Agricultura

Conocimientos agrícolas uruguayos aterrizaron en el centro de África y forman parte del proyecto de Heineken

25 de septiembre de 2025

El ingeniero agrónomo Mauro Long se especializó en manejo de suelos y asesoramiento agronómico en Alemania, y coordina el proyecto de Heineken en Ruanda y Burundi.

La agricultura en Burundi y Ruanda “se parece a la Europa de hace un siglo y medio, pero la diferencia está en el modelo que uno lleva bajo el brazo”, afirmó el ingeniero agrónomo Mauro Long, quien adaptó la experiencia uruguaya al corazón de África, en campos donde casi no vio cosechadoras ni análisis de suelo.

La historia de Mauro Long comenzó en Nueva Helvecia, impulsada por una curiosidad voraz y una pasión genuina por la agronomía. “Mi vida fue marcada por la cebada”, recordó. Su madre era acompañante escolar de niños con discapacidad y su padre trabajaba en establecimientos rurales. Tras graduarse en la Facultad de Agronomía en 2023, trabajó en el  campo junto a su tío, pasó por una zafra en Maltería Oriental y luego, por contacto de Fernanda Pardo, llegó a Ackermann, la empresa alemana detrás de muchos materiales sembrados en Uruguay.

Desde Alemania se sumó al equipo de Farmtastic Consulting, en Baviera, y se especializó en manejo de suelos y asesoramiento agronómico, hasta coordinar el proyecto de Heineken en Ruanda y Burundi. “El nivel al egresar te hace notar el de la demás gente, y con el que uno llega preparado”, afirmó sobre su paso por la Universidad de la República.

Su formación en Uruguay le permitió “llegar con una mirada integral”, conjugando conocimiento técnico y sentido práctico. “Siempre admiré mucho a la gente de la investigación en Uruguay, la sigo admirando”, reconoció, ya instalado en el centro de Europa.

El profesional eligió aplicar parte de los modelos aprendidos en la universidad pública –chequeos, ajustes y nivel crítico– en un entorno de grandes limitantes y donde la agricultura sigue siendo manual. La extensión rural, “acá y en China”, y la necesidad de explicar el por qué de cada recomendación, fueron su librito de manual que viajó desde Uruguay, pasó por Europa y llegó a África.

Choque de sistemas y entornos productivos

La vida diaria en Europa y África revela diferencias entre sí, y con Uruguay, que desafían a Long de forma constante. En Alemania la agricultura está “bastante subvencionada”, donde “el resultado productivo casi acompaña en importancia al de las subvenciones”, comentó. Ese apoyo estatal mantiene casi ausentes prácticas como la siembra directa. “En Uruguay la mayoría es de siembra directa, surgida para abaratar costos, pero acá muchos problemas se tapan con la asistencia”, analizó.

Por su parte, el manejo técnico sigue planteos fijos, con “aplicaciones de herbicidas y fungicidas de forma casi de calendario, siguiendo esquemas provenientes en su mayoría de la industria química”, señaló.

En papa –un popular componente de las rotaciones con trigo y cebada– los tratamientos llevan “entre siete y nueve aplicaciones de fungicida, según el paquete de las empresas”, describió. La fertilización incluye todos los macro y micronutrientes, “desde zinc hasta boro, cobre y hierro”, y depende de balances de nutrientes con análisis obligatorios cada seis años. Como ventaja, el ambiente favorece altos rindes, con cebadas de invierno que “están en torno a 7,5 ton/ha y los trigos a 8,5 o 9”. La cebada cervecera primaveral “está en torno a 6,5”, en ciclos cortos, con veranos de “17 horas de luz, con 14 o 15 en el periodo crítico”, temperaturas moderadas y suelos bien nutridos, señaló. “Nutricionalmente están impecables”, reconoció el ingeniero agrónomo, con un sistema promueve el uso intensivo de insumos, incluso para productores chicos.

En Uruguay, en cambio, decisiones suelen basarse más en la observación, y “se trata cada campo como una unidad individual”, dijo. Aunque reconoció que, “para ser justos, los sistemas agrícolas uruguayos suelen manejar mayores extensiones, lo que facilita la operatividad respecto a los alemanes”. Agregó que “es más fácil manejar un lote de 40 hectáreas que varios de cinco o 10” hectáreas.

“Nuestro país se hace fuerte al apoyar la técnica en la investigación pública”, dado que “la dosis y el momento de aplicación no siguen calendario, sino necesidades concretas detectadas en cada sitio”, dijo.

A su vez, valoró que “nuestro mérito responde a causas materiales tan simples como la falta de recursos”. Señaló que el ajuste técnico y el monitoreo surgen, entre otras cosas, por falta de subsidios. “Hay que cuidar el bolsillo, porque sino nadie nos va a salvar”, analizó el ingeniero agrónomo uruguayo.

Además, explicó que en Uruguay se miden insumos y resultados, se buscan alternativas y se adapta el manejo, “porque las empresas se tienen que manejar como pueden”.

En Burundi y Ruanda la agricultura es manual, con predios chicos y muy poca mecanización. “Casi no vi una cosechadora en Burundi, ni en Ruanda. Son predios chicos, familiares, la mayoría de una o dos hectáreas”, describió.

Long agregó que el sistema “recuerda a la agricultura europea de hace un siglo y medio: siembra, cosecha y control de malezas, todo a mano”. El objetivo de Heineken es aumentar el área de cebada y sumarla a rotaciones donde no era tradicional. El ambiente tiene temperatura estable, sin invierno, dos estaciones (lluviosa y seca), lluvias intensas y baja productividad.

“Los productores están acostumbrados a sacar de 0,5 a 1,5 toneladas por hectárea de cebada”, y la meta es llegar a 2 toneladas, comentó. Y analizó que los ajustes dependen de la falta de recursos, información y escala.

Modelos y adaptación

En Alemania el manejo de fertilización sigue un esquema basado en balances de nutrientes y una escala de suficiencia, según el análisis de suelo. Para fósforo y potasio “se utiliza una escala de suficiencia: los campos en clase A o B requieren aporte extra, los de clase C solo reponen lo extraído, y en las clases D o E no se agrega fertilizante”, explicó. Estos análisis son obligatorios cada seis años.

En el caso del nitrógeno la recomendación es “aplicar lo necesario para cubrir el potencial del cultivo”, siempre según “tablas oficiales, sin ajustes intermedios”, por lo que “no hay chequeo antes de la siembra, ni en Z22, ni en Z30”, señaló. Long definió el sistema como “de caja negra”, ya que “si pongo esto, obtengo esto, pero no sabemos lo que pasó en el medio, en qué momento el cultivo lo está necesitando o no”.

En Uruguay, sin embargo, la dinámica es diferente. “Nuestro sistema se basa en saber cuánto nitrógeno hay al inicio, hacer chequeos en etapas clave y ajustar la dosis según la demanda real”, comentó Long, quien considera que esto permite “ser más precisos y muchas veces evita usar fertilizante de más”.

En Europa vio “muchas situaciones de exceso”, como “300 kilos (de nitrógeno) en un maíz de silo, casi el doble de lo que extraería el cultivo”, recordó. El enfoque uruguayo busca que “el fertilizante llegue en el momento y cantidad exactos, cuidando el rendimiento y el uso eficiente de los recursos”, destacó.

Long comentó que, cuando el modelo llegó a Burundi, el desafío fue mayor, porque la estrategia mezcló referencias alemanas con la lógica uruguaya, pero en un contexto sin recursos para diagnósticos de suelo.

En ese contexto, el ingeniero agrónomo optó por “dosis mínimas y referencias alemanas”, dividió el nitrógeno en “tres fases” y priorizó los “momentos críticos de la fisiología”, aunque no era posible hacer chequeos frecuentes. “Siempre la decisión final se tomó en el campo, atendiendo al color de la hoja, la respuesta de la planta y la realidad de cada parcela”, dijo. Así evitó “tirar nitrógeno en campos que no van a ser productivos” y adaptó el paquete tecnológico a la lógica local, explicó.

En Burundi el punto de partida era muy limitado. El apoyo estatal era casi inexistente, más allá del interés de la cervecera. “Solo había tres análisis de suelo para todo el país, y se desconocía la fertilidad real, entonces no podés diagnosticar, estás ciego”, graficó.

Ante esa falta de información, se usaron dosis objetivas, siguiendo las recomendaciones alemanas para condiciones de baja productividad, y ajustando con el modelo uruguayo. “Si en Z22 la dosis máxima en Uruguay es 45 kilos, no iba a poner más de eso”, dijo.

El nitrógeno se dividía en tres fases: Z22, Z30 y Z33, pero la decisión definitiva dependía del color de la hoja, la respuesta de la planta y la disponibilidad de recursos. “No vamos a gastar en fertilizar si la planta ya no tiene potencial”, explicó. El foco fue que los agrónomos pudieran explicarles a los productores por qué se hacía cada cosa.

La extensión rural acompañó todo el proceso. Para Long la clave estuvo en formar a los técnicos locales para que pudieran transmitir “el por qué de cada práctica”. La experiencia uruguaya lo llevó a valorar el ajuste permanente: “medir, interpretar, adaptar”, porque “no nos interesa cuánto fertilizamos el suelo, nos interesa cuánto fertilizamos el cultivo”, citó, recordando los preceptos de la Estación Experimental Mario A. Cassinoni (Eemac), de la Facultad de Agronomía (Udelar).

Manejo y problemas locales

El trabajo a campo llevó a ajustar expectativas sobre manejo y monitoreo. Long pensaba que en Alemania la presión de malezas sería menor, por el clima, pero se encontró con especies resistentes. “A veces me parecía ridículo, porque la mayoría era de tipo invernal, pero también han tenido resistencias a herbicidas”, dijo.

Citó casos como Convolvulus arvensis y Fallopia convolvulus, enredaderas difíciles de controlar, porque “con el laboreo convencional se rompe la raíz y el problema se multiplica”. Y señaló que incluso con herbicidas las aplicaciones suelen seguir esquemas casi de calendario. “Ves casi la misma cantidad de aplicaciones que en Uruguay con siembra directa”, y muchas veces la decisión se toma “para todo el trigo, aunque haya un campito de cinco hectáreas en el medio”, comentó.

En Uruguay, el monitoreo y la individualización de los lotes es más común. “Se basa en tratar a los campos como unidades individuales”, lo que resulta más sencillo en superficies grandes, dijo. Sin embargo, en Alemania la realidad productiva es diferente, y los campos pequeños dificultan los ajustes.

El conocimiento y la experiencia de los productores influyó en las decisiones. En un campo de Burundi con plantas estresadas y bajo rendimiento histórico, un productor contó que en esa chacra “nunca se había cosechado bien”. En el lote vecino una maleza local con un nombre en kirundi que significa “nada nace cuando está esa maleza” resultó ser alelopática y capaz de reducir el rendimiento hasta un 80%. La definición fue que el año siguiente, chacras con infestación de más de 30% o 40% de esa maleza no se sembrarían con cebada.

Mirada profesional y formación

Para Long, la herramienta más útil de su formación en Uruguay es la capacidad crítica. Ser crítico con los resultados, con lo que se ve, con las recomendaciones que hay, es central en su experiencia fuera del país, afirmó.

“Me ha pasado de haber aprendido una cosa, venir a aprender otra y decir: ¿esto en qué se basa?”, comentó. La capacidad de poner en tela de juicio todo, la vincula directamente a la Facultad de Agronomía. Esa mirada también se aplica en decisiones cotidianas. En la aplicación de herbicidas, por ejemplo, se pregunta: “¿es necesario o no?”, y ese ejercicio de cuestionar o complementar técnicas es parte de su trabajo diario.

Frente a sistemas y escalas diversas, el ingeniero agrónomo observa que “siempre hay algo para aprender”. En Burundi el manejo de la erosión es práctica cotidiana, señaló. “Hacen zanjas para cortar la energía del agua, franjas empastadas, multicultivos para evitar la pérdida de suelo”, comentó. Agregó que allí “se pierde mucha tierra por erosión, incluso cultivos enteros”, y la escala obliga a pensar cada lote desde lo básico, dijo.

En Alemania rescató el incentivo para ajustar el uso de nutrientes y reducir el impacto ambiental. “Al comienzo del invierno se mide el nitrógeno remanente en el suelo, y se le paga menos al productor si queda mucho nitrato”, indicó. También comentó que las subvenciones fomentan cultivos de cobertura. “Premian a los productores que dejan poco nitrógeno residual en el suelo, usando cultivos de cobertura, que se usan muchísimo en invierno”, describió.

Nota de Revista Verde N° 123

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