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Agricultura

La agricultura aprendió lecciones que le dieron estabilidad al negocio

8 de enero de 2021

El camino más corto para enfrentar los altos costos “es incrementar la productividad, y eso demanda los últimos avances tecnológicos”, destacó el agrónomo Roberto Robino

Roberto Robino se autodefine como un “ingeniero agrónomo en retirada”, que dedicó prácticamente toda su vida a la producción agrícola, principalmente al cultivo de cebada, luego a la soja y a otros granos. Durante 15 años participó del proyecto empresarial de la firma Greising y Elizarzú (GyE), lo que significó “un proceso muy fermental” y “un trabajo muy lindo”, según dijo a VERDE.

Actualmente continúa como asesor de esa empresa, aunque ya “a cuenta gotas, para atender algún tema puntual”, según comentó. En los últimos dos años esa la empresa realizó una renovación de su personal, ya que “el 60% de los que estábamos nos jubilamos”, explicó.

El ingreso de Carlos Dalmás como gerente general de GyE, y de Vittorio Riani como gerente comercial, representan a “la sangre nueva” que hoy conduce la empresa, indicó.

GyE es un emprendimiento familiar originario de Tarariras, departamento de Colonia, una empresa que ha estado vinculada a la producción de semillas desde su fundación, en 1974. Hace 10 años lanzó Sojas Cardinal y, posteriormente, Cardinal se transformó en la marca de semillas de GyE.

Robino recordó los años de trabajo en Maltería Oriental. En 2005 dejó la empresa pero continuó ligado al cultivo de cebada cervecera y a los desafíos que presentó el negocio agrícola en aquel momento. Durante 14 años también fue asesor en logística de Garmet.

Los cambios

Desde 2002, luego de una severa crisis que había comenzado sobre fines de los años 90, la producción agrícola local fue introduciendo el sistema de siembra directa; además de la llegada de empresarios argentinos, con una manera diferente de manejar el negocio. Esos factores “motivaron cambios importantes”, comentó.

En el año 2000 Malteria Oriental “cambió el seguro mutual por otra cobertura que incluía granizo, helada, viento y exceso hídrico. Fue brindada por el Banco de Seguros del Estado (BSE), con un costo muy bueno para el productor. Eso fue clave para mantener el gallinero en pie durante dos años, que fueron terribles para cultivos de invierno, que eran el sostén de la agricultura uruguaya”.

Agregó que “el gallinero estaba armado pero sin gallinas, luego le pusimos los primeros pollitos adentro, y se retomó la actividad”.

Opinó que mejoraron los distintos materiales genéticos, y con el arribo del inversor argentino y la tecnología aplicada “se perdió el miedo a la agricultura”.

Al rememorar la manera en que los productores adaptaron su sistema productivo y dar un impulso a la agricultura, Robino consideró que eso “se logró de la mano del capital, del esfuerzo, de los créditos, de los arrendamientos de tierras, del entendimiento entre el propietario del campo y el productor”.

Tras la zafra 2014/15, cuando el sector agrícola entró en una fase de caída de los precios de los granos y altos costos de producción, “el productor aprendió a no hacer agricultura en zonas donde no debía, ya que las condiciones de los suelos no eran aptas”, reconoció.

Recordó que se plantó en regiones alejadas del corazón agrícola, ubicado en el litoral oeste, porque la soja valía US$ 500 por tonelada, y luego quedó maquinaria sin utilizar, advirtió.

Luego del repliegue agrícola, “quedó maquinaria para sembrar pasturas en zonas donde se fue achicando la agricultura. Pero en las zonas agrícolas no quedaron campos disponibles y a la vez los campos ganaderos que se habían sembrado se valorizaron, porque se podía producir sobre la base de generación de forraje en esos lugares”, analizó.

También dijo que “aprendimos a administrarnos, a manejar mejor los campos, a rotar los cultivos y a cuidar los suelos. Aparecieron los planes de uso y manejo de los suelos. Pero también aprendieron los proveedores de insumos a financiar y a cobrar”.

Sostuvo que en ese momento los proveedores “fueron clave” para el sistema, pero “el productor respondió, en mayor o menor dificultad, en más o en menos tiempo. Habrá quedado algún clavito”, admitió Robino en alusión a deudas impagas por algunas empresas o productores, “pero ninguna empresa cerró por eso”, acotó.

“Al sector hoy lo veo bien, con gente muy capacitada, contratistas con mucha tecnología y el productor está apostando a la productividad. Hay que aprender de los tamberos, para incrementar la productividad, que no sé cómo hacen pero, cuando se les complican las cosas producen más leche”, valoró.

El hoy y el mañana

Con una mirada hacia al futuro pero sin dejar de dar su visión sobre el presente del negocio de los granos, Robino cree que “el sistema agrícola uruguayo está estable en las áreas y en los operadores del sector”.

Da la sensación de que “menos de 1 millón de hectáreas de soja y 220.000 hectáreas de trigo no sembramos”, estimó.

Pero, a la vez, “el maíz superó largamente las 100.000 hectáreas, cuando estuvo varios años en torno de las 80.000 hectáreas. Por el incremento de la capacidad de Maltería Oriental, crecerá el área de cebada. Y el crecimiento en la extensión destinada a la siembra de colza y carinata, para ubicarse este año en unas 110.000 hectáreas, es otro de los destaques en ese sentido.

“Ya no se da eso de juntarse un grupo de amigos y ponerse a plantar”, dijo en relación a los actores del negocio respecto a lo que ocurrió durante el auge de la soja. Eso ocurrió desde 2009 hasta 2014, cuando el área sembrada de soja pasó de 853.000 hectáreas a 1,3 millones de hectáreas, según datos de la Dirección de Estadísticas Agropecuarias (DIEA).

Guiándose más que nada por el factor climático, Robino señaló que “el panorama presenta desafíos, por el nivel de precipitaciones y el productor está esperando el agua para continuar con la siembra de soja de primera”.

Sostuvo que este año “se estará emparejando la siembra de soja de primera y la de segunda”. Al mismo tiempo, se refirió al beneficio de las temperaturas bajas, que “alargaron los cultivos de invierno e hizo aumentar los kilos a cosechar, así como la calidad en el sur”.

Otro aspecto destacado por el empresario es la posibilidad de la producción agrícola de mantener su actividad sin parar, a diferencia de lo que ocurrió con otros sectores de la economía, que debieron suspender sus operaciones debido al impacto del Covid-19.

La diversificación de cultivos que ha logrado la agricultura lleva a explorar diferentes caminos. Sobre las alternativas comerciales para la cebada forrajera, Robino consideró que “hay interés de los exportadores, de los ganaderos y de los tamberos, lo que debería llevar a los productores a tener en cuenta esta posibilidad”. Y calculó que este año se sembraron “entre 15.000 y 20.000 hectáreas de cebada forrajera”.

Sobre los planes de negocios de G y E en este contexto, Robino comentó que además de las diferentes variedades de semillas de soja, avena y cebada con la marca Cardinal, que ya están en el mercado, la empresa explora la comercialización de semillas de trigo, maíz y canola.

La tecnología y la información

“Veo al productor apostando a incorporar mucha tecnología, ya que quedó en el pasado eso de poner dos bolsas de cebada y dos de fertilizantes por cuadra”, dijo Robino entusiasmado por el rol del nuevo productor y las herramientas tecnológicas a disposición.

En cuanto a la investigación local vinculada a la agricultura, el agrónomo reconoció que avanza, y destacó que en el sector privado “hay técnicos jóvenes que vuelan, que generan mucha información en las chacras, con el productor, y eso es maravilloso”.

Por otra parte, en tono crítico, planteó que “a veces el productor no se arrima a ver las jornadas en las que se presentan nuevas tecnologías o ajustes de manejo, entonces es necesario provocarlo para que participe”.

Remarcó que a nivel privado “se genera mucha información y, de alguna manera hay que transferirla, pero el productor también tiene que ir a buscarla”. Y consideró que “ya no se está en tiempos de llevarle (la información y la tecnología) a la casa del productor”.

En esa línea de razonamiento, Robino dijo que sin dejar de reconocer la importancia de encontrar soluciones para bajar los costos de los insumos, de los combustibles, entre otros factores, “el camino más corto es incrementar la productividad”, y eso se logra “incorporando tecnología y conocimiento”.

Consultado sobre la política pública implementada por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca para el sector agrícola, Robino prefirió no hacer una evaluación, considerando la dificultad que implica administrar en tiempos de pandemia.

“En un negocio a cielo abierto, con un clima como el nuestro, donde una lluvia hace la diferencia y la variabilidad de suelos es muy importante, incluso en 100 hectáreas, la estabilidad pende de un hilo”, advirtió.

A propósito, dijo que “tener un seguro que haga que el productor tome riesgos y no se funda, para mantener el gallinero armado, es fundamental. El seguro está en momentos que el productor precisa que le cuide las espaldas, pero no es un servicio barato”, reconoció.

No obstante, señaló que las firmas aseguradoras están trabajando en ese aspecto. “Si logramos meterle más cabeza entre todos al tema de los seguros agrícolas, vamos a ayudar mucho”, afirmó.

Robino también se refirió a la importancia del mejoramiento genético y a la incorporación de eventos genéticamente modificados para el mercado agrícola local.

“Hay un gran aporte de la genética en las diferentes especies y hay competencia entre los diferentes proveedores, ya sean nacionales o extranjeros. Eso ha motivado una mejora de los rendimientos, por más que la brecha tecnológica señala que se deben seguir ajustando cosas para tener más rinde”, comentó.

Entre otros temas, el agrónomo recalcó la reputación que tiene la producción local en relación al respeto de las regalías de los derechos de propiedad de las empresas semilleristas. “El productor agrícola no compra lo más barato, pelea el precio pero de un producto específico”, señaló, porque reconoce que esa semilla le representará una mejora en su productividad.


Nota publicada en Revista Verde N° 89

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