Producir más, ser más rentables y al mismo tiempo mejorar el suelo

Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina producen entre 70% y 80% de sus áreas agrícolas con ese concepto tecnológico, mientras que el resto del mundo apenas llega al 10%.
Socio fundador de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), y referente internacional en esa tecnología, Roberto Peiretti propone mirar la agricultura con perspectiva histórica, desde una escala global y de largo plazo. Y en ese ejercicio, sostiene, “las cifras son contundentes”. “Si uno se aleja un poco, y mira el mundo, en los últimos años han ocurrido cosas enormes”, afirmó en una charla con VERDE, en el marco de Agro en Punta.
El período que va desde la década del 60 hasta la actualidad –apenas un instante dentro de los 10.000 años de historia agrícola– concentró una transformación estructural sin precedentes. En ese lapso, y utilizando a la producción y el consumo global de cereales como un indicador representativo de la evolución de la agricultura global, se pasó de producir 1.000 millones de toneladas (Mt) anuales a 3.000 Mt.
Pero el dato clave no es solo el volumen, sino cómo se logró ese salto. “El principal mecanismo que permitió lograrlo fue el aumento de rinde en un 80%. Eso se logró por aumento de rinde, y no por aumento de área”, enfatizó.
El rendimiento promedio global pasó de aproximadamente 1 tonelada por hectárea a 2,5 toneladas por hectárea. En paralelo, la población mundial creció de unos 3.000 millones de personas en los años 60 a más de 8.000 millones en la actualidad. “Para que haya un mínimo equilibrio, lo que ocurrió fue que mayormente el rinde explicó el tremendo aumento del volumen de producción conseguido”, sintetizó.
Y añadió otro dato estructural que ayuda a dimensionar el desafío: la disponibilidad de tierra productiva por habitante se redujo drásticamente en las últimas décadas, y seguirá cayendo hacia 2050. Es decir, cada vez hay menos hectáreas disponibles por persona y, sin embargo, la demanda alimentaria crece.
Ciencia, tecnología y cambio de paradigma
Para Peiretti, esa transformación no fue casual ni automática. Responde a un proceso profundo de incorporación de ciencia, tecnología y capacidad de articulación.
“La ciencia y las tecnologías derivadas de ella, más la creatividad humana y la necesidad de articular todo eso y llevarlo a la realidad, fue lo que permitió que esto ocurriera”, sostuvo. En resumen, “aumentó la utilización del insumo más importante que pueda aplicarse al proceso agroproductivo, metafóricamente hablando me refiero a los gramos de materia gris –ciencia y conocimiento– por hectárea cultivada”, afirmó.
Pero el cambio no fue solamente técnico, fue conceptual. “Se migró de un concepto de explotación de los recursos hacia una nueva mirada mucho más adecuada a la realidad global actual, que tiene que ver con una producción sustentable, eficiente, con una utilización sustentable y aún mejoradora de los recursos involucrados en el proceso”, sostuvo.
Para dimensionar la magnitud de ese giro, Peiretti invita a mirar la historia larga de la agricultura. Durante 10.000 años el modelo dominante fue el de labrar, remover y extraer. La agricultura estuvo asociada culturalmente al arado, al “labriego”, a la intervención intensiva sobre el suelo.
“La zona de confort fue durante 10.000 años la labranza. Agricultura era igual a arado”, explicó. Salir de esa lógica implicó “un quiebre cultural profundo”, no solo técnico, señaló. “Nadie está cómodo saliendo de su zona de confort. Para hacerlo tiene que haber una razón más que válida”, afirmó el especialista. Esa razón fue doble: ambiental y económica.
Siembra directa como sistema integrador
Peiretti ubicó al sistema de siembra directa como el marco que permitió materializar este cambio de paradigma. Pero insiste en que no se trata simplemente de “no labrar”, sino que es mucho más que eso, es un verdadero sistema más que una tecnología puntual.
“Después de 40 años de haber implementado la siembra directa como sistema, esto ya es algo tangible. No solo podemos parar el deterioro del recurso suelo, sino empezar un camino de mejora”, afirmó.
La clave está en entenderlo como sistema, no como técnica o tecnología aislada o “empaquetada”. En ese marco convergen: genética mejorada, manejo integrado de plagas, rotaciones diversificadas, fertilización estratégica, agricultura de precisión y más recientemente herramientas digitales, entre otras.
“El sistema cambia la forma de manejar el recurso suelo como recurso madre del proceso agroproductivo”, explicó. Y fue más allá: “Es inédito en la historia del mundo que podamos hablar de mejorar el recurso que sostiene todo el proceso. No solo usarlo, sino mejorarlo”.
En su visión, el sistema de siembra directa permitió pasar de una lógica extractiva a una lógica de procesos biológicos balanceados. La cobertura permanente, la menor perturbación del suelo y la intensificación de rotaciones generan un funcionamiento distinto del sistema suelo-planta-ambiente.
El liderazgo del Cono Sur
Uno de los aspectos más contundentes del análisis del socio fundador de Aapresid tiene que ver con el rol de la región del Cono Sur en esta transformación.
“Entre Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina tenemos entre el 70% y 80% de las áreas bajo agricultura desarrollada dentro de este nuevo concepto”, de la siembra directa, lo que representa “una verdadera nueva manera de entender y llevar a cabo el proceso agroproductivo”, sostuvo.
Ese nivel de adopción contrasta con el promedio mundial, que no supera el 10%. “Es el 80% contra el 10%. Por eso podemos decir con toda entidad que lideramos esta indudable y verdadera mejora de la agricultura a nivel global”, afirmó.
Peiretti aclaró que no se trata de una postura voluntarista, ni de orgullo regional, sino de datos verificables. La región, impulsada por condiciones económicas más exigentes y por una fuerte articulación técnica entre productores, técnicos e instituciones, avanzó más rápido que otras geografías.
En su trayectoria Roberto Peiretti fue invitado a 40 países en más de 80 oportunidades para exponer sobre el modelo desarrollado en América, en general, y con toda potencia en el Cono Sur, en particular.
“Eso me permitió consolidar estos conceptos, de que es el camino, por lo menos hasta que aparezca otra cosa mejor. Y hoy por hoy, otra no está a la vista”, expresó el referente internacional en siembra directa.
Rentabilidad como condición estructural
Más allá del discurso ambiental, Peiretti es categórico en un punto: sin rentabilidad no hay sustentabilidad posible. “Si no hay rentabilidad, no se adopta”, afirmó.
A diferencia de Europa o Estados Unidos, donde existen subsidios importantes, en el Cono Sur, frente a la ausencia de esas ayudas gubernamentales, el sistema debe sostenerse y expresar sus ventajas con prioridad desde lo económico, como primera condición, para poder sostenerse y retroalimentarse. “Aquí no tenemos subsidios. Si algo no es rentable, el productor vuelve atrás o sencillamente no lo adopta”, explicó.
Y marcó un contraste ilustrativo: “En algunos lugares, por el solo hecho de sembrar, se reciben 600 euros por hectárea. En ese contexto, la necesidad de cambiar no es la misma”.
En Sudamérica, en cambio, la adopción fue impulsada por la necesidad de mejorar márgenes, reducir costos operativos y estabilizar y hacer crecer los rendimientos. “Si se adoptó en el 80% del área reemplazando lo anterior, es la prueba más contundente de que es más favorable que la alternativa que veníamos utilizando”, sostuvo.
Incluso en contextos de márgenes ajustados, advirtió que retroceder no mejora la ecuación. “Si volvemos para atrás, no vamos a conseguir más rentabilidad”, afirmó.
Un camino abierto hacia adelante
Peiretti insistió en que no se trata de un punto de llegada, sino que “entramos en un camino diferente, pero hay mucho por recorrer”, señaló. En los paneles técnicos actuales –indicó– ya se vislumbran nuevas tecnologías derivadas de la ciencia, que integradas al modelo de producción basado en el sistema de siembra directa permitirán seguir mejorando productividad, eficiencia y sustentabilidad de manera simultánea.
“Hay tantísima más tecnología derivada de la ciencia que es necesaria para seguir mejorando la productividad, la rentabilidad y la sustentabilidad”, sostuvo.
El desafío no es elegir entre producir o cuidar recursos. Es integrar ambas dimensiones. “La base está, pero no es una meta, es un camino”, afirmó.
Y el socio fundador de Aapresid concluyó con una síntesis de su visión estratégica de la agricultura del siglo XXI: “Podemos producir más, ser más rentables y al mismo tiempo mejorar el recurso madre que sostiene todo el proceso agroproductivo”.
Nota de Revista Verde N° 127




