La soja cerró con leves alzas (+ US$ 1,10 por tonelada) en el mercado de Chicago, luego del súbito fin –anoche– de la reducción a cero de los derechos de exportación dispuesta por el gobierno argentino. La medida había impulsado una avalancha de ventas y declaraciones juradas de exportación, y un rápido interés comprador de China, que en menos de 72 horas habría cerrado la adquisición de 20 cargamentos de soja por cerca de 1,30 millones de toneladas.
El cese de la exoneración respondió a presiones externas. El secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, había señalado que Washington trabajaba “para poner fin a la exención fiscal para los productores de materias primas que convierten divisas”, en el marco del paquete de apoyo de US$ 20.000 millones comprometido por la Casa Blanca al gobierno de Javier Milei. A su vez, la Asociación Americana de Soja cuestionó que “mientras la cosecha está en marcha y los precios bajan, el gobierno estadounidense financie a Argentina para vender soja a China en dos días”.
Según datos oficiales, desde la entrada en vigor de la baja de retenciones se registraron DJVE (Declaraciones Juradas de Ventas al Exterior, el mecanismo oficial argentino para registrar exportaciones) por 11,46 millones de toneladas, por un valor de US$ 4.181 millones. Tras alcanzar la meta de recaudación de US$ 7.000 millones, la Agencia de Recaudación y Control Aduanero informó que a partir de ese momento rigen nuevamente las alícuotas previas (26% para poroto de soja y 24,5% para subproductos).
El mercado también tomó nota de que India compró 300.000 toneladas de aceite de soja argentino en dos días, para embarques entre octubre y noviembre, a valores de US$ 1.100–1.120 CIF por tonelada, según Reuters. Comerciantes en Nueva Delhi destacaron que el volumen adquirido “no tiene precedentes” y que desplazó compras de aceite de palma desde Indonesia y Malasia.
La secretaria de Agricultura de Estados Unidos, Brooke Rollins, adelantó que la administración Trump está considerando utilizar los ingresos provenientes de los aranceles para financiar un programa de apoyo a los agricultores, en medio de la caída de las exportaciones y del aumento de los costos de los insumos.
En declaraciones al Financial Times, Rollins señaló que “podrían darse circunstancias en las que estudiemos seriamente y anunciemos pronto un paquete de medidas”. Agregó que financiar el rescate con los ingresos arancelarios “era una posibilidad innegable” y que los mercados se analizan “a diario”.
La propuesta busca responder a la creciente presión de los grupos agrícolas, después de que China frenara las compras de soja de la nueva cosecha y los aranceles incrementaran el costo de fertilizantes, maquinaria y otros insumos.
El presidente del Comité de Agricultura de la Cámara de Representantes, Glenn Thompson, inicialmente se mostró a favor de usar los ingresos arancelarios para financiar ayuda de emergencia, pero luego aclaró que “ahora no parecía legalmente posible” y que se están revisando los estatutos que lo regulan, según informó Agri-Pulse.
Otra opción es que el USDA utilice la autoridad de gasto de la Corporación de Crédito de Productos Básicos (CCC), como en 2018 y 2019, aunque Thompson reconoció que la cuenta de la CCC “ya casi se ha gastado” y debería ser repuesta por el Congreso.
Legisladores republicanos de estados agrícolas están presionando a la administración para que emita un paquete de ayuda antes de fin de año. El senador John Hoeven, quien lidera la financiación agrícola en el comité de asignaciones, confirmó que discute con la administración un enfoque similar al de la guerra comercial con China, cuando se otorgaron pagos por US$ 23.000 millones a los productores. También mencionó que la ayuda podría sumarse a un proyecto de ley de gastos gubernamentales, según publicó Reuters.
La preocupación de los agricultores quedó reflejada en una encuesta publicada por el Farm Journal, que reveló que casi la mitad de los productores de maíz cree que Estados Unidos está al borde de una crisis agrícola. Otro tercio de los más de 1.000 encuestados considera que la economía agrícola se encamina hacia esa situación.
El 76% de los productores se mostró “muy” o “moderadamente” preocupado por la situación económica, y el 65% indicó que su preocupación aumentó en el último año. “Es un incendio de cuatro alarmas en el campo”, afirmó el presidente de la Asociación Nacional de Productores de Maíz (NCGA), Kenneth Hartman Jr., al advertir sobre las dificultades económicas que atraviesan los agricultores.
La Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia resolvió denegar la autorización para la concentración económica solicitada por Athn Foods Holdings S.A.U (Minerva), Marfrig Global Foods S.A. y Allana Magellan S.L., que implicaba la adquisición por parte de Minerva del 100% de las acciones de Establecimientos Colonia S.A., Inaler S.A. y Prescott International S.A.
La decisión alcanza también a la denominada “Propuesta Ampliada”, por la que Minerva vendería a Allana Magellan el 100% de las acciones de Establecimientos Colonia S.A.
Además, la Comisión rechazó la propuesta subsidiaria de vender la planta de San José (Inaler S.A.) a un tercero, que preveía concretarse en un plazo máximo de 24 meses desde el cierre de la operación.
El organismo resolvió no expedirse sobre las diferencias contractuales entre Minerva y Marfrig, por entender que deben dirimirse en otros ámbitos competentes.
Finalmente, clasificó como confidenciales los anexos A y C presentados por Marfrig, así como la traducción parcial al español de la modificación del contrato presentada por Minerva y Marfrig. En cambio, no accedió a declarar confidencial el escrito de evacuación de vista presentado por Minerva el 18 de setiembre de 2025.
El ingeniero agrónomo Mauro Long se especializó en manejo de suelos y asesoramiento agronómico en Alemania, y coordina el proyecto de Heineken en Ruanda y Burundi.
La agricultura en Burundi y Ruanda “se parece a la Europa de hace un siglo y medio, pero la diferencia está en el modelo que uno lleva bajo el brazo”, afirmó el ingeniero agrónomo Mauro Long, quien adaptó la experiencia uruguaya al corazón de África, en campos donde casi no vio cosechadoras ni análisis de suelo.
La historia de Mauro Long comenzó en Nueva Helvecia, impulsada por una curiosidad voraz y una pasión genuina por la agronomía. “Mi vida fue marcada por la cebada”, recordó. Su madre era acompañante escolar de niños con discapacidad y su padre trabajaba en establecimientos rurales. Tras graduarse en la Facultad de Agronomía en 2023, trabajó en el campo junto a su tío, pasó por una zafra en Maltería Oriental y luego, por contacto de Fernanda Pardo, llegó a Ackermann, la empresa alemana detrás de muchos materiales sembrados en Uruguay.
Desde Alemania se sumó al equipo de Farmtastic Consulting, en Baviera, y se especializó en manejo de suelos y asesoramiento agronómico, hasta coordinar el proyecto de Heineken en Ruanda y Burundi. “El nivel al egresar te hace notar el de la demás gente, y con el que uno llega preparado”, afirmó sobre su paso por la Universidad de la República.
Su formación en Uruguay le permitió “llegar con una mirada integral”, conjugando conocimiento técnico y sentido práctico. “Siempre admiré mucho a la gente de la investigación en Uruguay, la sigo admirando”, reconoció, ya instalado en el centro de Europa.
El profesional eligió aplicar parte de los modelos aprendidos en la universidad pública –chequeos, ajustes y nivel crítico– en un entorno de grandes limitantes y donde la agricultura sigue siendo manual. La extensión rural, “acá y en China”, y la necesidad de explicar el por qué de cada recomendación, fueron su librito de manual que viajó desde Uruguay, pasó por Europa y llegó a África.
Choque de sistemas y entornos productivos
La vida diaria en Europa y África revela diferencias entre sí, y con Uruguay, que desafían a Long de forma constante. En Alemania la agricultura está “bastante subvencionada”, donde “el resultado productivo casi acompaña en importancia al de las subvenciones”, comentó. Ese apoyo estatal mantiene casi ausentes prácticas como la siembra directa. “En Uruguay la mayoría es de siembra directa, surgida para abaratar costos, pero acá muchos problemas se tapan con la asistencia”, analizó.
Por su parte, el manejo técnico sigue planteos fijos, con “aplicaciones de herbicidas y fungicidas de forma casi de calendario, siguiendo esquemas provenientes en su mayoría de la industria química”, señaló.
En papa –un popular componente de las rotaciones con trigo y cebada– los tratamientos llevan “entre siete y nueve aplicaciones de fungicida, según el paquete de las empresas”, describió. La fertilización incluye todos los macro y micronutrientes, “desde zinc hasta boro, cobre y hierro”, y depende de balances de nutrientes con análisis obligatorios cada seis años. Como ventaja, el ambiente favorece altos rindes, con cebadas de invierno que “están en torno a 7,5 ton/ha y los trigos a 8,5 o 9”. La cebada cervecera primaveral “está en torno a 6,5”, en ciclos cortos, con veranos de “17 horas de luz, con 14 o 15 en el periodo crítico”, temperaturas moderadas y suelos bien nutridos, señaló. “Nutricionalmente están impecables”, reconoció el ingeniero agrónomo, con un sistema promueve el uso intensivo de insumos, incluso para productores chicos.
En Uruguay, en cambio, decisiones suelen basarse más en la observación, y “se trata cada campo como una unidad individual”, dijo. Aunque reconoció que, “para ser justos, los sistemas agrícolas uruguayos suelen manejar mayores extensiones, lo que facilita la operatividad respecto a los alemanes”. Agregó que “es más fácil manejar un lote de 40 hectáreas que varios de cinco o 10” hectáreas.
“Nuestro país se hace fuerte al apoyar la técnica en la investigación pública”, dado que “la dosis y el momento de aplicación no siguen calendario, sino necesidades concretas detectadas en cada sitio”, dijo.
A su vez, valoró que “nuestro mérito responde a causas materiales tan simples como la falta de recursos”. Señaló que el ajuste técnico y el monitoreo surgen, entre otras cosas, por falta de subsidios. “Hay que cuidar el bolsillo, porque sino nadie nos va a salvar”, analizó el ingeniero agrónomo uruguayo.
Además, explicó que en Uruguay se miden insumos y resultados, se buscan alternativas y se adapta el manejo, “porque las empresas se tienen que manejar como pueden”.
En Burundi y Ruanda la agricultura es manual, con predios chicos y muy poca mecanización. “Casi no vi una cosechadora en Burundi, ni en Ruanda. Son predios chicos, familiares, la mayoría de una o dos hectáreas”, describió.
Long agregó que el sistema “recuerda a la agricultura europea de hace un siglo y medio: siembra, cosecha y control de malezas, todo a mano”. El objetivo de Heineken es aumentar el área de cebada y sumarla a rotaciones donde no era tradicional. El ambiente tiene temperatura estable, sin invierno, dos estaciones (lluviosa y seca), lluvias intensas y baja productividad.
“Los productores están acostumbrados a sacar de 0,5 a 1,5 toneladas por hectárea de cebada”, y la meta es llegar a 2 toneladas, comentó. Y analizó que los ajustes dependen de la falta de recursos, información y escala.
Modelos y adaptación
En Alemania el manejo de fertilización sigue un esquema basado en balances de nutrientes y una escala de suficiencia, según el análisis de suelo. Para fósforo y potasio “se utiliza una escala de suficiencia: los campos en clase A o B requieren aporte extra, los de clase C solo reponen lo extraído, y en las clases D o E no se agrega fertilizante”, explicó. Estos análisis son obligatorios cada seis años.
En el caso del nitrógeno la recomendación es “aplicar lo necesario para cubrir el potencial del cultivo”, siempre según “tablas oficiales, sin ajustes intermedios”, por lo que “no hay chequeo antes de la siembra, ni en Z22, ni en Z30”, señaló. Long definió el sistema como “de caja negra”, ya que “si pongo esto, obtengo esto, pero no sabemos lo que pasó en el medio, en qué momento el cultivo lo está necesitando o no”.
En Uruguay, sin embargo, la dinámica es diferente. “Nuestro sistema se basa en saber cuánto nitrógeno hay al inicio, hacer chequeos en etapas clave y ajustar la dosis según la demanda real”, comentó Long, quien considera que esto permite “ser más precisos y muchas veces evita usar fertilizante de más”.
En Europa vio “muchas situaciones de exceso”, como “300 kilos (de nitrógeno) en un maíz de silo, casi el doble de lo que extraería el cultivo”, recordó. El enfoque uruguayo busca que “el fertilizante llegue en el momento y cantidad exactos, cuidando el rendimiento y el uso eficiente de los recursos”, destacó.
Long comentó que, cuando el modelo llegó a Burundi, el desafío fue mayor, porque la estrategia mezcló referencias alemanas con la lógica uruguaya, pero en un contexto sin recursos para diagnósticos de suelo.
En ese contexto, el ingeniero agrónomo optó por “dosis mínimas y referencias alemanas”, dividió el nitrógeno en “tres fases” y priorizó los “momentos críticos de la fisiología”, aunque no era posible hacer chequeos frecuentes. “Siempre la decisión final se tomó en el campo, atendiendo al color de la hoja, la respuesta de la planta y la realidad de cada parcela”, dijo. Así evitó “tirar nitrógeno en campos que no van a ser productivos” y adaptó el paquete tecnológico a la lógica local, explicó.
En Burundi el punto de partida era muy limitado. El apoyo estatal era casi inexistente, más allá del interés de la cervecera. “Solo había tres análisis de suelo para todo el país, y se desconocía la fertilidad real, entonces no podés diagnosticar, estás ciego”, graficó.
Ante esa falta de información, se usaron dosis objetivas, siguiendo las recomendaciones alemanas para condiciones de baja productividad, y ajustando con el modelo uruguayo. “Si en Z22 la dosis máxima en Uruguay es 45 kilos, no iba a poner más de eso”, dijo.
El nitrógeno se dividía en tres fases: Z22, Z30 y Z33, pero la decisión definitiva dependía del color de la hoja, la respuesta de la planta y la disponibilidad de recursos. “No vamos a gastar en fertilizar si la planta ya no tiene potencial”, explicó. El foco fue que los agrónomos pudieran explicarles a los productores por qué se hacía cada cosa.
La extensión rural acompañó todo el proceso. Para Long la clave estuvo en formar a los técnicos locales para que pudieran transmitir “el por qué de cada práctica”. La experiencia uruguaya lo llevó a valorar el ajuste permanente: “medir, interpretar, adaptar”, porque “no nos interesa cuánto fertilizamos el suelo, nos interesa cuánto fertilizamos el cultivo”, citó, recordando los preceptos de la Estación Experimental Mario A. Cassinoni (Eemac), de la Facultad de Agronomía (Udelar).
Manejo y problemas locales
El trabajo a campo llevó a ajustar expectativas sobre manejo y monitoreo. Long pensaba que en Alemania la presión de malezas sería menor, por el clima, pero se encontró con especies resistentes. “A veces me parecía ridículo, porque la mayoría era de tipo invernal, pero también han tenido resistencias a herbicidas”, dijo.
Citó casos como Convolvulus arvensis y Fallopia convolvulus, enredaderas difíciles de controlar, porque “con el laboreo convencional se rompe la raíz y el problema se multiplica”. Y señaló que incluso con herbicidas las aplicaciones suelen seguir esquemas casi de calendario. “Ves casi la misma cantidad de aplicaciones que en Uruguay con siembra directa”, y muchas veces la decisión se toma “para todo el trigo, aunque haya un campito de cinco hectáreas en el medio”, comentó.
En Uruguay, el monitoreo y la individualización de los lotes es más común. “Se basa en tratar a los campos como unidades individuales”, lo que resulta más sencillo en superficies grandes, dijo. Sin embargo, en Alemania la realidad productiva es diferente, y los campos pequeños dificultan los ajustes.
El conocimiento y la experiencia de los productores influyó en las decisiones. En un campo de Burundi con plantas estresadas y bajo rendimiento histórico, un productor contó que en esa chacra “nunca se había cosechado bien”. En el lote vecino una maleza local con un nombre en kirundi que significa “nada nace cuando está esa maleza” resultó ser alelopática y capaz de reducir el rendimiento hasta un 80%. La definición fue que el año siguiente, chacras con infestación de más de 30% o 40% de esa maleza no se sembrarían con cebada.
Mirada profesional y formación
Para Long, la herramienta más útil de su formación en Uruguay es la capacidad crítica. Ser crítico con los resultados, con lo que se ve, con las recomendaciones que hay, es central en su experiencia fuera del país, afirmó.
“Me ha pasado de haber aprendido una cosa, venir a aprender otra y decir: ¿esto en qué se basa?”, comentó. La capacidad de poner en tela de juicio todo, la vincula directamente a la Facultad de Agronomía. Esa mirada también se aplica en decisiones cotidianas. En la aplicación de herbicidas, por ejemplo, se pregunta: “¿es necesario o no?”, y ese ejercicio de cuestionar o complementar técnicas es parte de su trabajo diario.
Frente a sistemas y escalas diversas, el ingeniero agrónomo observa que “siempre hay algo para aprender”. En Burundi el manejo de la erosión es práctica cotidiana, señaló. “Hacen zanjas para cortar la energía del agua, franjas empastadas, multicultivos para evitar la pérdida de suelo”, comentó. Agregó que allí “se pierde mucha tierra por erosión, incluso cultivos enteros”, y la escala obliga a pensar cada lote desde lo básico, dijo.
En Alemania rescató el incentivo para ajustar el uso de nutrientes y reducir el impacto ambiental. “Al comienzo del invierno se mide el nitrógeno remanente en el suelo, y se le paga menos al productor si queda mucho nitrato”, indicó. También comentó que las subvenciones fomentan cultivos de cobertura. “Premian a los productores que dejan poco nitrógeno residual en el suelo, usando cultivos de cobertura, que se usan muchísimo en invierno”, describió.
La última gran ola de desguace ocurrió en 2015-2016, con cerca de 30 millones de ton de peso muerto retiradas; desde entonces la cifra rara vez superó los 10 millones de ton.
La flota global de graneleros atraviesa un proceso acelerado de envejecimiento. Según datos de AXSMarine, la edad promedio de los buques pasó de 8,6 años en 2018 a casi 13 años en 2025, reflejando el fuerte ingreso de naves en la década pasada y la limitada renovación de unidades en los últimos años.
El bloque de naves de 11 a 15 años creció con fuerza y superó a los segmentos más nuevos. En paralelo, los buques de 16 a 20 años casi se duplicaron, de 870 en 2018 a unos 1.800 en 2025. En contraste, los barcos de menos de cinco años se redujeron de más de 3.500 en 2018 a unos 2.300 en 2025.
Desguace en mínimos históricos
Uno de los factores que explica el fenómeno es la escasa salida de buques del mercado. La última gran ola de desguace ocurrió en 2015-2016, con cerca de 30 millones de toneladas de peso muerto (dwt) retiradas. Desde entonces, la cifra rara vez superó los 10 millones, y en 2023-2024 se ubicó apenas en 3-3,5 millones. “Muchos buques que antes habrían sido retirados se han mantenido en servicio”, señaló AXSMarine. Precios bajos de chatarra, oportunidades en rutas menos exigentes y márgenes comerciales favorables alentaron a los armadores a prolongar la vida útil de sus naves.
Órdenes de construcción insuficientes
El ritmo de nuevas construcciones tampoco compensa el envejecimiento. Tras los picos de 2007, 2010 y 2013, las órdenes cayeron con fuerza. Desde 2017 la actividad se mantiene entre 400 y 700 buques por año, con un ligero repunte en 2024, niveles insuficientes frente al gran bloque de entregas entre 2010 y 2012, que ahora se aproxima a los 15 años de edad.
La incertidumbre tecnológica es otro freno. La falta de consenso sobre el combustible del futuro –LNG, metanol, amoníaco u otros– lleva a muchos armadores a extender la vida útil de los buques existentes antes que apostar por una tecnología que aún no se consolida. También pesan las restricciones financieras y la capacidad limitada de los astilleros, que en los últimos años priorizaron portacontenedores y metaneros.
Menor velocidad en la flota mundial
A este panorama se suma un informe de Veson Nautical, que advierte una desaceleración en la flota mundial de graneleros. La reducción de la velocidad media se explica por la antigüedad de la flota, la aplicación de normativas ambientales más estrictas y cambios en la dinámica del sector.
Los buques construidos antes de 2013, cuando entró en vigor el Índice de Diseño de Eficiencia Energética (EEDI, por su sigla en inglés), redujeron significativamente su velocidad respecto a los modelos más recientes. “Estos buques, más antiguos y menos eficientes, enfrentan nuevas restricciones regulatorias para operar a toda máquina”, explicó Oliver Kirkham, analista senior de la consultora.
El informe señala que esta brecha generacional es cada vez más evidente, en particular con la flota construida en la década de 2000, impulsada por el auge del crecimiento chino, que hoy enfrenta dificultades para cumplir con las exigencias actuales.
La menor disponibilidad de grandes graneleros modernos en el mercado de compraventa es una evidencia de su ventaja competitiva, ya que cumplen con normativas ambientales y obtienen mejores condiciones de fletamento. En cambio, las naves más antiguas se concentran en rutas menos exigentes, con mayores riesgos operativos y reputacionales.
Riesgos y proyecciones
El peso desproporcionado del segmento de 11 a 15 años marca un punto de inflexión: en los próximos cinco a siete años buena parte superará los 20 años, lo que podría detonar una ola de desguace si el mercado se debilita o se endurecen las exigencias ambientales.
Para los armadores, mantener buques de más de 15 años sigue siendo viable, aunque los costos regulatorios y de eficiencia energética aumentan. Para los inversionistas, una flota más vieja restringe la oferta y puede sostener tarifas de flete, pero también anticipa grandes necesidades de capital para renovación.
La tendencia indica que la antigüedad promedio seguirá subiendo hasta 2027, cuando podría superar los 13,5 años. El verdadero punto de inflexión llegará cuando el bloque de buques entregados entre 2010 y 2012 supere los 20 años, forzando un mayor nivel de desguace. “Un escenario de mayor claridad en estándares de combustibles, sumado a condiciones de mercado que incentiven la renovación, podría estabilizar la edad promedio hacia fines de la década”, concluye AXSMarine.
El máximo fue de 18.200 kilos por hectárea; Regadores Unidos del Uruguay espera medidas del gobierno que impulsen la tecnología, como se comprometió en campaña.
El cultivo de maíz con riego logró un rendimiento promedio récord de 13.600 kilos por hectárea en la zafra 2024-2025, según informó Regadores Unidos del Uruguay (RUU) en su jornada anual realizada en Mercedes, Soriano. “El promedio del año pasado fue muy bueno, récord histórico, con gran diferencia”, destacó a VERDE el coordinador técnico de RUU, Gastón Sebben. El técnico recordó que el promedio histórico se ubica entre 10.000 y 11.500 kilos por hectárea, dependiendo del año.
El presidente de RUU, Juan Baroffio, admitió que le sorprendió este resultado. “Siendo honestos, era muy difícil pronosticar mejoras tan significativas en los rendimientos promedios, como los que venimos teniendo”, dijo.
Agregó que lo positivo es que eso “no es fruto de la casualidad, sino de un trabajo que está dando muy buenos resultados de parte del equipo técnico de RUU y de otras instituciones, que también trabajan en el desarrollo de tecnologías de riego”. Valoró que “se han identificado limitantes y trabajado sobre ellas, se ha generado información, en campos de productores y con tecnologías de productores”.Destacó que los productores “han incorporado esta información a sus planteos tecnológicos. Y con la aplicación de esas tecnologías estamos viendo estos resultados”.
Señaló que el contexto del año “acompañó, fue bueno en términos de condiciones climáticas, lluvias y temperaturas”. Pero, al mismo tiempo, indicó que los productores “están haciendo manejos muy adecuados y eso está dando sus frutos”, porque esos 13.600 kilos de rendimiento promedio se dieron en una “base grande, con crecimiento del área y muchos más productores”.
Agregó que eso implica que haya productores nuevos en el manejo de la tecnología, y como toda tecnología tiene una curva de aprendizaje. “Ver que los rendimientos promedios, máximos y mínimos mejoran en ese contexto, es toda una satisfacción”, expresó el presidente de RUU.
Sobre las particularidades del año pasado, Sebben comentó que “ayudaron las lluvias en diciembre, pero después hubo que regar mucho”. Más adelante agregó que “hay años que el clima acompaña un poco mejor”, pero destacó que esto “se viene dando de forma sostenida” y, por lo tanto, “la mejora en el paquete de manejo está mostrando su efecto”.
Señaló que una forma de analizarlo es ver cómo evoluciona el promedio del grupo y ciertos percentiles, y otra es analizar cómo evolucionaron las empresas de forma individual. Allí es donde se ve más claramente la evolución positiva que se ha tenido a lo largo de los años en el rendimiento.
Destacó que el promedio de rendimiento del maíz con riego el año pasado fue semejante al percentil 90 de hace cuatro o cinco años. Y actualmente el percentil 90 está arriba de 16.000 kilos por hectárea.
Si bien el rango de rendimientos del maíz regado fue bastante amplio en la reciente zafra, en todos los casos los resultados fueron considerados buenos. En la zafra 2024-2025 hubo pisos de 11.000 kilos por hectárea y techos de percentil 90, “una forma estadística que la venimos siguiendo a lo largo de los años, que está en 16.000 kilos, con un máximo de 18.000 kilos por hectárea”, indicó Sebben.
Analizó que los primeros “seguramente tuvieron algunas deficiencias hídricas en momentos puntuales, y los últimos falta de deficiencias, además de un ajuste de manejo muy interesante”.
Máximos y mínimos
El rendimiento máximo en esta zafra fue de 18.200 kilos por hectárea, pico que también fue récord. El máximo anterior fue de 17.200 kilos por hectárea. “¡Son casi 1.000 kilos más!”, destacó Sebben. También apuntó que “algo muy interesante, que no lo veíamos en años anteriores, fue una regionalización de esa gama de rendimientos, para ver si se concentran los más altos en algún punto del país o en otro, o si eso ocurre con los rendimientos más bajos”.
Comentó que los rendimientos más bajos tienen en común deficiencias hídricas. Y el diseño del sistema de riego tiene “al menos parte de la responsabilidad de eso”, sostuvo. Agregó que “puede ser la dotación de agua que tenga el sistema para regar; o por la movilidad de los equipos antes de que llegue a madurez el maíz, eso le pasa cierta factura”.
Si bien Uruguay es un país bastante chico en área, hay diferencias climáticas. “No es lo mismo producir al sur que al norte del río Negro, y el potencial tiene diferencias más sutiles”, señaló el coordinador técnico de RUU. Si bien sostuvo que estos buenos rendimientos “se pueden lograr en todas las latitudes de Uruguay, hay diferencias de unos 1.000 kilos por hectárea entre los puntos más al sur y los que están más al norte”.
Factores determinantes
Baroffio sostuvo que el manejo del agua sigue siendo el principal factor que determina los rendimientos de los cultivos bajo riego. Señaló que en la zafra pasada se verificó uno de los máximos en volumen de riego utilizado en el cultivo de maíz, y eso va de la mano con los buenos rendimientos obtenidos.
“El manejo del riego va de la mano con el diseño de los sistemas, con la cantidad de agua que tienen planificados los cultivos, y el manejo de evitar roturas, mantenimiento y todo lo que conlleva aplicar agua a los cultivos. Generalmente no podemos dimensionar sistemas que agreguen cualquier cantidad de agua, estamos limitados. Por lo tanto, cuándo y cómo regar es muy importante”, enfatizó.
También se refirió a Riego Ok, la aplicación diseñada por RUU, un proyecto que contó con el apoyo de la Agencia Nacional de Desarrollo (Ande). Se trata de un modelo que permite tomar decisiones con datos. “Generamos un balance hídrico utilizando estaciones meteorológicas, información satelital de los cultivos. Esa información es utilizada por los productores socios, y les permite decidir cuándo empezar a regar sus cultivos y cuándo parar de regar, y así pueden ser más eficientes”, detalló Baroffio.
Para obtener estos resultados productivos no solo es importante el riego sino también el manejo agronómico, como la correcta selección de los híbridos, la población adaptada a cada híbrido y la dosis de nitrógeno necesaria para que el maíz exprese su potencial.
“En los rendimientos máximos que estamos observando, que superan los 17.000 y 18.000 kilos por hectárea, cada vez es más difícil seguir pronosticando crecimientos. Pero hoy preferimos no pensar en el techo, sino en seguir trabajando para ajustar algunas otras variables a mejorar”, comentó el presidente de RUU. Admitió que “seguramente iremos a menor ritmo, porque esto tiene un tope ambiental, pero estamos convencidos de seguir en esa línea de trabajo”.
Baroffio también admitió que en los diseños de los sistemas de riego “hay una variabilidad enorme”, porque “hay tantos sistemas de riego como empresas regantes”. Informó que RUU está tratando, desde este año, de empezar a generar una caracterización.
“En nuestra anterior jornada trabajamos en caracterizar los sistemas, qué volumen de agua disponible tienen por pivote, por área de riego, si los pivots son fijos o móviles, la potencia que contratan, entre otras características. Estamos relevando y caracterizando”, comentó.
Compromiso político
Durante la pasada campaña electoral hubo un fuerte compromiso de todos los partidos políticos con el desarrollo del riego en Uruguay. “Eso nos había entusiasmado”, porque “creemos que el riego tiene un papel muy importante a jugar en el desarrollo del sector agropecuario y de la economía del país”, comentó Baroffio. Destacó que los datos muestran que se duplica la productividad, que puede saltar de 6.500 kilos a casi 13.500 kilos de maíz por hectárea. “No dimensionar ese potencial es cerrar los ojos”, enfatizó.
“Veíamos con mucho entusiasmo que todos los sectores políticos hablaban del riego como una herramienta para hacer crecer al país, y estamos esperando. Entendemos que el nuevo gobierno está en etapa inicial, pero no vimos los movimientos que esperábamos”, comentó.
“En RUU estamos abiertos a aportar nuestro grano de arena, con empresas con experiencia en riego. Confiamos en que en los próximos meses podamos tener avances. Tenemos la expectativa de que en este período de gobierno el riego cobre más protagonismo”, planteó.
Hay una “demanda importante y exigida a nivel no arancelario” por temas de “sostenibilidad y bienestar animal”, que Uruguay para seguir posicionándose en la exportación debe ir acompañando ese proceso, dijo el técnico del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), Gustavo Brito, en el programa Punto de Equilibrio en Carve y en verdenews.com.uy.
Brito realizó ese y otros comentarios en el marco del Congreso de la Asociación Uruguaya de Producción Animal (AUPA), que se desarrolla entre el 22 y el 24 de septiembre en Punta del Este.
La producción de carne es “cada vez más eficiente” en cuanto a la emisión de gas metano, “tratando de llegar a animales más jóvenes”, lo que “va a redundar en la calidad” del producto, señaló.
El técnico del INIA sostuvo que otro “desafío” pasa por la mirada del consumidor a ser tenida en cuenta a la hora de armar un negocio.
Y a modo de ejemplo, el investigador aludió a las cuotas Hilton y 481 para exportar carne a Europa, que fueron generadas “por acuerdos” y “muchas veces no estaba atrás el consumidor”, pero hoy aparecen “movidas” con ciertas “exigencias” de brookers .
“Uruguay puede argumentar fácilmente” la no deforestación, para adecuarse a los requisitos europeos, y en temas como la emisión de gases y en la eficiencia de conversión se genera “información nacional” que permitirá “ajustar indicadores a las certificaciones”, comentó.