La eficiencia en el uso de insumos “es clave” para la construcción de los márgenes, según Pagani

Agustín Pagani explicó en ADP Zone que su equipo adoptó un modelo de trabajo “muy intensivo” para entender cómo varían los lotes de producción en cada establecimiento.
¿Puede la agricultura de precisión mejorar el negocio agrícola? Esta pregunta fue respondida por el productor agropecuario, docente e investigador independiente en dos universidades argentinas, el doctor Agustín Pagani, en ADP Zone.
Pagani, quien además es director de Clarion, empresa que brinda asesoramiento en Argentina y Uruguay, sostuvo que las tecnologías de precisión pueden ser aliadas clave para “hacer mejor las cosas” dentro del negocio agrícola, incluso “en contextos de márgenes ajustados”.
A partir de su experiencia académica en Estados Unidos, explicó que su equipo adoptó un modelo de trabajo “muy intensivo” para entender cómo varían los lotes de producción dentro de cada establecimiento.
“Hay que hacer un esfuerzo más grande y es más costoso, pero hacerlo bien la primera vez nos ha demostrado que es una buena forma de empezar a implementar un planteo de agricultura de precisión”, señaló.
Uno de los pilares de ese enfoque es el muestreo de suelos en grilla, bien intenso, práctica en la que Pagani pone especial énfasis. En un escenario de márgenes bajos los productores tienden a recortar costos que consideran secundarios, y en ese contexto invertir en caracterización ambiental, como prefiere llamarlo, “puede sonar contradictorio”.
Sin embargo, aseguró que “justamente cuando la relación insumo-producto es más desfavorable, es cuando más se paga conocer qué parte del campo no requiere, por ejemplo, fósforo o potasio, y ahí se puede ahorrar, pero hay que estar muy seguros para eso”.
Remarcó que la actualidad exige ser extremadamente eficiente en el manejo de insumos, especialmente en fertilizantes –fósforo, nitrógeno y potasio– y en la semilla, en el caso del maíz.
Afirmó que una caracterización ambiental detallada de los lotes, con variabilidad, permite ahorrar significativamente en insumos innecesarios, en comparación con un planteo tradicional, sin diagnóstico intensivo. “También nos permite delinear con mayor precisión las áreas más productivas, que a veces necesitan más insumos, y donde una agricultura uniforme puede sacrificar rendimiento”, agregó.
La tecnología de dosificación variable juega un papel decisivo en esa estrategia, al permitir maximizar las áreas de mayor potencial.
En maíz, ejemplificó, la cantidad de semilla debe acompañar el potencial productivo. “Hay que poner más plantas donde el cultivo tiene más recursos para expresar una buena espiga”, enfatizó el ingeniero agrónomo.
Sin embargo, advirtió que los indicadores de potencial productivo no siempre se asocian a los niveles de fósforo o potasio del suelo, sino a la disponibilidad efectiva de esos nutrientes.
En Uruguay, luego de haber realizado unas 3.000 hectáreas de muestreos en grilla, Pagani asegura que la variabilidad espacial de fósforo, potasio y otros nutrientes –incluso el pH, para determinar requerimientos de encalado– “es muy alta”.
Por eso, considera que “vale la pena invertir, aunque sea una sola vez, en un muestreo denso, porque se paga en el corto y mediano plazo, a través de una fertilización más eficiente”.
Sobre la frecuencia recomendada, sugiere una relación costo-beneficio equilibrada. “No hace falta repetirlo todos los años. Lo ideal es invertir bien la primera vez y luego, cada cuatro o cinco años, hacer chequeos más laxos en zonas representativas de los lotes, para validar el comportamiento del balance de nutrientes”, explicó.
Respecto al ahorro en insumos, Pagani evitó las generalizaciones. “La respuesta es sitio-específica. Hay chacras muy homogéneas, donde no se justifica la dosificación variable. Un manejo uniforme bien diagnosticado puede ser la mejor opción. Pero cuando hay variaciones en elevación del terreno, la profundidad del suelo, la textura o la disponibilidad de nutrientes, ahí sí hay que actuar sobre esa variabilidad”, sostuvo.
En esos casos, detalló que se van sumando pequeños aportes. “Un poco de ahorro por fósforo, otro por potasio, un aumento por manejar mejor las densidades y, si ajustamos dinámicamente el nitrógeno, también ganamos eficiencia”, afirmó.
En Uruguay se observaron mejoras de entre US$ 30 y US$ 50 por hectárea, sin mayores dificultades, pero insistió que no se deben extrapolar resultados sin un diagnóstico preciso.
Pagani destacó, además, que el parque de maquinaria en Uruguay es “impresionante”, con un nivel tecnológico “superior al de Argentina”. Valoró que “la mayoría de los productores tiene sembradoras capaces de hacer dosificación variable y los prestadores de servicios también pueden hacerlo”. También destacó que “hay monitores de rendimiento bien calibrados y en buen estado”. Comentó que la capacidad “está instalada” y “solo falta convencerse de que las ventajas superan a las desventajas”.
Pero, al mismo tiempo, reconoció que iniciar el proceso no es sencillo. “El que diga que es fácil no entiende la complejidad de los sistemas. Si uno aplica insumos cada 10 metros cuadrados, necesita herramientas que respalden esas decisiones”, dijo. De lo contrario, “una dosis variable mal sustentada puede ser peor que aplicar una dosis promedio”, advirtió.
Por eso, destacó el rol de la investigación aplicada y la colaboración entre productores y técnicos. “INIA (Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria) está generando cosas muy buenas en Uruguay, pero también hay mucho que deben validar los propios productores. Hoy una cosechadora con monitor de rendimiento puede medir con un error menor al 5%, lo que permite instalar ensayos y pruebas dentro de los campos productivos”, señaló.
Según Pagani, aún hace falta más capacitación en manejo de datos, aunque subrayó que “cada vez hay más agrónomos involucrados en la ciencia de los datos, y los softwares son cada vez más amigables para analizar bases complejas”.
Durante su presentación, Pagani mencionó que para avanzar con estas tecnologías se requiere la utilización de herramientas específicas, que permiten conocer en detalle la variabilidad del suelo y del cultivo.
El profesional describió que el proceso comienza con un relevamiento topográfico realizado con un GPS de alta precisión (un equipo RTK de doble frecuencia), que permite obtener información altimétrica con exactitud centimétrica.
A esto se suma la elaboración de un mapa de conductividad eléctrica aparente, fundamental para identificar diferencias en textura, profundidad efectiva y contenido de humedad del suelo.
Posteriormente, se realiza un muestreo de suelo en grilla, que posibilita analizar los principales nutrientes y propiedades edáficas. Por ejemplo: una muestra compuesta por 10 submuestras cada hectárea.
A la vez, el análisis de productividad agrícola se completa mediante el estudio de múltiples mapas de rendimiento y de índices de vegetación obtenidos a partir de imágenes satelitales de varias zafras, lo que permite interpretar cómo responde el cultivo en distintas condiciones y ambientes dentro de la misma chacra.
Finalmente, Pagani planteó una reflexión ambiental: “a medida que aumentamos la eficiencia en el uso de los insumos, especialmente del nitrógeno, reducimos las pérdidas que pueden contaminar agua o aire”.
La inversión “en tiempo y recursos para entender y manejar la variabilidad espacial y temporal de los cultivos nos ha demostrado ser muy conveniente para el Manejo Sitio Específico de la Nutrición (MSEN)”, concluyó.
Nota de Revista Verde N° 124




