Agricultura

Cambios “profundos” en una agricultura “intensa” y “diversa”, con desafíos, según la Facultad de Agronomía

16 de enero de 2026

En 50 años, los sistemas agrícolas de Uruguay se transformaron de manera “tan profunda” que resulta difícil comprender el presente sin reconstruir esa trayectoria. Los ingenieros agrónomos e investigadores Sebastián Mazzilli y Oswaldo Ernst, con el ingeniero agrónomo y estudiante de maestría, Juan Ahunchain, analizan este proceso desde una perspectiva histórica y agronómica, señalando que los cambios no fueron lineales ni homogéneos, sino que respondieron a ciclos económicos, avances tecnológicos, transformaciones del marco regulatorio y variaciones en los modelos de negocio.

La agricultura de los años 70 es casi irreconocible en comparación con la actual. En ese primer hito el país operaba bajo un esquema que alternaba períodos de cultivos –principalmente trigo y girasol– con tres o cuatro años de pasturas perennes. La labranza continua, típica del período, producía pérdidas de fertilidad, erosión hídrica, degradación física del suelo y limitantes productivas que comenzarían a manifestarse con claridad hacia finales de esa década.

El segundo hito llegó en los años 90, con la adopción masiva de la siembra directa. Esta innovación representó un quiebre conceptual: pasó de verse como una técnica experimental a convertirse en el eje de una nueva lógica de manejo. La eliminación progresiva del laboreo permitió estabilizar el suelo, reducir la erosión, conservar humedad y disminuir costos de operación, abriendo la puerta a una intensificación del uso del recurso que sería determinante en las décadas siguientes.

Sin embargo, el tercer hito pondría a prueba los límites de este modelo. A partir de comienzos de los años 2000, la agricultura uruguaya consolidó sistemas de cultivos continuos bajo siembra directa, pero con una profunda simplificación productiva marcada por la creciente dominancia de la soja. Esta etapa fue económicamente expansiva y técnicamente desafiante, y reactivó procesos de degradación que se creían superados.

La simplificación extrema tensionó los balances de nutrientes, redujo la diversidad funcional de los sistemas y aumentó su vulnerabilidad frente a eventos climáticos.

El cuarto hito, visible a partir de 2015, corresponde a un proceso de rediversificación. Este cambio estuvo fuertemente influido por la reglamentación obligatoria de los Planes de uso y manejo de suelos, que fijaron límites claros al riesgo de erosión y establecieron un marco para ordenar el uso del suelo.

Esta etapa reflejó una búsqueda de mayor equilibrio entre productividad y sostenibilidad, a través de la incorporación de nuevos cultivos estivales e invernales, y en algunos casos del retorno de las pasturas de corta duración.

El sistema y las evidencias

Los experimentos de largo plazo muestran que cada uno de estos hitos estuvo asociado a procesos específicos de degradación o recuperación del suelo. La labranza continua de los años 70 derivó en pérdidas acumuladas que condicionaron los rendimientos. La siembra directa contribuyó a recuperar estabilidad, pero la simplificación productiva de los 2000 reactivó fenómenos que parecían controlados. La respuesta institucional fue decisiva. La reglamentación plena de la Ley de Conservación de Suelos y la implantación obligatoria de los Planes de uso marcaron un antes y un después. Estos instrumentos introdujeron criterios técnicos, basados en modelación para habilitar o prohibir secuencias de cultivos según su riesgo de erosión.

Sin embargo, Mazzilli y Ernst advierten que la erosión hídrica, aun siendo un parámetro crítico, es solo una pieza del rompecabezas. La sostenibilidad real es multidimensional. No basta con controlar la erosión si los sistemas son inestables en sus rendimientos, ineficientes en el uso de los recursos, desbalanceados en su nutrición, vulnerables a malezas resistentes o generadores de impactos ambientales fuera del predio.

Para comprender esta complejidad los autores destacan el valor de los registros de gestión de predios comerciales como una herramienta clave, que permite analizar trayectorias productivas bajo condiciones reales. La aplicación de técnicas multivariadas abre la posibilidad de evaluar cómo interactúan en el tiempo diversidad, intensidad de uso, balances de nutrientes, estabilidad de rendimiento y desempeño ambiental.

Indicadores para medir sostenibilidad

El trabajo se apoya en un antecedente relevante: el proyecto “Sustentabilidad ambiental y económica en predios agrícola-ganaderos” (FPTA 327), ejecutado por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) entre 2011 y 2013. Allí se evaluaron 11 indicadores que mostraron una fotografía preocupante del sistema previo a los Planes de uso.

Según los datos del estudio, 60% de los predios superaba los niveles tolerables de erosión; solo un tercio tenía ingresos suficientes de carbono para sostener el carbono orgánico del suelo; la captura de agua de lluvia era baja; el balance de potasio era negativo; el balance de fósforo variaba entre neutro y muy positivo; y los ingresos excesivos de nitrógeno generaban riesgos ambientales y productivos.

Este diagnóstico fue previo a la regulación obligatoria y constituye una línea de base para medir qué tan lejos ha llegado el sistema en los últimos años.

De las 30 empresas analizadas originalmente, 20 mantienen registros actualizados, lo que permite evaluar la evolución bajo un marco regulatorio exigente y en un contexto de mayor intensificación.

Cuatro trayectorias después de una década

A partir de los registros entre 2011 y 2023, los autores identificaron cuatro trayectorias representativas de los sistemas agrícolas del país. La agricultura continua simple, en intensificación, se caracteriza por un uso altamente intensivo del suelo, con baja diversidad, un modelo que tiende a generar vulnerabilidades agronómicas y ambientales.

Los sistemas agricultura-pastura en intensificación logran mantener diversidad funcional y estabilidad, gracias a la inclusión de pasturas dentro del ciclo agrícola. Los sistemas en transición, que pasaron de agricultura continua a agricultura-pastura, muestran un movimiento hacia estructuras más equilibradas. Y finalmente, la agricultura continua diversificada surge como una evolución de sistemas originalmente intensivos, que incorporaron mayor diversidad de cultivos como forma de mejorar estabilidad y reducir riesgos.

Estos grupos fueron analizados nuevamente utilizando los indicadores del FPTA 327 y nuevas métricas vinculadas al nitrógeno y a la estabilidad de rendimientos. Este enfoque permitió comprender cómo evolucionaron los sistemas ante los cambios regulatorios, tecnológicos y climáticos de la última década.

Mejoras evidentes y señales de alerta

Los resultados muestran avances importantes. Los ingresos de carbono al suelo aumentaron, aunque aún se ubican por debajo del umbral de referencia de 4.000 kg/ha/año necesario para sostener niveles de carbono orgánico.

La captura y el uso del agua de lluvia mejoraron, lo que refleja avances en estructura y cobertura del suelo. El balance de potasio mostró señales de recuperación, aunque permanece en valores negativos, mientras que el balance de fósforo se estabilizó en niveles cercanos a la neutralidad. La erosión hídrica, gracias a los planes de uso, se mantuvo por debajo de los límites de tolerancia en todos los sistemas analizados.

Pero los indicadores asociados al nitrógeno revelan el aspecto más crítico: la eficiencia de uso del nitrógeno cayó de 0,93 a 0,80, el excedente de nitrógeno aumentó de 24 a 40 kg/ha/año y la Productividad Parcial del Nitrógeno se redujo de 44 a 34 kilos de grano por kilo de nitrógeno aplicado. El deterioro del manejo del nitrógeno no solo implica un impacto ambiental, sino también un problema económico, ya que reduce la eficiencia del sistema y aumenta los costos por unidad de producto.

La estabilidad de los rendimientos es otro indicador clave. Todos los sistemas perdieron estabilidad, aunque con diferencias marcadas. Los sistemas con pasturas son los que mejor conservan la estabilidad interanual, seguidos por los sistemas diversificados.

En cambio, la agricultura continua simple en intensificación muestra los niveles más bajos de estabilidad, lo que confirma que la presencia de pasturas sigue siendo un factor determinante para amortiguar variaciones climáticas y productivas.

Los “nuevos viejos problemas”

Los autores señalan que los problemas intraprediales no han desaparecido, sino que solo mutaron. La degradación del suelo se manifiesta de formas más sutiles y difíciles de detectar, especialmente en sistemas de alta intensidad, donde los rendimientos pueden ocultar por años síntomas de deterioro hasta que un evento climático adverso los expone.

La mejora genética y tecnológica permite mantener niveles productivos elevados, pero no evita la degradación estructural del recurso si no existe un manejo integrado.

Los desbalances nutricionales siguen siendo frecuentes. La aplicación excesiva de algunos nutrientes y la omisión de otros generan acumulaciones, pérdidas potenciales y riesgos ambientales. La acidificación del suelo es uno de los procesos más extendidos y está vinculada al uso reiterado de fertilizantes amoniacales y a la extracción continua de cationes, un fenómeno que obliga al encalado. Esta práctica tiene costos significativos y también impactos ambientales propios, derivados de la extracción, transporte e incorporación del material.

El manejo de malezas resistentes se transformó en otro de los grandes desafíos. Las estrategias actuales, basadas en mezclas de herbicidas, cultivos genéticamente modificados y un mayor uso de preemergentes, mejoraron el control, pero incrementaron la carga química aplicada.

La expansión de las sojas Enlist, que en los últimos dos años representaron cerca del 35% del área nacional, refleja tanto la necesidad de nuevas herramientas como la complejidad adicional que genera la residualidad de algunos herbicidas. Esta residualidad condiciona rotaciones y decisiones agronómicas con efectos que trascienden el ciclo inmediato.

Tensiones socioambientales y el agro

Mazzilli y Ernst destacaron que los problemas extraprediales –aquellos que trascienden el predio y afectan bienes públicos o percepciones sociales– pasaron a ocupar un rol central en la discusión agrícola contemporánea. La sociedad observa con creciente inquietud las pérdidas de nutrientes hacia cuerpos de agua, la deriva de agroquímicos, la disminución de la diversidad biológica en el paisaje y la contribución del sector agropecuario a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Uruguay, además, emitió instrumentos financieros cuya valorización está vinculada al cumplimiento de metas ambientales, lo que introduce un nuevo nivel de responsabilidad para el sector.

Este escenario se combina con una desconexión creciente entre productores y consumidores. En un contexto de urbanización acelerada, la mayoría de la población desconoce cómo se producen los alimentos y cuáles son las condiciones reales bajo las cuales opera la agricultura. Esta brecha dificulta la construcción de políticas públicas basadas en evidencia y favorece la circulación de percepciones erróneas, que pueden influir en decisiones regulatorias o en patrones de consumo.

A esto se suma un condicionante estructural determinante: entre 60% y 70% del área agrícola se trabaja bajo arrendamiento, lo que limita la adopción de prácticas cuyo retorno económico aparece recién en el mediano o largo plazo. Los autores advierten que sin rentabilidad sostenida, ninguna estrategia ambiental será viable.

Tres líneas estratégicas para el futuro

El trabajo concluye con tres líneas de acción que, según los autores, deben orientar la evolución del sistema. La primera es mejorar el desempeño del sistema actual, con más eficiencia por unidad de producto, manejo basado en resultados verificables en suelo, agua y biodiversidad, y más transparencia de la información.

La segunda es diseñar sistemas alternativos, capaces de permitir transiciones ordenadas hacia modelos más diversos, con mayor presencia de especies perennes, mosaicos de diversidad adaptados al paisaje y menor dependencia de insumos externos. Incluso plantean que en el futuro las métricas ambientales podrían incorporarse como condición en contratos de arrendamiento y financiamiento.

Y la tercera es reconstruir la relación entre producción y sociedad, reduciendo fricciones ambientales y asegurando la licencia social que permita proyectar un modelo sostenible.

Nota de Revista Verde N° 126

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