Agricultura

En el litoral-norte la agricultura se adapta a los diferentes cambios

27 de marzo de 2024

Economía y clima marcan el compás en la búsqueda de la sostenibilidad, mediante la diversificación, la tecnología y una integración efectiva con la producción ganadera

La agricultura en el litoral-norte se adapta a los cambios económicos y climáticos, buscando la sostenibilidad mediante la diversificación, la tecnología y una integración efectiva con la ganadería. “Ya no tenemos una agricultura que pretende sostenerse sola, sino que es consciente que no puede hacerlo en forma continua en todos los potreros. En esa zona, los cereales de invierno son los que tienen más margen para crecer, aunque para la definición final de la próxima campaña invernal faltan algunas semanas, explicó a VERDE el ingeniero agrónomo Pablo Montenegro, director de la consultora Agrosandú, que opera en los departamentos de Río Negro, Paysandú y Salto. 

Luego de los bajos precios registrados desde 2014 y 2015 hasta la pandemia, los sistemas en litoral-norte volvieron al doble cultivo, otorgándole mayor dinamismo y sostenibilidad al sistema, desde lo empresarial y ambiental. “Cuando llegaron los precios altos luego de la pandemia, los sistemas ya habían incorporado la diversidad de cultivos. Trigo, cebada y colza estaban en la rotación, al igual que el maíz y la soja, que siguen siendo los principales cultivos”, indicó Montenegro. 

Afirmó que tras la importante sequía el sistema “pudo seguir funcionando, con algunos problemas, pero continuó gracias a su robustez, a partir de la parte financiera, una mayor diversificación de cultivos, los aspectos tecnológicos y la diversificación de rubros, entre otros”. Hoy, en respuesta a los bajos precios, “no se plantean grandes cambios en la rotación, como tampoco la intención de bajar el área de invierno. Los productores están esperando a ver qué pasa con los precios y las propuestas comerciales previo a la siembra sobre fines de marzo o abril, para tomar la decisión”, comentó.  

Montenegro sostuvo que “no se observa mucha intención de hacer puentes verdes de bajo costo”, sino que “muchos están optando por un verdeo” en los casos que no se haga un cultivo. De todos modos, afirmó que “hasta el momento no se observa que exista voluntad de bajar el área de invierno”. 

Los cultivos de servicios, realizados específicamente para mejorar el suelo, “no se han incrementado significativamente en estos últimos años, tal vez porque el área de invierno se ha fortalecido en cultivos para cosecha”. 

Producto del atraso en la siembra, y de que algunas chacras debieron resembrarse por exceso de lluvias, con porcentajes más altos están al norte de Paysandú, Montenegro señaló que la zafra de verano “viene con un retraso de 10 a 15 días, y eso también hace que el área de invierno aún no esté bien definida”, comentó. Este escenario “no cambiará en el corto plazo, ya que la soja (al 5 de marzo) está transitando las etapas críticas”, por lo que no hay necesidad de definir qué es lo que se va a hacer luego de la cosecha. “Juega hasta lo psicológico, porque las decisiones en muchos casos comienzan a tomarse cuando la soja arranca a amarillear. Se está analizando el mercado y las perspectivas climáticas”, apuntó. 

El director de la consultora Agrosandú remarcó como fortaleza la integración que tuvo la agricultura con la ganadería, cuando hace 10 o 15 años eso no ocurría. “Ya no tenemos una agricultura que pretende sostenerse sola, sino que es consciente de que no puede hacerlo en forma continua en todos los campos. Eso le ha dado la fortaleza de tener que rotar con pasturas, la ha hecho diversificarse y ha obligado al productor a generar una infraestructura mínima para la ganadería, dándole sostenibilidad a la producción”, analizó. 

A su vez, destacó los cambios en los aspectos contractuales. “El sistema ya incorporó ciertas necesidades de ambas partes, entendiendo que la agricultura continúa, pagando la máxima renta, no era sostenible”, valoró el ingeniero agrónomo.

Sobre el relacionamiento entre el agricultor y el dueño del campo, sostuvo que si bien los contratos “no son tan largos, por la vía de los hechos se da que el productor permanece más tiempo en el campo”, ya que “el agricultor tiene muchas veces el compromiso de sembrar y en algún momento dejar alguna pastura implantada para él o para el dueño del campo”. 

A su vez, valoró que “el dueño del campo tiene la pastura para entregar y que luego se allí se haga agricultura en algunas zafras, todo eso hace que la relación sea sostenible y que no se haga agricultura hasta que no se pueda más. Ha disminuido la rotación de agricultores en los campos, lo que es positivo desde el punto de vista de la productividad y también desde lo financiero”. 

Para el director de Agrosandú “el aspecto financiero también mejoró. A partir de una mayor capacidad de financiamiento con las ventas anticipadas, el acceso a créditos, ya sea con bancos como con empresas de insumos o exportadoras, le permite al productor ir sobrellevando situaciones en las cuales los ingresos no son los esperados”. 

En relación a las debilidades del sector, aseguró que los seguros “son una necesidad”, pero reconoció que “las pruebas que se han hecho dan un marco bastante difícil para que las empresas aseguradoras actúen con fuerza en Uruguay”. 

Recordó que el plan piloto se llevó a cabo “con una situación climática muy adversa, lo que dificultará que las empresas estén dispuestas a actuar”. Por lo tanto, entiende que “el camino es la diversificación de los sistemas de cada empresa”. 

Montenegro consideró que el sistema productivo ha ido sumando cada vez más tecnologías vinculadas con el control de malezas o los eventos biotecnológicos para el control de insectos, pero “se incorporan como herramientas integradas a la planificación, que también muchas veces tiene una rotación con pasturas para encarar el control de malezas, uno de los problemas que más tensión ha generado durante los últimos tiempos”. 

Marcó que hace algunos años los mayores problemas fueron los insectos o alguna enfermedad fúngica, pero hoy las malezas “son uno de los principales problemas que tiene la actividad”, lo cual demanda de mucha inversión, ya sea en materiales genéticos y biotecnológicos como en agroquímicos. 

En ese sentido, resaltó la importancia de la rotación con pasturas, las cuales en muchos casos ayudan a cortar el ciclo y combatirlas. “Plantar una festuca cuando hay problemas de carnicera o yuyo colorado con una estrategia adecuada permitirá que esa chacra vuelva limpia a la fase agrícola”, ejemplificó. 

Sobre la evolución en productividad, aseguró que en el caso de los cultivos de invierno se observan “mayores crecimientos”, mientras que en verano “en rendimientos máximos estamos creciendo lento”. El maíz, tanto en siembras tardías como tempranas, “ha encontrado un piso de rendimiento más alto frente a lo que pasaba hace 10 años”. Y en cuanto a los techos de rinde, explicó que en años normales, tanto en soja como en maíz, “difícilmente se logren productividades más elevadas de las que se están alcanzando actualmente”.

Por su parte, remarcó que en trigo “se logran con relativa frecuencia 4.000 kilos por hectárea (kg/ha), lo cual “hace un tiempo no era tan fácil”. Hoy “no es raro alcanzar esos rindes”, y el manejo “se va ajustando para eso”.

 Resaltó que en cereales de invierno “se están viendo incrementos” en producción. “Sostenidamente desde hace cuatro o cinco años se vienen consiguiendo rendimientos que para la zona, y a nivel histórico, se puede decir que son altos. Eso es una fortaleza de los cereales a la hora de planificar el invierno”.  

En colza, además de la productividad, la variabilidad del rendimiento es otro aspecto que la perjudica. “A veces te sorprenden los rendimientos altos mientras que en otros momentos se obtienen 1.500 kilos por hectárea, una cifra menor a la presupuestada”, señaló. 

Para Montenegro esta variabilidad responde al clima, que no le permite alcanzar buenos rendimientos, y no al manejo. “La colza es sensible a los eventos climáticos que tenemos en Uruguay, que son bastante irregulares, como la presencia de heladas en la implantación, el exceso de lluvia o algún pasaje sin lluvias en primavera. Nunca sabemos si va a llover, ni cuánto va a llover, y el cultivo que ha demostrado más vulnerabilidad a esos eventos es la colza, incluso más que los cereales, que obviamente tampoco salen ilesos de estos problemas”, comentó.

Para que el área de colza crezca “se necesita un buen precio y una mejora en productividad, además de las necesidades que surjan en la rotación, pero ella por sí sola no tiene una gran fuerza. Permanecerá entre 10% y 15% del área de invierno, salvo que haya un pico de precios”, estimó.

El ingeniero agrónomo informó que los rendimientos promedios de los últimos años en la zona rondan los 4.000 kilos por hectárea en cebada y trigo, mientras que en colza oscilan entre 1.400 y 1.500 kilos por hectárea. El maíz temprano está en el eje de 6.000 a 7.000 kilos por hectárea, los tardíos rondan los 6.000 kilos por hectárea y los de segunda promedian 5.000 kilos por hectárea. 

En soja de primera el rendimiento está entre 2.400 y 2.500 kilos por hectárea, la soja de segunda alcanza los 1.800 kilos por hectárea, y “en algunos años puede rendir más”. Pero “ha costado mejorar el rinde de soja”, aseguró Montenegro, señalando que “la relación clima-suelo le impide poder explorar más potencial de rendimiento” en esa región del país, donde “a veces tenemos escasez de precipitaciones y en otros momentos excesos”. Esos promedios generalmente “no se dan”, porque “se construyen a partir de picos para arriba y picos para abajo”, agregó.

Nota de Revista Verde N°113

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