está puesto en la preservación de la germinación, la calidad física del grano y las condiciones en las que la mercadería se entrega al momento del despacho. Finalmente, el pilar logístico evalúa el desempeño operativo, incluyendo despacho, tiempos de respuesta y cumplimiento de los planes de expedición a lo largo del año.
Las plantas son evaluadas con los mismos criterios y herramientas. El sistema clasifica a los acopios en tres categorías: A, con una adherencia igual o superior al 80%; B, con valores entre 69% y 80%; y C, con niveles entre 55% y 69%. Esta estandarización, remarcó Long, permite padronizar la forma de trabajar y generar comparabilidad entre plantas, independientemente de su ubicación o escala.
Cada año Ambev distingue a las cinco plantas con mejor desempeño global dentro del programa. Además, desde el año pasado se incorporó el reconocimiento al “embajador BWO”, que destaca la trayectoria y la consistencia en la adherencia al sistema a lo largo del tiempo.
En esta edición el reconocimiento como embajador BWO fue para Myrin, mientras que las plantas con mayor adherencia al programa fueron: Sergio Pastorini, Garmet, Myrin Paysandú, Calmer y Dufour Commodities – El Chajá del Litoral.
Mirada de maltería: calidad como eje
La gerente de planta de Maltería Uruguay, Mariángeles Antenucci, destacó que BWO es “vital” para el funcionamiento de la cadena. “Tener un sistema de gestión que deje las cosas claras, que se pueda compartir y retroalimentar entre lo que aprendimos como industria y lo que viven los acopiadores, es fundamental”, afirmó la ejecutiva.
Antenucci remarcó que el corazón de la industria maltera está en la correcta conservación de la cebada. “Necesitamos que llegue en óptimas condiciones cuando la necesitamos en la maltería, para poder producir la cerveza. Eso retroalimenta la exportación y la industria nacional”, señaló.
En ese sentido, subrayó que hoy las cervezas producidas por FNC se elaboran con malta 100% uruguaya, a partir de cebada también producida íntegramente en el país.
La ejecutiva indicó que con el correr de los años se observa una evolución clara en el desempeño de los acopios. “Cada vez son más los que están en categoría A, y eso va de la mano con un mejor servicio. Los propios acopiadores lo reconocen y llevan el programa como bandera”, afirmó.
En la misma línea, el gerente de planta de Maltería Paysandú, Wilson Ghuisoli, recordó que antes de la implementación del BWO la cebada se almacenaba en plantas de terceros, sin una guía clara para asegurar la calidad.
“Hoy el programa nos asegura un mayor cuidado y una calidad más homogénea en todas las plantas, algo clave porque la cebada tiene que entregarse viva para poder germinar”, describió.
Proyección regional: interés de Argentina
La experiencia uruguaya comienza a proyectarse a la región. Desde Argentina, el gerente de Logística Agronómica de Ambev, Lucas Casales, explicó a VERDE que el programa ya se utiliza en operaciones propias, pero que el desafío es extenderlo a acopiadores terceros, como ocurre en Uruguay.
Casales señaló que la herramienta resulta atractiva, tanto como sistema de gestión como por su capacidad de motivar a los proveedores a través de rankings y reconocimientos. “Nos interesa replicar el concepto de trabajar en conjunto: agro, calidad y logística; pero adaptándolo a la realidad argentina”, indicó.
“El desafío es convencer a los acopios de que esto es usable y que les trae beneficios. No es copiar y pegar el modelo, sino pensarlo como un plan a tres o cinco años, escalonado”, explicó Casales.
Las importaciones de soja de China alcanzaron un récord histórico en 2025, impulsadas por un fuerte aumento de las compras desde América del Sur, en un contexto marcado por la incertidumbre comercial con Estados Unidos.
De acuerdo con datos aduaneros oficiales, el mayor importador mundial de soja ingresó en 2025 un total de 111,83 millones de toneladas (Mt), lo que representó un crecimiento de 6,5% respecto al año anterior y marcó el volumen anual más alto registrado hasta el momento.
El récord fue impulsado por envíos concentrados de los principales países productores de la región, en particular Brasil y Argentina, que explicaron buena parte del aumento de las importaciones durante el primer semestre del año, según explicó a Reuters Liu Jinlu, investigador agrícola de Guoyuan Futures.
El analista señaló que la escalada de la guerra comercial entre China y Estados Unidos durante el segundo y tercer trimestre de 2025 elevó la incertidumbre sobre el abastecimiento, lo que llevó a los compradores chinos a adelantar compras de gran volumen de soja sudamericana para asegurar suministro.
En el cierre del año, las importaciones también se mantuvieron firmes. Durante diciembre, China recibió 8,04 Mt de soja, un incremento de 1,3% frente al mismo mes del año anterior.
El negocio agrícola se presenta “complejo”, los precios bajos exigen alta productividad, pero este escenario “ayuda a mejorar muchos aspectos de la gestión”, analizó el productor agrícola-ganadero Carlos Dalmás, director de Dalmás Agro. En esta entrevista con VERDE destacó las mejoras en genética, fertilización y agricultura por ambiente, así como ajustes a nivel de la gestión, sobre todo en logística y planificación.
Planteó el ejemplo de la soja, que si se siembra después del 20 de noviembre se estiman pérdidas del orden de “40 kilos por hectárea por día”. Y explicó que si se logra adelantar 10 días, significan “unos 400 kilos de soja por hectárea”.
En tal sentido, señaló que incluso “muchas veces conviene pagarle un poco más a alguien que pueda hacer el trabajo en menos tiempo”, porque “eso termina mejorando el resultado final del negocio”. Y también se refirió a aspectos de la gestión comercial y financiera de la empresa.
Dalmás Agro siembra “cerca de 10.000 hectáreas” y “alrededor del 70%” del área está en Colonia, el resto se distribuye entre Soriano, San José y Canelones, comentó. También señaló que aproximadamente el 70% del área donde siembra la empresa “se viene explotando desde hace más de ocho años”, ya que prioriza relaciones estables con los propietarios de los campos, lo que le permite hacer inversiones, como riego o recuperación de suelos.
Recordó que hace 10 años comenzó con la agricultura por ambientes, algo que “generó un escalón grande en rendimiento”. Y consideró que el segundo escalón tiene que ver con encalado y el uso de enmiendas de suelo.
Para Dalmás “hay que seguir preocupado por producir bien y al menor costo posible”, y estar preparado para “moverse y capturar” las oportunidades de precios cuando aparezcan en el mercado.
Dalmás Agro venía desarrollando su producción ganadera en rastrojos o en algunos campos en rotación, pero en los últimos años se asoció con un especialista en ese rubro, quien además se dedica a la compra y venta de ganado, e instalaron dos encierros, que comenzaron con una capacidad instantánea de 1.000 cabezas.
¿Cómo analiza el panorama del negocio agrícola tras el cierre de la zafra de invierno 2025-2026 y el arranque de la campaña de verano?
Estamos en un momento de la agricultura con números muy ajustados. Hay una dependencia enorme de los rendimientos, el resultado del negocio depende muchísimo de la productividad. En los cultivos de invierno, en muchos casos con altos rindes, apenas se logra empatar. En Uruguay, históricamente, los cultivos de verano son los que terminan haciendo la cuenta del año. Cuando los rendimientos acompañan, logran compensar las pérdidas o los márgenes ajustados del invierno. Es un momento complejo, que al mismo tiempo está ayudando a mejorar muchos aspectos de la gestión del negocio.
¿En qué aspectos concretos ve que está mejorando la gestión?
Hay mejoras dentro del campo y fuera del campo. Dentro del campo se sigue buscando permanentemente mejorar la productividad, mediante la innovación en genética, mejoras en manejo, fertilización, agricultura por ambientes, o sea todo lo que es tecnología aplicada al sistema productivo. Desde el punto de vista de la gestión se están generando cambios muy importantes fuera de la chacra. Vemos claramente que hay margen dentro del campo, pero también fuera del campo, en todo lo que es logística, planificación y organización del sistema.
¿De qué forma?
Principalmente en la logística, que hoy impacta muchísimo. En un país con costos de flete tan altos, decidir qué cultivo sembrar y a dónde va a ir ese grano tiene un impacto enorme en el resultado. También influye mucho la gestión de los tiempos de siembra y de cosecha, que permite hacer las labores de forma más eficiente y, en algunos casos, adelantar la cosecha. Hoy se piensa en sobredimensionar equipos de siembra o de cosecha para poder levantar o sembrar los cultivos en menos tiempo. En soja, por ejemplo, a partir del 20 de noviembre se estima una pérdida del orden de 40 kilos por hectárea por día por atraso en la fecha de siembra. Si lográs adelantar 10 días, estás hablando de unos 400 kilos de soja por hectárea, se tiene que analizar muy bien y puede resultar en un ingreso que puede justificar decisiones de gestión, incluso inversiones en maquinaria o acuerdos diferentes por servicios.
¿Ese tipo de decisiones forman parte de una lógica puramente empresarial?
Sí, claramente. Es una decisión empresarial. Incluso cuando se contratan servicios, muchas veces conviene pagarle un poco más a alguien que pueda hacer el trabajo en menos tiempo, con mayor concentración de equipos, porque eso termina mejorando el resultado final del negocio.
¿Esto ya lo están implementando?
En algunas labores sí, y estamos evaluando implementarlo con más fuerza hacia la próxima zafra. En los cultivos de invierno, por ejemplo, vemos que la cosecha se concentra cada vez más en pocos días y ahí se pierde mucho rendimiento. Ese es uno de los aspectos de gestión que queremos mejorar, junto con la logística, donde ya venimos trabajando bastante.
¿Qué otros aspectos de gestión están ganando relevancia?
Todo lo que tiene que ver con la gestión comercial y de ventas. No se trata solo de vender anticipado, sino de gestionar comercialmente toda la producción. Hoy usamos herramientas que permiten asegurar pisos de precio, porque el mercado tiene mucha volatilidad y precios relativamente bajos. En soja, por ejemplo, si estás por debajo de determinados niveles de precio el negocio se vuelve muy complicado. Hoy estamos en torno a los US$ 360 por tonelada, y por debajo de US$ 360 y US$ 350 por tonelada el negocio queda muy difícil. En ese contexto, pensar en poner pisos de precio cuando el mercado lo permite es clave. Otro tema que impacta en los números es la gestión financiera, si está ordenada se puede conseguir mejores condiciones para la compra de insumos, entre otras cosas.
¿Pudieron fijar precios cuando la soja estuvo por encima de US$ 380?
Sí, vendimos algo, pero al igual que el año pasado, los mejores niveles de precio se dieron en un momento en que los cultivos todavía no estaban implantados. Eso limita la posibilidad de vender grandes volúmenes. Además, la última gran sequía nos quitó un poco de audacia para vender muchos kilos por adelantado, en ese momento se vendieron más kilos de lo que finalmente se terminaron cosechando. En estos casos es donde funcionan bien las coberturas de precio de las que hablamos.
¿Cómo se planifica la rotación en este esquema de gestión?
La rotación, a grandes rasgos, ya está definida. No tenemos grandes cambios en cuanto a los cultivos que sembramos. Respetamos el cultivo a sembrar, luego lo que se puede ajustar son los ciclos, para ajustar las fechas de siembra. Solemos decir que el negocio lo pensamos en décadas, no en campañas; se piensa a largo plazo. Eso es clave. Después, dentro de cada campaña, sí se pueden tomar decisiones tácticas, como ajustar fechas de siembra para ordenar mejor la cosecha y el uso de las máquinas.
¿Ese ordenamiento tiene impacto real en el margen?
Sin duda. En soja el impacto es muy fuerte. Si considerás una pérdida teórica de 40 kilos por hectárea por día de atraso, estamos hablando de mejoras de margen que pueden llegar a US$ 80 por hectárea. Es una estimación teórica, pero sirve para dimensionar la importancia de la gestión de tiempos.
¿Cómo es el relacionamiento con los propietarios de los campos?
Tenemos una relación de largo plazo. Aproximadamente el 70% del área que trabajamos la venimos explotando desde hace más de ocho años, ese porcentaje no es más alto porque en los últimos dos años hemos crecido. Priorizamos relaciones estables, y eso nos permite hacer contratos más largos e incluso inversiones, como riego o recuperación de suelos, que solo se justifican en acuerdos de largo plazo. La idea no es solo pagar una renta, sino generar valor para el propietario, mejorar el campo y dejarlo en mejores condiciones. Eso requiere construir confianza, algo que se logra con el tiempo. Por eso arrancamos con contratos cortos y luego vamos apuntando a los acuerdos de largo plazo. Es muy sano para el sistema, para la sustentabilidad, para lograr mejores cultivos, porque la fertilización se puede pensar de otra manera, con esa lógica en algunos campos estamos encalando. Son puntos que ayudan a no desvalorizar un campo, hoy hay mucha demanda, pero entiendo que el agricultor empezará a elegir los campos que arrienda. Es muy caro mejorar un campo que viene erosionado, con malezas o bajo pH, eso te puede llevar el margen de dos años, por lo cual esos campos valdrán menos.
¿Ese enfoque también incluye inversiones como el riego?
Sí. Donde invertimos en riego fue porque el campo ya tenía una represa y posibilidad de ampliación. Se armó un proyecto, se negoció la renta del área regada y se estructuró la inversión para que se pagara en un plazo determinado. Una vez amortizada, el equipo queda para el propietario y se pasa a pagar una renta de riego. En este caso, al tener la represa, facilitó y abarató toda la inversión. Hay otros campos con acceso a cursos de agua importantes, donde también se puede pensar algo similar.
¿Qué superficie está regando?
Hoy tenemos unas 80 hectáreas bajo riego, lo empezamos también como una experiencia de aprendizaje, porque el riego tiene complejidades, pero la evaluación es muy positiva y la idea es replicarlo en otros campos donde haya relaciones de largo plazo. Ya tenemos proyectos concretos. El riego genera un escalón enorme de productividad, le pone un segundo piso al campo. Se ve clarísimo en maíz, donde el diferencial es muy grande. Además somos productores de semillas, y ahí el riego tiene un plus, porque da estabilidad y seguridad.
¿El riego seguirá creciendo en Uruguay?
Sin dudas. Uruguay tiene disponibilidad de agua y no es casualidad el crecimiento que está teniendo el riego. Creo que va a seguir creciendo y estaría muy bien que esté acompañado por políticas de promoción de este tipo de inversiones, como viene pasando. Eso animó mucho al sector a invertir y puede posicionar a Uruguay como un ejemplo. Mirás Google Earth y se nota claramente el cambio que ha registrado el país.
¿Cómo trabajan para sostener planteos de alta performance que son los que permiten sortear años complejos?
Hoy se habla mucho de tecnología, y la tecnología suma, mejora y ayuda a levantar rendimientos, sobre todo a los buenos productores que ya tienen bastante resuelto el tema de gestión y agronomía. Porque el timón del negocio sigue siendo el criterio agronómico y la gestión. Todo lo que aparece, en inteligencia artificial y otras herramientas, sumará mucho a quienes ya tienen bien encaminada la gestión y la agronomía. En nuestro caso, seguimos convencidos de que esos dos puntos seguirán siendo el timón del negocio.
¿Cuánto pesa la agronomía en el resultado de la empresa?
La agronomía incluye todas las decisiones técnicas. Muchas veces incluso se contraponen con la gestión, por ejemplo, uno puede querer sembrar determinado cultivo, algo para salir más rápido, por una cuestión de fechas de cosecha, pero esa no es necesariamente la mejor decisión agronómica. Ahí arranca el balance. Para mí, agronomía es sacar la mayor cantidad de kilos posible o lograr el menor costo por tonelada producida posible. Es producir mucho al mínimo costo posible, o producir muchísimo, aunque suba el costo, pero que la tonelada producida te quede lo más baja posible.
¿Qué tan determinante es el criterio técnico para lograr esos resultados?
Es determinante. Un buen agrónomo define muchísimo. En la empresa lo tengo comprobado: yo manejaba los cultivos y sacaba menos kilos que ahora, con la dirección de Alexis González. Eso lo tengo sumamente claro, porque lo veo en los resultados.
¿Qué tecnologías y prácticas permiten ser más productivos y eficientes?
Para nosotros, lo primordial es la atención al detalle. Arranca por hacer bien lo básico, elegir el mejor cultivo dentro del esquema, elegir la mejor variedad, sembrar a la profundidad adecuada y en la fecha adecuada. A eso yo le llamo el detalle agronómico. Después está la tecnología como tal, fertilización, variedades con un progreso genético enorme, sobre todo en cultivos de invierno, que van aumentando el rendimiento año a año. También lo que es tecnología dentro de los equipos, siembra y fertilización variable, corte de secciones. Hace 10 años arrancamos con la agricultura por ambientes y generó un escalón grande en rendimiento. Y ahora creo que viene un segundo escalón, que tiene que ver con encalado y el uso de enmiendas de suelo, algo que Uruguay no venía incorporando por un tema de costos.
¿Cómo imagina el negocio agrícola del futuro?
Hay que seguir preocupado por producir bien y al menor costo posible. Y como siempre pasó, van a aparecer oportunidades de precios en algún momento. Creo que va a seguir habiendo mucha volatilidad. Hay que estar preparado para moverse y capturar esas oportunidades cuando aparezcan, porque un precio que te hace bueno el negocio hay que agarrarlo. Al negocio lo veo bastante sano y en líneas generales con productores y empresas que saben lo que hacen. No es un momento de márgenes altos y el resultado está atado a la productividad.
Es gerente de Greising y Elizarzú y director de una empresa agrícola, ¿cómo ve hoy la calidad de la semilla?
Esa es una pata muy importante y se está ajustando cada vez más. Este año tenemos una calidad de semilla de soja excelente. Se nota y se está viendo lo importante que es. No tuvimos resiembras pese a que el arranque fue bastante seco, los nacimientos fueron perfectos y uniformes. Muchas veces uno está buscando qué ajustar en la sembradora, cómo regular, y en realidad la semilla impacta muchísimo más que otras variables que a veces uno trata de manejar.
¿Dónde ve las oportunidades de mejora?
En Uruguay, especialmente en semilla de cultivos de verano como soja, producir semilla es complejo, porque depende mucho del clima, sobre todo la calidad. Pero el punto clave es que, una vez que la semilla salió del campo, las posibilidades de mejora son muy limitadas. El partido se juega en la chacra, con la humedad de cosecha, en cómo cosecha la máquina, el daño mecánico, y también el manejo sanitario del cultivo. No se maneja igual un cultivo que va para industria que uno que va para semilla, y a veces en Uruguay tendemos a hacerlo todo medio parecido. Los productores de variedades, que es lo que se produce en Uruguay, debemos mejorar la producción de semillas en el campo para lograr una mejor calidad del producto final, porque eso tiene un impacto muy fuerte en rendimiento.
¿El riego puede cambiar la ecuación en la producción de semillas?
Sí, sin duda. Con el desarrollo del riego probablemente se logre más estabilidad en la producción de semillas. Desde mi punto de vista hay mucho por aprender, aunque en cebada, trigo o forrajeras, es relativamente sencillo. En soja la cosecha se vuelve compleja, porque todo el país está cosechando, puede haber lluvias o demoras, y eso termina afectando. Con riego, hay cosas para hacer que pueden impactar fuerte. En GyE venimos trabajando hace tiempo y vamos subiendo escalones, probando mucho en la parte sanitaria y en fungicidas para lograr una semilla que arranque más sana.
En los últimos años también se sumó la ganadería, ¿cómo se integra al negocio agrícola?
Me torcieron el brazo (risas). Venimos haciendo ganadería desde hace tiempo, en rastrojos o en algunos campos en rotación. Pero en los últimos años dimos un paso más fuerte a partir de asociarnos con una persona que sabe mucho de ganadería, de compra y venta de ganado, que está en el tema. Ahí se dio una sinergia muy interesante, de un lado conocimiento agrícola y del otro conocimiento ganadero. Eso permitió armar dos encierros que hoy están funcionando bien. Al principio fue un esfuerzo financiero importante, por el valor del ganado, pero hoy los negocios se están complementando muy bien y aportan estabilidad.
¿Piensa seguir creciendo en ganadería?
Arrancamos con una capacidad instantánea de 1.000 cabezas. Ahora la idea es tomarnos un tiempo para conocer bien los números, afinar el manejo y evaluar cómo seguir. Cuando un negocio funciona, entusiasma, pero queremos avanzar con cuidado.
¿En qué escala opera la empresa en agricultura y en qué zonas del país?
Estamos sembrando cerca de 10.000 hectáreas. La mayor parte del área, alrededor del 70%, está en Colonia. Después tenemos área en Soriano, en la zona de Cardona, también en San José, y una superficie más chica en Canelones.
¿Qué cultivos incluyen la rotación?
Le damos mucha importancia a los cultivos de invierno, sobre todo por la zona en la que estamos. Para nosotros el doble cultivo es fundamental. En invierno sembramos con colza primaveral e invernal, carinata, arveja forrajera, que se destina al corral con un gran aporte a la rotación, trigo y cebada. Algunos años también hacemos algún semillero de forrajeras, pero en un área chica. En verano, la base es soja y maíz, en ambos casos de primera y de segunda. La rotación está bastante armada, con aproximadamente 25% de maíz cada cuatro años, y manejamos cultivos de cobertura. Hoy estamos sustituyendo vicia por arveja, que además de fijar nitrógeno permite producir grano y deja un rastrojo interesante para el maíz. Ha funcionado mejor, es más fácil de sembrar y la residualidad de nitrógeno que deja es muy valiosa.
¿Qué rol juegan los recursos humanos en Dalmás Agro?
Uno de los mayores desafíos, y a la vez una de las oportunidades del negocio, es la gestión de las personas. En nuestro caso el logro de los objetivos es posible gracias al compromiso de cada integrante de la empresa. Esto implica, muchas veces, que el empresario deba pensar distinto y generar esquemas donde las personas puedan sentirse partícipes del negocio. Al mismo tiempo, es fundamental dedicar tiempo para transmitir los valores de la empresa, que en nuestro caso reflejan nuestros propios valores personales. Aquí el negocio no solo se trabaja, se siente y se vive. Y eso no solo nos permite cumplir objetivos, sino también disfrutar más de lo que hacemos.
TARJETA PERSONAL
Carlos Dalmás es ingeniero agrónomo con orientación agrícola-lechera. Cuenta con formación de posgrado en la Universidad de Buenos Aires (convenio FAUBA-ADP) y capacitación en gestión de empresas agropecuarias y formación ejecutiva internacional. Es propietario de Dalmás Agro, empresa dedicada a la producción agrícola-ganadera sobre campos arrendados, socio en Ganadera del Sur, y gerente general de Greising y Elizarzú.
Anteriormente se desempeñó durante casi diez años como gerente de Producción en Agronegocios del Plata, donde tuvo a su cargo el gerenciamiento de unas 70.000 hectáreas agrícolas y la coordinación de equipos de trabajo en distintas regiones del país.
Funcionarios de nivel secretario de los ministerios de Agricultura; Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios; y Relaciones Exteriores de Brasil mantuvieron el martes 13 de enero una reunión técnica con representantes del Ministerio de Comercio de China para analizar la implementación de las medidas de salvaguardia aplicadas por el país asiático a las importaciones de carne vacuna.
Durante el encuentro, Brasil planteó que los embarques de carne vacuna que ya se encuentran en tránsito o aguardando despacho aduanero en puertos chinos no sean computados dentro de las cuotas anuales de importación. Además, propuso que los cupos asignados a países que no logren cumplirlos por limitaciones productivas o comerciales puedan ser reasignados durante el año a frigoríficos y exportadores brasileños.
El presidente de la Asociación Brasileña de Industrias Exportadoras de Carne (Abiec), Roberto Perosa, señaló que Brasil ha sido el país más afectado por el actual ajuste de cuotas, con una reducción estimada en unas 600.000 toneladas, lo que representa un impacto significativo para la industria. Según explicó, algunos proveedores —en particular Estados Unidos— enfrentan restricciones derivadas de su ciclo ganadero, lo que limita sus envíos efectivos a China y deja parte de sus cuotas sin utilizar.
Perosa aclaró que Brasil no busca superar el volumen total de importaciones definido por China, sino mejorar la eficiencia en el uso de los cupos dentro del marco vigente. En ese sentido, subrayó que una reasignación más dinámica permitiría reducir distorsiones y dar mayor previsibilidad al comercio.
A nivel operativo, la delegación brasileña también manifestó preocupación por la falta de claridad en aspectos clave de la normativa, como el tratamiento de los embarques en tránsito, la transferibilidad de cuotas y los mecanismos de emisión de licencias de importación. Desde Brasil advirtieron que estas indefiniciones generan incertidumbre para la industria y remarcaron la necesidad de lineamientos más precisos para asegurar la estabilidad del mercado.
Finalmente, Perosa destacó el rol de Brasil como uno de los principales proveedores de carne vacuna de China y su aporte a la seguridad alimentaria del país asiático. En ese contexto, sostuvo que, como socios comerciales estratégicos, las medidas adoptadas deberían evaluar plenamente su impacto sobre una industria cárnica amplia y altamente descentralizada, y que las diferencias deberían canalizarse a través de un diálogo continuo entre ambas partes.
La intensificación permitió aumentar el rendimiento y la eficiencia en uso de recursos, con menor huella de carbono y riesgo de contaminación por agroquímicos, resaltó INIA.
El arroz en Uruguay ocupa alrededor de 170.000 hectáreas bajo riego y constituye uno de los principales rubros agrícolas de exportación del país. Con una producción anual cercana a 1,4 millones de toneladas de arroz cáscara, de las cuales más del 90% se destina a mercados externos, Uruguay se ubica entre los 10 principales exportadores de arroz del mundo. El sector se caracteriza por un fuerte grado de articulación entre productores e industria, conformando una cadena de valor integrada, que ha permitido sostener altos estándares de calidad y acceder a nichos de exportación de alto valor, señala un artículo de Ignacio Macedo, Álvaro Roel, José Terra y Jesús Castillo, investigadores del Sistema Arroz-Ganadería del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), que fue la base de la presentación de Macedo en el séptimo Simposio de Agricultura, realizado en Paysandú.
Allí marcó que una de las particularidades del sistema arrocero uruguayo es su integración mayoritaria con la ganadería, a través de rotaciones con pasturas perennes. Este sistema de producción fue la base del crecimiento sostenido de la productividad y de la conservación de los recursos naturales durante décadas, con un bajo uso relativo de insumos en el cultivo. Si bien la rotación arroz-pasturas continúa predominando en gran parte del área arrocera, el artículo señala una tendencia a la intensificación de los sistemas, ya sea por el aumento en la frecuencia del cultivo de arroz, la inclusión de otros cultivos –principalmente soja– y/o la incorporación de pasturas de menor duración.
Productividad, potencial y brecha de rinde
La evolución de los rendimientos del arroz en Uruguay muestra un crecimiento sostenido a lo largo del tiempo, aunque no lineal. En la década de 1930 los rendimientos se ubicaban en torno a 3.000 kilos por hectárea (kg/ha), mientras que hacia fines de los años 80 alcanzaban aproximadamente 5.000 kg/ha. En las últimas décadas los rendimientos promedio nacionales superaron los 9.000 kg/ha, posicionando a Uruguay entre los países con mayor productividad arrocera a nivel mundial.
Este proceso estuvo marcado por hitos tecnológicos y varietales. El artículo destaca la introducción de la variedad Bluebelle, en la década de 1970, como uno de los primeros grandes saltos productivos.
Posteriormente, la investigación y desarrollo de cultivares nacionales por parte de INIA tuvo un rol central, con la liberación de El Paso L144 (en 1986), INIA Tacuarí (1992), INIA Olimar (2003) y, más recientemente, INIA Merín (2016), junto con avances en el manejo agronómico vinculados al control de malezas y enfermedades, riego, nutrición y diseño de sistemas de producción.
El análisis de una serie temporal, entre 1990 y 2020, mostró que hasta 2013 los rendimientos crecieron a una tasa promedio de 159 kg/ha/año, pero entre 2013 y 2020 se observó un estancamiento, con rendimientos promedio cercanos a 8.200 y 8.300 kg/ha.
En ese mismo estudio se estimó un rendimiento potencial (Yp) de 13.900 kg/ha, por lo que el promedio nacional representaba aproximadamente el 60% del potencial.
La brecha explotable de rendimiento –definida como la diferencia entre el 80% del Yp y el rendimiento promedio– se estimó en 2.800 kg/ha, confirmando que aún existe margen para incrementar la productividad.
A partir de registros de manejo y rendimiento a nivel de chacra, provenientes de productores vinculados a la empresa Saman, se observó que la brecha entre los productores de mayor desempeño (decil superior) y el promedio nacional se ubicó entre 16% y 22%. Entre los factores de mayor impacto para reducir esa brecha se identificaron la fecha de siembra y la fertilización nitrogenada, entre otros, lo que refuerza la importancia del manejo agronómico.
Fuentes de información y bases de datos
Los resultados del trabajo se basan en dos fuentes principales. Por un lado, un experimento de largo plazo de rotaciones arroceras, establecido en 2012 en la Estación Experimental del INIA Treinta y Tres, sobre un suelo clasificado como Argialbol típico, con parcelas de 1.200 metros cuadrados, bajo un diseño en bloques completos al azar, con tres repeticiones.
El experimento se implantó sobre un campo con más de tres décadas de rotación arroz-pastura y evalúa seis rotaciones que difieren en la frecuencia del cultivo de arroz, la inclusión de pasturas perennes y otros cultivos, con todas las fases presentes simultáneamente cada año.
La segunda fuente corresponde a una base de datos de productores de la empresa Saman, que abarca el período 2012-2021, e incluye información de entre 2.000 y 4.000 chacras por año, con más de 6.000 observaciones individuales, permitiendo analizar el desempeño productivo y la sostenibilidad en condiciones reales de producción.
Sostenibilidad y evaluación ex post
Utilizando datos de productores y promedios nacionales, se evaluaron indicadores de sostenibilidad entre 1993 y 2013, incluyendo huellas de energía, nitrógeno, agua y carbono, así como el riesgo de contaminación por agroquímicos. Durante ese período el rendimiento aumentó 38%, el rendimiento energético neto 50%, la productividad del agua 41% y la eficiencia en el uso de nitrógeno se mantuvo.
Al mismo tiempo, la huella de carbono por unidad de rendimiento se redujo 30% y el riesgo de contaminación por plaguicidas disminuyó, aunque las pérdidas potenciales de nitrógeno aumentaron 37%.
En el marco del proyecto titulado “Rompiendo el techo de rendimiento del cultivo de arroz”, se evaluaron alternativas de manejo orientadas a superar los rendimientos logrados por los productores de mayor desempeño. En este caso, los indicadores ambientales fueron evaluados de forma ex post.
Las encuestas mostraron que los productores de alto rendimiento obtuvieron 14% más de producción que el promedio regional, con riesgos de contaminación por agroquímicos entre 25% y 99% menores, y eficiencias en el uso de nitrógeno y huella de carbono similares. En ensayos de campo las prácticas que permitieron superar el rendimiento de los productores de punta incrementaron la producción en torno al 7%, pero evidenciaron una disminución de las eficiencias en el uso de recursos y un aumento de la huella de carbono.
Sinergias y análisis de rotación
A partir de aproximadamente 4.000 datos de chacras, se analizaron cinco indicadores de desempeño entre 2012 y 2017, abarcando cerca del 40% del área arrocera nacional. Los resultados mostraron que ningún productor se ubicó simultáneamente en el 10% superior en todos los indicadores, evidenciando la existencia de compromisos entre ellos.
Las mayores brechas entre el promedio y los productores de mejor desempeño se observaron en el riesgo de contaminación por agroquímicos (33%), mientras que las menores correspondieron al rendimiento (11%). Se identificaron sinergias entre rendimiento y eficiencia en el uso de recursos, aunque no con la huella de carbono ni con el riesgo de contaminación de agroquimicos.
El análisis a nivel de rotación mostró que el arroz antecedido por pasturas o soja alcanzó los mayores rendimientos, cercanos a 9.800 kg/ha, 14% mayor que sobre rastrojo de arroz.
El sistema arroz-pasturas compensó cerca del 50% de sus emisiones mediante el aumento del carbono orgánico del suelo, con menor variabilidad del margen bruto y menores costos.
En contraste, el arroz continuo presentó mayores ingresos, pero también los costos más altos y el menor margen bruto. El índice multicriterio fue mayor en el sistema arroz–soja, mientras que el arroz-pasturas mostró la mayor estabilidad de la sostenibilidad.
Mensajes del trabajo
Los autores señalan que la evolución de los rendimientos del arroz en Uruguay ha sido sostenida, alcanzando productividades cercanas a 9.000 kg/ha, aunque continuar cerrando brechas será cada vez más desafiante. Durante dos décadas, aumentó el rendimiento y, al mismo tiempo, la eficiencia en el uso de recursos, reduciendo la huella de carbono y el riesgo de contaminación por agroquímicos.
Si bien los productores de mayor desempeño lograron mejores resultados productivos y ambientales que el promedio, intentar superar esos niveles generó aumentos en algunos impactos ambientales. La intensificación de las rotaciones arroz-pastura con cultivos anuales mejoró ciertos indicadores productivos, pero redujo la estabilidad global de la sostenibilidad.
El desafío planteado es avanzar en sistemas productivos con mayores servicios ecosistémicos, fortaleciendo la integración agrícola-ganadera-arrocera mediante rotaciones diversificadas, apoyadas en indicadores y métricas alineadas con certificaciones globales y políticas públicas.
La planta de bioetanol de ALUR en Paysandú alcanzó en 2025 la mayor producción histórica desde el inicio de sus operaciones, con un volumen total de 69.500 m³ de bioetanol, de acuerdo con los datos difundidos por la empresa en el marco de sus 20 años de actividad.
Además del récord en bioetanol, la planta logró máximos históricos en otros subproductos clave del proceso industrial. La producción de AdBlue® totalizó 3.394 m³, mientras que el Aceite Técnico de Maíz (DCO) alcanzó 1.295 toneladas, ambos marcando los niveles más altos registrados hasta el momento.
Durante el año, la planta procesó 169.435 toneladas de grano, con una producción de 46.632 toneladas de DDGS, destinado a la alimentación animal. La actividad industrial se desarrolló a lo largo de 326 días de producción, reflejando un alto nivel de utilización de la capacidad instalada.